Opinión


Todos los pueblos

Todos los pueblos | La Crónica de Hoy

Para Ana Payán

Los estragos de la actual pandemia nos impiden tener una perspectiva serena y objetiva sobre su influencia en las comunidades del presente y el futuro; dado su impacto destructor en diversas esferas de la acción humana, como son los sectores educativo, económico, laboral, de la salud, la interacción social, entre otros.

Los recuentos cotidianos del número de contagiados y muertos nos muestran una curva en ascenso, acompañada de otras enfermedades estacionales que acompañan al virus del COVID-19. En México, ya rebasamos los 120,000 decesos, con un millón y medio de infectados, de los cuales 400,000 son casos activos que demandarán atención médica, la cual será difícil de conseguir, debido a la saturación del sistema hospitalario.  

Pero las tragedias, pese a la crudeza de sus procesos y efectos, no están exentas de ironías y a veces de humor corrosivo, como lo supieron los dramaturgos griegos y, especialmente, Shakespeare en aquella memorable pieza donde Hamlet profiere la frase terrible, nacida de su desesperación y desencanto: “Dinamarca apesta”. 

En este contexto, convine recurrir a la obra del sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, La crueldad pedagógica del virus, que nos muestra una radiografía preliminar de las contradicciones y paradojas que está generando la pandemia a nivel global y los efectos que genera, según la división tradicional entre países pobres y ricos; entre el norte y el sur; entre los dueños del dinero que se preservan en sus torres de marfil y quienes deben salir a diario de sus escondidas o madrigueras, encadenados a la disyuntiva de morir de hambre o contagiados por el virus.

La palabra “pandemia” tiene un sentido noble, significa en griego “todo el pueblo”, muy cercana a la democracia, al “poder del pueblo” y en ambos casos se refiere a una multitud, pero la pandemia no reúne, sino aísla, aleja del ágora a los ciudadanos y los dispone en cuarentena. Asimismo, la pandemia tiene un efecto global, del mismo modo que las compañías trasnacionales, las religiones cosmopolitas, o los cambios del clima que provocan el efecto invernadero y perjudican todo lo viviente, aunque con diversos propósitos.

A pesar de su fuerza catastrófica, nos dice de Sousa Santos, la pandemia exhibe una crisis mayor que desde los años ochenta del siglo pasado se estaba intensificando y que ahora hace crisis. Con la caída del muro de Berlín, el capital financiero y las fuerzas del mercado asumieron el dominio del planeta, y ahora, en este entramado histórico, se dan la mano el dios del dinero y el dios del virus, en una especie de alianza coyuntural dirigida contra los que menos tienen; quienes son víctimas de la desigualdad social extrema y la destrucción de la vida en el planeta, debido a la explotación irracional de los recursos naturales.

En consecuencia, el panorama no solo muestra la crisis de un sistema de salud o de algunas ramas de la ciencia vinculadas a los antibióticos, sino la fractura de un sistema cuyo origen se remonta al siglo XVII, donde empieza la creencia absurda de que el ser humano es capaz de dominar la naturaleza y disponerla a su servicio, en lugar de preservarla; pues la humanidad entera apenas representa el 0.01% de los seres vivos del planeta y de seguir el mismo modelo de desarrollo habrá pandemias cada vez peores.

De esta manera, la “cruel pedagogía” de la pandemia es un aviso que no deberíamos ignorar, ya que pone al descubierto las desigualdades económicas, de género, raciales, religiosas, culturales, entre otras. También exhibe el poder ancestral de los dueños del dinero, que ejercen su dominio a través de figuras patriarcales y otros intermediarios que responden a la cadena de mando y a las mismas perspectivas ideológicas; incluso algunos asumen la ley de la selección natural de Darwin: la pandemia eliminará a los menos aptos de la especie.

Entonces, cobrar conciencia de la actual tragedia implicará para los intelectuales pensar en los problemas que nos aquejan con una perspectiva mundial, más allá del efectismo y las fake News; situar a la pandemia (y las que puedan venir) en su estricta dimensión, pues antes de ella han muerto cientos de miles de personas por año de hambre o de enfermedades relacionadas con la desnutrición, sin que sea una noticia a la cual se preste importancia; el neoliberalismo y las fuerzas del mercado son parte del problema o del “ciclo infernal”, como lo muestra el Covid 19. Por ello, es hora de pensar en una alternativa más justa.

Otras lecciones del COVID-19, según de Sousa Santos, son aprovechar el descrédito de la extrema derecha en el mundo por el pésimo manejo de la pandemia, pues con su soberbia de negar la ciencia o de retardar las medidas de atención a la población ha aumentado la dimensión de la tragedia. El autor piensa especialmente en Estados Unidos, Reino Unido, Brasil y Filipinas. Por último, considera que se debe acabar con el neocolonialismo y el patriarcado, todo ello para que se fortalezca al estado benefactor y florezca la comunidad solidaria, responsable y mucho más respetuosa del medio ambiente donde vive.

La obra de Sousa Santos es una radiografía que nos sitúan en la vorágine de un momento doloroso, controversial y de transformaciones profundas en el horizonte inmediato de nuestra historia. Sería sumamente irresponsable minimizar los daños físicos y morales que la pandemia está ocasionado a la sociedad, a las familias y a las personas concretas, pero también es necesario que se tiendan puentes más allá de este río de confusión y muerte.

La resiliencia supone enfrentar las calamidades y superarlas con toda la fuerza y convicción de que seamos capaces. Asimismo, este noble impulso suscita el apoyo del otro, los otros, del refugio benéfico de la familia y la comunidad que siempre estarán ahí, para sumar esfuerzos. Innumerables ejemplos de solidaridad humana han resplandecido a lo largo de este oscuro 2020. En ellos subyace la esperanza y también la conciencia de que el mundo puede ser mejor.   

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