Opinión


También mujeres, también revolucionarias: las historias de Soledad González y Hermila Galindo

También mujeres, también revolucionarias: las historias de Soledad González y Hermila Galindo | La Crónica de Hoy

No fueron adelitas ni valentinas; no empuñaron nunca una carabina ni obtuvieron grado militar alguno, pero estuvieron en los círculos más altos de los movimientos revolucionarios. Estudiaron para ser taquígrafas, mecanógrafas, y se volvieron revolucionarias y antirreeleccionistas.

Eran mujeres modernas y algunas de ellas ganaron enorme poder político en un mundo donde los rudos generales decidían el destino de miles. Fueron también signo del cambio. Éstas son dos historias de mujeres que, al buscar ganarse la vida, también fueron atraídas por el torbellino tentador de la política.

UN CAMBIO DE VIDA: LAS ESCUELAS DE ARTES Y OFICIOS. A fines del siglo XIX, el poderoso ministro de Hacienda de don Porfirio, José Yves Limantour, estaba inquieto: las oficinas públicas estaban llenándose de muchachas que ya no se quedaban en casa. Querían y podían trabajar. ¿Qué iba a ocurrir? Limantour temía que los caballeros dejaran de ser productivos, distraídos, como seguramente estarían, con la presencia de muchachas activas, curiosas, trabajadoras, con ganas de comerse el mundo.

¿Quiénes eran ellas? Eran jóvenes mexicanas, la mayor parte de ellas de condición modesta, que habían encontrado en la educación la posibilidad de formarse para ser independientes, ganarse su propio dinero e, incluso, convertirse en el sostén de sus familias.

Las escuelas de artes y oficios para mujeres, auspiciadas por Benito Juárez como parte del ideario liberal de la República Restaurada, eran una realidad consolidada en los tiempos de don Porfirio. Muchachas como Soledad González Dávila y Hermila Galindo optaron por aprendizajes muy socorridos en los albores del siglo XX: la taquigrafía y la mecanografía. Tales habilidades, sumadas a su entusiasmo antirreeleccionista, les abrieron las puertas de la Historia.

CHOLITA, DEL MADERISMO AL CALLISMO. Es incierto el origen de Soledad González Dávila, a quien todos los revolucionarios conocerían como Chole o Cholita. Hija de una pareja de zacatecanos que emigraron a Coahuila en busca de mejores oportunidades, su fecha de nacimiento es incierta: debió ocurrir después de 1895, año en que se documenta el nacimiento de la última de sus cuatro hermanas mayores. Algunos testimonios dan a entender que Cholita nació en Tenango, Zacatecas. Otras versiones aseguran que nació en San Pedro de las Colonias, hogar del clan Madero.

Los padres de Cholita llegaron a trabajar a las haciendas de la familia Madero. Allí, doña Francisca Dávila, madre de la niña, se ganó la confianza y la protección de los patriarcas de la famlia: don Evaristo y don Francisco, abuelo y padre, respectivamente, del joven Francisco Ignacio, quien heriría de muerte al Porfiriato.

Cholita se crió al amparo de los Madero. Hizo sus primeras letras en una escuela instalada en la hacienda. Ayudaba a su madre, cocinera de la familia. El trabajo aumentaba los sábados, cuando todos los Madero se reunían para comer.

La buena voluntad de don Evaristo Madero le abrió las puertas a la pequeña Cholita, que era vivaz, lista y trabajadora. El hacendado e industrial, uno de los hombres más ricos del norte mexicano, pidió permiso a la madre para llevarse a la niña a Saltillo, para que estudiara o aprendiese un oficio: “Pobrecita de ti” —le decía el patriarca a la humilde cocinera— “trabajas mucho; pero para eso viene la recompensa, con esta muchachita que te metí a la escuela”.

Así ocurrió. Cholita aprendió taquimecanografía. Se dice que su habilidad con la taquigrafía era muy grande. Desde luego, su primer empleo fue con los Madero. Una anécdota cuenta que fue Cholita quien mecanografió el original, a fines de 1908, de La sucesión presidencial de 1910, libro que detonó el movimiento antireeleccionista encabezado por Francisco Ignacio Madero.

