Opinión


Símbolos, petates, cine y muros de agua

Símbolos, petates, cine y muros de agua | La Crónica de Hoy

Lo más recurrente de la Cuarta Transformación es el uso interminable de los símbolos.

Todo cuanto se nos ha convocado a hacer —y en algunos casos nada más avisado y pocas veces informado con veracidad más allá del sermón matutino—, está arropado por el elocuente y emocional lenguaje del símbolo. Así se omiten la curiosidad o el derecho de saber acerca de cómo y por qué quiere en realidad este gobierno hacer tal o cual cosa.

El símbolo anula todo análisis. Golpea con su emotiva contundencia y crea una impresión absoluta de novedad, renovación, justicia y cambio. La verdad, los símbolos no sirven para nada, peso sin ellos no se puede vivir.

Por eso los conquistadores construyeron iglesias donde antes había adoratorios ensangrentados. Si no se mata a los hombres, se mata a sus obras y las pirámides se forran con los nuevos edificios de quien llega al ejercicio del poder.

Por eso la Casa Presidencial de Los Pinos, a pesar de su primer habitante, el general Lázaro Cárdenas, ha sido convertida en espacio de ocio y morbo; curiosidad infecunda, chismorreo banal o exhibición de películas al aire libre, como en aquellos tiempos cuando Mauricio Babilonia sostenía estremecida de lascivia y ardores a Meme Buendía en medio del aleteo sofocante de las mariposas amarillas, pero aquí con el agravante de haberse presentado el primer pequeño chanchullo de la cuarta fase de nuestra historia, pues alguien hizo un pútrido negocito con la compra fantasma de los petates sobre cuya rasposa superficie de palma se sentaron y asentaron los espectadores de la película Roma, la cual hoy —seguramente—, colmará la satisfacción de colonizados y colonizadas, porque Hollywood habrá puesto una vez más su privilegio sobre el anhelante mestizaje del sur y le habrá entregado varias figuritas de oro con la efigie del tío Oscar, con todo y su larga espada y sus dorados ojos sin ojos.

Muy simbólico: la casa rescatada de los lujosos esplendores de la casta divina en los tiempos de la erradicada corrupción nacional, se abre para disfrute del pueblo y en la apertura un rufián hace turbias compras a empresas no conocidas o inexistentes, para hacerse de miles de petates para los ocasionales cinéfilos.

Así se conoció:

“…La Cineteca Nacional, institución dependiente de la Secretaría de Cultura federal, destinó 285 mil 418 pesos por la compra de 2 mil petates de palma a través de una adjudicación directa a la empresa (fantasmal, espectral) Estrategy & Solutions, S.A de C.V.

“Dichos petates se adquirieron en el mes de diciembre de 2018 para su uso en el Centro Cultural Los Pinos durante la proyección de la película Roma.

“La justificación de la compra, según detalla la Cineteca Nacional en el documento Pedido 6603/2018, del cual Crónica posee una copia, obedece al “suministro de petates de palma estándar para exhibición de películas al aire libre”.

El único problema es la existencia ectoplásmica de dicha compañía de tan poco petatero nombre, “Estrategy & Solutions” (no maméis).

Pero si alguien en la Secretaría de Cultura o en la Cineteca, resultó “buena para el petate” (y mala para el metate, decían antes de las mujercitas proclives a los ardores, como Meme Buendía, por ejemplo), y no tanto para la supervisión de compras fuera de licitación, como ocurrió en este caso, viene resultando pecado pequeño (peccata minuta); porque no se va a acabar el mundo si alguien hace tan mínimo negocillo de poco menos de 300 mil pesos, en un país, donde se han hecho robos de escala gigantesca con los fondos del erario.

Pero no se trata de competir con los de antes sino de hacer las cosas de otro modo. Por eso, como veremos después, si se saca al Ejército a las calles o en ellas se le mantiene, porque no hay de otra, se le reviste con distintos ropajes de civilidad, porque simbólicamente hemos dejado atrás el pasado, cosa imposible en algunos casos, sobre todo cuando siempre lo hemos considerado motor y motivo de los empeños del cambio, el cambio…

Pero los símbolos no tienen dimensiones físicas. Se bastan con el impacto emocional, como ése de la clausura de la Colonia Penitenciaria de las Islas Marías, cuyo cierre fue anunciado en una de esas interminables conferencias de púlpito y atril, en la cual se mostró hasta un grillete con cadena y bola de hierro, de esos llamados en las prisiones inglesas y americanas, blackberry.

El mensaje es hasta cierto punto poético: a los 16 o 17 años de edad, José Revueltas fue confinado (por primera vez), al penal de las Islas Marías.

Con su enorme talento literario escribió Los muros de agua. Eso es una isla carcelaria, una prisión con paredes de ola y espuma.

Y ahora, ciento trece años después de abierta la cárcel —como si tuviéramos nuestra pequeña Tasmania o nuestra Isla del Diablo— el gobierno le pone al recuperado archipiélago el nombre de los acuáticos muros y anuncia un centro de estudios de ecología, biodiversidad; recreación constructiva, turismo ambiental y cuantas bellas cosas más tenga usted en la mente.

No se habla de cuánto costará la operación de dicho centro, cuya lejanía encarece todo, desde un jarro de agua hasta la energía eléctrica y los servicios, porque todo se lleva por barco o helicóptero, pero ésos ya se están subastando, ni cómo las causas del cierre del penal ya estaban contempladas desde la administración anterior, no por motivos de justicia sino por carestía absoluta.

Pero los símbolos tampoco tienen precio.

Sin embargo, esto de darle juego al signo, al emblema o al objeto, no es cosa nada más de nosotros. Sucede en todo el mundo.

Hace un par de días, en Colombia, mientras los cantantes latinos más notables del planeta hacían un espectáculo musical por la paz en Venezuela y nos colocaban en la imposible disyuntiva entre escuchar a Paulina Rubio o soportar a Nicolás Maduro (me quedo con Don Nico), en Medellín se demolía hasta el polvo el edificio “Mónaco”; el cual fue oficina, búnker, cuartel general y sede de operaciones de Pablo Escobar, el gran capo colombiano de la coca y todo lo demás.

Aquí no lo habrían demolido, lo habrían destinado a cuartel de la Guardia Nacional con mando civil y temporalidad de retorno, etc, etc, de manera tan simbólica como el recorrido del Presidente por las feroces tierras de Badiraguato, ahora, cuando la perpetuidad de una cadena (sin blackberry) espera al Chapo Guzmán en Estados Unidos, pues los gringos lo persiguieron, ellos lo capturaron, ellos lo enjuiciaron y ellos lo refundirán en una cárcel sin muros de agua.

Pero en fin.

Símbolo mayor —para seguir con esto— es, por ejemplo, la Bandera Nacional, cuya fiesta hoy tenemos a todo despliegue y en cuya preparación hubo un extraño accidente por el cual un soldado, cuyo nombre nadie confirma, fue envuelto por el enorme lienzo de una enseña monumental en Chihuahua, y cuando vino la poderosa ventolera lo enrolló como si se trata de una segunda versión de Juan Escutia, y lo alzó por los aires para luego dejarlo caer desde una considerable altura de casi diez metros con el consiguiente parte médico: fractura de madre en grado superlativo.

Y eso nos debe poner a todos a pensar en los riesgos constantes de envolverse en la bandera, ya sea para recibir los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de los Estados Unidos, pasear a Yalitza por el mundo convertida en atracción de feria mediática, o legislar la civilidad de la Guardia Nacional en nombre del luminoso futuro de la patria.


rafael.cardona.sandoval@gmail.com
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Twitter:@CardonaRafael

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