Escenario


"This is not a burial, It's a resurrection": La memoria ancestral 

El segundo largometraje de Lemohang Jeremiah Mosese ha conmocionado a Venecia, Sundance y, ahora, al Festival Internacional de Cine de Guanajuato 

Foto: (Especial) El filme es protagonizado por Mary Twala Mlongo.

Mantoa (Mary Twala Mlongo) ha estado marcada por la tragedia. Es una viuda de 80 años, quien también perdió a su hija y nieta años atrás y que el único ser querido que le quedaba es su hijo, un minero. En su pequeña aldea Nasaretha, un pueblo sin salida al mar en las tierras altas de Lesoto, recibe la noticia de que su hijo ha muerto en un accidente mientras trabajaba. Sin nada más por lo que vivir, Mantoa dirige sus energías a hacer los arreglos necesarios para su propio entierro. 

Sin embargo, en medio de su interminable luto, el ayuntamiento da la noticia de que está a punto de inundar el pueblo para la construcción de una presa, por lo cual tienen que reubicar la aldea en una ciudad cercana, pero Mantoa no está dispuesta a abandonar los cuerpos de sus seres queridos, pues ahora ellos son la única conexión con la tierra. Dispuesta a hacer todo para descansar con sus ancestros, comienza una un acto de resistencia que espera inspirar a su pueblo. 

Esta es la premisa de la película This is not a burial, It's a resurrection, el segundo largometraje de Lemohang Jeremiah Mosese, originario de Lesoto (país enclavado dentro del territorio de Sudáfrica), aunque radica en Berlín desde hace ocho años. Su filme, tras Mother, I am suffocating. This is my last film about you (2019), lo ha consolidado como una de las voces de autor más cautivadoras del último lustro y ahora forma parte del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF, por sus siglas en inglés) y, al igual que en festivales como Venecia o Sundance, no ha dejado a nadie indiferente. 

“Soy parte de Berlín, pero sé que no pertenezco allí, pertenezco a Lesoto y, sin embargo, no soy parte de él. No tengo espacio. Creo mejor a partir de este estado sin forma porque puedo ver mejor como un extraño. Crear arte a partir de este estado de ánimo es gratificante, pero me ha convertido en una persona perdida”, expresó en una entrevista el cineasta Lemohang Jeremiah Mosese. 

“No habría podido ver mi país o África en su conjunto si estuviera dentro. Me tomó ser un ‘forastero’ para ver la tremenda belleza y la tremenda fealdad de todo esto. Solo puedo crear desde un lugar de amor o miedo. Necesito tener una reacción violenta para crear. El odio que mostré en la película es amor expresado al revés”, dijo. 

Su filme, cargado de una belleza visual, narrativa y diálogos poéticos y un mensaje bastante claro sobre resistir al olvido, está lleno de un profundo dolor y las huellas de su pasado, “es la historia de mi abuela o mi conflicto personal, especialmente con los temas religiosos. También está mi conflicto sobre el tiempo”, dijo. 

“He leído mucho sobre las cosas que se repiten en ciclos o en diferentes generaciones, cosas como la gentrificación. Es como una rueda que sigue girando. En algún momento, casi pierdes la esperanza porque no importa qué intervenciones introduzcas, la gentrificación está destinada a suceder. Es agradable cuando hay algo de resistencia, pero la resistencia también es parte de todo el proceso y, esta frustración, este conflicto, es algo que sucederá ya sea que haya resistencia o no. Encuentro esto muy fascinante. Este ciclo de vida es mi conflicto en la vida”, continuó y explicó que eso no significa no sentir empatía. “No sé cómo seguir adelante, pero sé que en ese mismo momento necesito hablar sobre cómo me siento”. 

El dolor de Mantoa es el retrato más conmovedor del descenso al duelo. Como creyente religiosa, ella no merece la mano que Dios le ha dado. Y es que además de sus pérdidas personales el filme nos muestra cómo también pierde su última posesión mundana: su casa. En una imagen poderosa (una de tantas) aparece ella en las cenizas de su casa y un rebaño de ovejas la rodea para protegerla. En el Evangelio de Juan, a Jesús se le llama “Cordero de Dios” y en la proclamación dice: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. 