Cuando el maderismo se volvió una fuerza política triunfante, y Francisco llegó a la capital, en junio de 1911, Cholita, por entusiasmo antirreeleccionista, por lealtad inmensa a los Madero, y por cariño especial al bondadoso don Pancho y su esposa Sarita, llegó en el equipo de trabajo del nuevo Presidente; fue una de las taquígrafas de confianza y secretaria de importancia en la oficina de Palacio Nacional.

A tal grado llegó esa importancia, que pasada la Decena Trágica y la muerte de Madero; cuando Venustiano Carranza tomó la Ciudad de México, el Primer Jefe le envió una muy atenta tarjeta a Cholita: le rogaba que pasara al Castillo de Chapultepec para recoger el archivo personal del Presidente asesinado.

Cholita mantuvo toda su vida un fuerte y cariñoso vínculo con los Madero, en especial con Sara, la viuda de Francisco. Andando los años, cuando se convirtió en la todopoderosa secretaria particular de Plutarco Elías Calles, Cholita tuvo oportunidad de hacer algunos favores a la familia.

Con el carrancisco en auge, Cholita regresó al norte. Volvió al altiplano en 1916, pues su fama de buena colaboradora le valió incorporarse al equipo de Álvaro Obregón, en su gestión como secretario de Guerra y Marina (1916-1917). Nuevamente, la muchacha forjó lazos cariñosos con la familia de su jefe. Se conservan cartas que hablan de la cordialidad del trato con los hijos mayores del Manco de Celaya.

Pero con quien Cholita halló su destino político, fue con el general Plutarco Elías Calles, para quien había sido evidente su buen desempeño en el equipo de Obregón. Con Calles, la muchacha estableció un lazo de profunda lealtad y amistad. Quien deseara hablar con el general y Presidente, tenía que pasar por el escritorio de Cholita. Así tejió su propia red de poder.

No cabía duda que la muchacha tenía su propia influencia política. Leal entre las leales, acompañó a Calles a diversos viajes en los que el general trataba de curarse de una “neuritis” que empezó a manifestarse en 1921. Docenas de propuestas de negocios llovían en su escritorio cada semana. Fue dueña de una casa, en la calzada de Tlalpan, que incluso tenía un lago. Pero era una muchacha moderna de su tiempo: manejaba auto, se iba a montar a caballo con Ernestina (Tinina), una de las hijas de Calles. Cuando el general fue expulsado del país por Lázaro Cárdenas, lo flanqueaban dos personas: una, uno de sus médicos personales; otra, Cholita.

HERMILA GALINDO, ACTIVISTA DEL FEMINISMO. Hermila Galindo se involucró en la revolución por caminos muy parecidos a los de Cholita. Duranguense, nacida en 1896 y huérfana desde pequeña, el apoyo de su padrastro la llevó a Chihuahua, donde se matriculó en una escuela de artes y oficios, donde aprendió mecanografía. Algunas versiones afirman que estudió para convertirse en maestra.

Fue su trabajo de mecanógrafa lo que le permitió emplearse en un club antirreeleccionista. Tenía apenas 15 años. Hermila era una chica sin compromisos que la ataran a su tierra, de modo que se fue a la Ciudad de México, donde las recomendaciones de los activistas de Chihuahua la llevaron a trabajar como secretaria del general Eduardo Hay. En 1914, cuando el carrancismo triunfante tomó la capital, Hermila formaba parte del comité de bienvenida. Así conoció a don Venustiano, quien la invitó a trabajar con él.

Así ocurrió, pero las inquietudes de Hermila iban más allá: hizo un periódico La Mujer Moderna; fue una de las primeras feministas mexicanas del siglo XX. Sus ideas eran completamente radicales, aun para sus correligionarias, porque Hermila era partidaria de la vida en pareja sin matrimonio de por medio y porque no vacilaba en decir que la maternidad era una elección de las mujeres.

A tal grado eran de avanzada sus ideas, que provocó un escándalo en el Primer Congreso Feminista de 1916, en Yucatán, cuando quiso exponer su pensamiento. Otras feministas, maestras de profesión, demandaron que la señorita Galindo no expusiera sus tremendas ideas. No se imaginaban que, a la vuelta de un siglo, todo lo que Hermila pensaba y promovía, sería una realidad.

 

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