Cultura


Señor de señores y los caimanes, de Miguel Tapia Alcaraz

El grupo que lo rodea calla. Lo observa con atención en medio del ruido que envuelve el pasillo. A su lado, Rogelio se inclina un poco y mira hacia el interior del aula. Ve al maestro que deja su maletín sobre el escritorio, comienza a escribir en el pizarrón.

Señor de señores y los caimanes, de Miguel Tapia Alcaraz | La Crónica de Hoy

(Fragmento)

 

Fin de curso

—La pelota no salió, déjense de pendejadas —impone la voz de Bruno—. Ese ampáyer está vendido, si no lo sabré yo.

El grupo que lo rodea calla. Lo observa con atención en medio del ruido que envuelve el pasillo. A su lado, Rogelio se inclina un poco y mira hacia el interior del aula. Ve al maestro que deja su maletín sobre el escritorio, comienza a escribir en el pizarrón.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta alguien del grupo.

—Porque tengo informantes en el Club —Bruno lo mira como si explicara una obviedad. Y luego, al sentir las miradas atentas sobre él:

—Así se manejan estas cosas. Hay mucho dinero de por medio. ¿O crees que van a dejar que se les vaya un juego si el Chito amanece crudo?

Al fondo del pasillo Rogelio ve un grupo de estudiantes en minifalda. Se contonean y charlan sin entusiasmo. Se detienen frente a una puerta donde figura el número ocho. Pero el cuadro es perturbado por la voz penetrante de Bruno. Rogelio decide intervenir:

—¿Quién va a ganar el campeonato, entonces? —dice con calma bajo sus gafas oscuras, levanta una rodilla y apoya la planta del pie contra el muro.

Bruno gira el rostro y lo mira con desdén. Da una larga fumada a su cigarro.

—¿Y por qué te lo iba a decir así nomás?

—Mazatlán —interrumpe Rogelio, y se dirige hacia el interior del aula.

Mientras camina a su pupitre, en el fondo del salón, escucha la risa exagerada de Bruno a su espalda, seguida de las de sus adeptos. Su cacareo resuena con violencia en el interior, sobre las voces de los alumnos que charlan ya sentados en sus lugares. Rogelio toma asiento. Apoya su espalda encorvada sobre el respaldo y mira alrededor sin quitarse las gafas. La mitad de la clase está ya en su lugar. El profesor escribe sobre el pizarrón, rápido e inaudible como personaje de cine mudo. Sabe que los estudiantes en el pasillo alargarán unos minutos más la pausa entre los dos cursos, y mientras deja pasar el tiempo anticipa una frase escrita, como si al leerla los alumnos comenzaran a entender lo que más tarde deberá explicar. Pero éstos lo ignoran; desde sus pupitres mascan y se hacen señas unos a otros, solapados por el griterío que se impone desde el pasillo.

El profesor comienza ahora a trazar en la parte central del pizarrón algo que podría ser un gráfico. Su espalda y su brazo, los cabellos oscuros, se agitan con movimientos cortos y rápidos. Rogelio sospecha que la operación llevará todavía algunos minutos, y se revuelve en su asiento. Maldice la hora en que ese hocicón de Bruno lo orilló a entrar en el aula antes de tiempo. Nunca una persona tiene una expresión más idiota que al estar sentada en un salón de clases sin motivo. Pero resiste ante la repentina idea de volver al pasillo. El beisbol le parece apenas menos estúpido que las interminables discusiones que siguen a cada juego. Además, el curso que comienza es el de matemáticas. Rogelio no lo dice con frecuencia, y menos a las muchachas, pero el curso del profesor Sánchez le parece el único que vale el encierro en aquella granja de inútiles.