El narrador de la película, interpretado por Jerry Mofokeng, reflexiona sobre esto como si los aldeanos buscaran restaurar su fe para soportar el desplazamiento: “Era una necesidad contar la historia de estas personas y su conexión con la tierra, no sólo en términos de agricultura o de ganarse la vida, sino de una conexión espiritual con la tierra misma. Sabes cómo naces y tienes enterrado tu cordón umbilical en la misma tierra donde están enterrados todos los muertos. Imagina todas estas historias. Y luego quieres moverlos, es un horror el efecto psicológico que viene de esto”. 

Sin olvidar los momentos más ligeros, el cineasta filmó una secuencia reveladora que, al final, es una declaración de principios sobre su cine. En el momento en que el cura se reúne con algunos vecinos para escribir una carta de protesta, éstos le reprochan que el tono sea tan poético, aquel se defiende justificando que, aunque sea para reclamar algo, no se puede olvidar el romanticismo y la poesía. Igual que sus películas. 

“Realmente amo la literatura. La mayoría de las veces, cuando estoy creando, la idea proviene primero del texto, por lo que a veces puedo desarrollar una película únicamente a partir de las palabras que se me ocurren. Como cuando te imaginas cómo una madre no es Jesús, pero siempre está siendo crucificada. Entonces, la imagen de la mujer que está siendo crucificada en la película proviene de esos textos que había ensartado en mi cabeza y continuó desarrollándose a partir de ahí”, explicó. 

“Soy un gran creyente de las palabras y, por supuesto, creo en la imagen, sobre todo, y como cineasta siento que la imagen tiene prioridad. Sé que, en realidad, no existe una fórmula. A veces es más como si tuviera este mosaico de imágenes en mi cabeza y necesito encontrar el texto correcto para juntarlas todas”, agregó. 

Actualmente el cineasta tiene 40 años. Estudió Recursos Humanos en una Universidad de Sudáfrica donde comenzó a experimentar con la realización cinematográfica. Después de la universidad, regresó a Lesoto, donde hizo un par de “películas malas”. Su cortometraje, Loss of Innocence, fue presentado en la Berlinale (2012). 

En varias películas Mosese se ha enfrentado a los efectos de la religión organizada, especialmente porque han llegado a influir en las sociedades africanas poscoloniales. This is not a burial, It's a resurrection , es la película más accesible de Mosese en mucho tiempo. Con una narrativa disciplinada, actuaciones comprometidas y poderosas meditaciones sobre la vida, la muerte y el poder del espíritu humano, la película crepita con toda la energía y la rectitud de un autor que busca devolver algo de agencia a la gente a través del poder de la narración. 

“Dejé Lesoto hace ocho años, pero sigo yendo y viniendo. Lesoto es mi madre. Por eso hago películas allí porque estoy conectado con el lugar, soy el lugar. Yo soy Lesoto. Políticamente es una tragedia de Shakespeare allí. Está dirigido por pastores. Allí está ocurriendo una situación real de Juego de Tronos. Como en otros países del continente, el arte no se considera importante”, dijo. 

“Como todos los que crecieron en un lugar difícil, mi historia es un cliché. Vengo de un lugar violento y el cine era una forma de escapar. Solían proyectar películas de 16 mm cuando era niño, principalmente películas estadounidenses. Los miré religiosamente; se convirtió en una tendencia ver y volver a contar películas con mis compañeros. Por esa época comencé a dibujar personajes de películas y los mezclé con mis propias creaciones”, dijo. 

“Vi Platoon y la escena en la que Willem Dafoe muere con las manos levantadas hacia el cielo me conmovió profundamente. Sentí curiosidad por hacer películas. Construí mi propio proyector improvisado para poder proyectar mis dibujos en largas resmas de papel. Luego comencé a estudiar cine por mi cuenta, diferentes movimientos del cine. Ahora me toca contar historias, y eso también es una necesidad”, concluyó.

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