Opinión


Si México se hubiera quedado callado e inmóvil

Si México se hubiera quedado callado e inmóvil | La Crónica de Hoy

Tanto en los medios políticos nacionales como internacionales ha causado estupor el hecho de que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador haya decidido no adherirse a la declaración del Grupo de Lima (compuesto por 14 países) que se pronunció hace ocho días en contra del reconocimiento de un nuevo ciclo en el poder de Nicolás Maduro, quien tomó posesión el jueves, 10 de enero. Como dice el diario español El País: “México ha consolidado el giro ideológico en su política exterior que había adelantado el triunfo de Andrés Manuel López Obrador”. (5-I-2019).

Néstor Popolizio, canciller peruano, declaró sobre el acuerdo del Grupo de Lima: “Tiene un mensaje político contundente, el principal es el no reconocimiento de la legitimidad del nuevo régimen venezolano”. El Grupo de Lima ha instado a Maduro a respetar las atribuciones de la Asamblea Nacional (elegida en diciembre de 2015 por una abrumadora mayoría opositora), Congreso que ha sido neutralizado por la chavista Asamblea Constituyente.

López Obrador argumentó que su decisión estaba basada en la Doctrina Estrada. El hombre de Macuspana aseveró: “Vamos a respetar los principios constitucionales de no intervención y de autodeterminación de los pueblos en materia de política exterior. Nosotros no nos inmiscuimos en asuntos internos de otros países porque no queremos que otros gobiernos, otros países, se entrometan en los asuntos que sólo corresponden a los mexicanos”. Y agregó: “aunque algunos gobiernos mexicanos lo hayan hecho”.

Debemos aclarar que la Doctrina Estrada lleva ese nombre por su autor, el entonces secretario de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada, quien desempeñó ese cargo durante la administración de Pascual Ortiz Rubio. El documento se emitió el 27 de septiembre de 1930. Fue elaborado al calor de las presiones norteamericanas sobre México y, en específico, en razón de que nuestra Carta Magna había afectado intereses económicos de ese país. Por tal motivo Estados Unidos se negó a reconocer al gobierno emanado de la Revolución Mexicana. Nuestro país, incluso, fue marginado, por presiones de la Unión Americana, de los Foros Panamericanos. Al resistir y encarar esas presiones, México se hizo de un gran prestigio internacional. Nunca nos quedamos callados ni con los brazos cruzados.

Si lo hubiéramos hecho, Lázaro Cárdenas no hubiese tomado partido por la causa de la República española en la Guerra Civil que se registró en ese país (1936-1939). Y luego, el michoacano, rompió relaciones con la dictadura de Francisco Franco.

Si México hubiera mantenido la boca cerrada y sin moverse en materia de política exterior, jamás Gilberto Bosques (1892-1995) hubiera podido llevar a cabo, por encomienda de Lázaro Cárdenas, su tarea como Cónsul General en París, para defender a los mexicanos residentes en Francia luego de la derrota de la República española y la ocupación nazi del país galo. Bosques también ayudó a los españoles que huían de Franco. A libaneses, judíos y toda clase de personas perseguidas por los ejércitos de Hitler y Mussolini.

Si México hubiese interpretado la doctrina Estrada como aislamiento de la comunidad internacional, nunca hubiésemos podido reaccionar ante la Crisis de los Misiles que tuvo como protagonistas a Cuba, Estados Unidos y la Unión Soviética en octubre de 1962 y que estuvo a punto de provocar una conflagración nuclear.

Siendo presidente de la república Adolfo López Mateos y secretario de Relaciones Exteriores, Manuel Tello, nuestro país emprendió una iniciativa para proscribir las armas atómicas de América Latina y el Caribe. En ese esfuerzo jugaron un papel de primera importancia Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa junto con Alfonso García Robles. Finalmente se logró la firma del Tratado de Tlatelolco el 14 de febrero de 1969. Eso le valió el Premio Nobel de la Paz a Alfonso García Robles (1982).

Si nuestro país hubiese sido indiferente a su entorno, en la época de Luis Echeverría no hubiésemos podido cobijar a muchos chilenos perseguidos por la tiranía de Augusto Pinochet, quien dirigió un golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. En este esfuerzo humanitario sobresalieron el canciller Emilio O. Rabasa y el embajador Gonzalo Martínez Corbalá.

José López Portillo tampoco hubiese podido darle el respaldo a la revolución sandinista que derrocó a la brutal tiranía de los Somoza el 19 de julio de 1979.

No podemos olvidar que México, en la época de Miguel de la Madrid, promovió el Grupo Contadora que finalmente pudo frenar el intento del gobierno de Ronald Reagan de convertir a Centroamérica en un nuevo Vietnam. Eso se logró gracias a la firma del Acuerdo de Esquipulas el 7 de agosto de 1987. El canciller Bernardo Sepúlveda fue fundamental en estas labores diplomáticas.

Convengamos en que la evocación de la Doctrina Estrada por parte de AMLO es una triquiñuela para acuerpar al dictador Nicolás Maduro y acercarse al maltrecho grupo de países bolivarianos. Es una forma de mostrar desprecio por la democracia, y dar crédito a las tiranías. Eso nada tiene que ver con la tradición diplomática mexicana. Tal es el giro ideológico que López Obrador le ha asestado a nuestra diplomacia.

 

 

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