Los gritos de Bruno vuelven a tronar con estridencia. En el interior del aula los ruidos externos parecen más intensos que en el pasillo mismo. Rogelio notó este hecho desde hace tiempo. Una razón es la ridícula idea que tiene Bruno de que se puede dominar a la gente aturdiéndola; otra, piensa Rogelio, tiene que ver con algún fallo en la estructura o la distribución de aquellas aulas. Hace dos semanas hizo una prueba. Era un jueves. Llegó diez minutos antes de la primera clase. En el aula sólo se encontraban dos alumnas tempraneras. Luego de dar los buenos días, Rogelio se plantó en el centro de la pieza y aplaudió en varias ocasiones, con fuerza creciente y de manera espaciada para estudiar la forma en que el ruido viajaba entre las superficies del interior. Las alumnas lo miraron extrañadas. Luego salió y repitió la operación desde el pasillo, al otro lado de la división metálica, bajo las altas ventanas que comunicaban con el aula. Las manos de Rogelio son grandes. Sus palmas producen un ruido que sorprende por su fuerza. La resonancia que se transmitía del pasillo al interior del aula era perceptible desde afuera, como un eco brillante y espacioso. Cuando Rogelio volvió al interior, luego del experimento, vio a las dos alumnas que guardaban silencio con una mueca de disgusto en el rostro. Les explicó entonces que el sentido del ejercicio era comprobar que el ruido de sus palmas era más molesto cuando provenía del pasillo que del interior mismo. Quienes habían diseñado aquellos cubos metálicos semihundidos en la tierra eran unos ineptos. Las alumnas lo miraron inexpresivas, luego dejaron el aula sin dirigirle la palabra.

A través del marco de la puerta aún abierta Rogelio ve aparecer una silueta femenina de amplias formas. Es una de las chicas del grupo ocho. Justo después Bruno entra en cuadro. Se planta frente a ella y le habla con aire confidencial. Al mismo tiempo levanta una mano extendida hacia los dos compañeros que lo siguen. Éstos se detienen, se limitan a observar a distancia. Una segunda joven se une a la pareja. Rogelio se reacomoda en su asiento. Busca ubicarse para espiar mejor la escena sin ser descubierto. Los tres jóvenes charlan unos segundos y después avanzan lentamente por el pasillo. Bruno agita el cuerpo como un pavo real al caminar y el grupo que deja atrás festeja con un nuevo griterío su maniobra. El trío se pierde de vista al fin tras el marco de la puerta. Rogelio se queda inmóvil, extrañado. ¿Bruno de pronto se codea con las del grupo ocho? ¿Cuándo pasó de ser un mirón más a gozar de tratos especiales? En todo caso, se dice, el contacto no lo obtuvo gracias a sus oficios de seductor.

Rogelio repasa la situación. En esta escuela las chicas interesantes, las de falda corta y palabras fuertes, están concentradas en un solo grupo; uno solo entre los doce en que están repartidos los alumnos de su mismo grado: el grupo ocho. Con frecuencia Rogelio se ha preguntado cómo algo así puede ocurrir. La política de distribuir al alumnado según sus resultados académicos es una de las causas. Como si limitar la distancia intelectual entre los alumnos motivara el aprendizaje más que la libre competencia. Socialismo barato. Es cierto que las mujeres guapas suelen tener malas calificaciones, pero aquel acaparamiento de belleza femenina a Rogelio le parece sospechoso. Le consta que al menos dos de aquellos bombones deberían estar en grupos mejor clasificados y más aburridos. Como el suyo. Rogelio tiene una teoría: los profesores del grupo ocho son todos hombres. Todos viejos trabajadores de aquel plantel, amañados y huevones. Los observa desde hace tiempo y alimenta la sospecha de que, en colusión con la oficina de inscripciones, manipulan a su antojo el acomodo de alumnas en los diferentes grupos. Tal vez también de los alumnos, puestos de trabajo, lo que se vende o no se vende en los patios y pasillos, y vaya uno a saber cuántas cosas más. Dos de esos profesores, se lo han dicho las secretarias de la dirección, están en la nómina desde hace muchos años; tienen asignados algunos cursos, precisamente, en el grupo ocho.

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