Opinión


Suicidio

Suicidio | La Crónica de Hoy

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”, escribió Albert Camus en El Mito de Sísifo.

La muerte es la única certeza que tenemos como humanos. Nacemos y crecemos siendo mortales. Y sin embargo, hay personas que deciden apresurarla. Experimentarla a su tiempo. Luchando contra cada célula de su sistema biológico diseñado para sobrevivir.

El suicidio es una de las incógnitas permanentes del ser humano. Es el gran hoyo negro de la psicología. Estudiado desde tiempos inmemoriales, se infieren algunas causas que cambian en cada una de las personas que lo ejecuta. Hay una relación estrecha entre depresión y suicidio.

Las religiones siempre han estado en contra. En cualquier circunstancia la vida no le pertenece a la persona, el cuerpo y alma son de Dios. Así justifican y creen establecer una norma para reducir el número de suicidios. Niegan el derecho a un humano a decidir sobre su propia vida y muerte. Están en contra, incluso, de la eutanasia o el suicidio asistido.

En el caso de la eutanasia las razones para poner fin a la vida quedan más claras, son entendibles. El sufrimiento físico avasalla el cuerpo y el espíritu, los debilita. Acaba con la vida digna. Sin más remedios médicos, el suicidio asistido es la salida para muchas personas.

Pero, ¿qué pasa cuando una persona físicamente está bien pero mentalmente no?  ¿Cuándo parece no haber ningún motivo claro? ¿Cómo se previene o evita? ¿Existirá realmente el suicidio consciente y libre que lleve a alguien a terminar su vida por mera convicción y para reafirmar que esta vida no vale la pena vivirla?

El suicidio atraviesa edad, género, raza, clase social y económica. En México se han duplicado los suicidios en las últimas décadas. Las personas que más se suicidan son los menores de 29 años, un 45% del total que se ha contabilizado en el periodo de 2010 a 2016. Y a nivel mundial, el suicidio es considerado un problema de salud pública por la OMS.

Los suicidios que resuenan más son los que involucran a personajes famosos: escritores, actores, músicos, artistas. Anthony Bourdain y Chris Cornell son ejemplos que resonaron y estremecieron al mundo. Las causas no fueron nunca claras. Los conocimos como celebridades, talentosos, atractivos, inteligentes, con vida de ensueño. Tenían todo lo que los mortales pretendemos querer. Pero un día en el baño de un hotel, después de hacer lo que supuestamente creíamos les gustaba, como su programa de televisión y tocar,  se suicidaron, se ahocaron con un cinturón.

¿Qué lo provocó? La depresión, contestan inmediatamente algunos expertos. Una descomposición química y otros factores los llevaron a finalizar con su vida. En el caso de Cornell lo relacionan con ansiolíticos y otros medicamentos controlados. El suicidio, entonces, sería la consecuencia mortal de una enfermedad como la depresión.

Definirlo de esa forma ayudaría a evitarlo. A tratarlo. A complejizarlo desde una perspectiva médica y psicológica. Empero el suicidio tiene muchísimas aristas, no puede juzgarse desde posiciones totalizadoras.

Aunque es fundamental contrarrestarlo. Hay grandes adelantos para entender y prevenir el suicidio, pero faltan muchísimos esfuerzos más. Los enfoques para entender la situaciones individuales, contextuales, familiares pueden arrojar luz y ayudar a más personas con tendencias suicidas.

Todas las vidas importan, ¿cómo ayudar a los que creen que la suya no? Un primer paso sería escucharlos.

 


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