Opinión


Tradiciones y paradojas

Tradiciones y paradojas | La Crónica de Hoy

¡No olvides el plato con sal! ¿Y ya tienes incienso? Ah, mejor deja algunas frutitas. Poner un altar de Día de Muertos siendo extranjero no es tarea fácil. Al inacabable abanico de posibilidades cromáticas, estéticas y de composición que ofrece una superficie otrora olvidada y polvorienta, hay que sumar la complejidad de tomar en consideración todos los elementos imperativos en la ofrenda anual. Desde el cempasúchil hasta aquellos detalles de los que en vida disfrutaban nuestros seres queridos y que sirven para recordarlos y homenajearlos.

Al final, mi altar nunca será juzgado con severidad si hay algún descuido, pero a la vez trato de ponerlo con más esmero con tal de que pueda llegar a ser indistinguible del aquel del mexicano más amante de la tradición. Por un lado circula la voluntad de integración, una interminable batalla casi imposible de ganar. O al menos, no del todo. Por otro lado, el vehículo del esmero es el aprecio por unas tradiciones tan bellas que cautivan a cualquiera que visite México en estas fechas. Esto, sumado a la realidad de que, en mi caso y el de todos los catalanes que residimos en este país, nuestra tradición es tan poco colorida como difícil de trasladar a este lado del Atlántico.

La Castanyada consiste esencialmente en reunirse con la familia la noche del 31 de octubre y el 1 de noviembre y comer castañas asadas, difíciles de conseguir en México, camote asado y panellets, un dulce pequeño hecho a base de mazapán en distintas presentaciones. El más tradicional, recubierto de piñones. Éstos sí se pueden encontrar en lugares muy específicos, como la Pastelería Suiza de la Condesa, pero son incluso más sencillos de preparar en casa.

Si hay algo que tienen en común mi tierra de origen como México en estas fechas es la invasión de Halloween, la fiesta anglosajona adaptada con mayor o menor —normalmente menor— destreza y pertinencia en ambos lados del océano. Curiosamente, la cercanía geográfica a Estados Unidos en el caso mexicano es tan poderosa como el bombardeo cultural mediático que sufre Europa a través de series, películas y, sobre todo, hoy en día, de internet en general.

Pero quizás las razones de su éxito son distintas. Por un lado, en Cataluña la Castanyada ofrece poca diversión a los niños y jóvenes, por lo que el atractivo de Halloween es comprensible. Curiosamente, no debería ser así por los disfraces, dado el arraigo cultural con que cuenta el Carnaval, —representado por el rey Carnestoltes en Cataluña—, fiesta de disfraces de tradición medieval en toda Europa y exportada a parte de América. En México, por el contrario, el atractivo de Halloween debería ser menor dado lo florido del Día de Muertos, pero en cambio, a falta de tradición carnavalesca, es comprensible el gancho del hecho de disfrazarse.

El problema es que, en el fondo, las versiones diluidas de Halloween que se consumen tanto en Cataluña como en México, como en tantas partes del mundo, suelen ser corrosivas con las culturas y las tradiciones locales. Porque, no nos engañemos, lo que consumimos de Halloween no son las decoraciones, las calabazas talladas con dedicación y tino, sino los disfraces repetidos hasta el hastío —esqueletos, Frankensteins y vampiros—, que se traducen generalmente en unas fiestas cuya única razón de ser es el consumo de alcohol por el gusto de consumirlo.

Mientras en los grupos de catalanes en México en redes sociales compartimos estos días decenas de altares, desde los más modestos hasta los más exuberantes, como una suerte de demostración comunitaria de arraigo y amor por la tierra de acogida, resulta irónico que mis ‘feed’ de redes sociales arrojaran sólo ‘pedas’ llenas de disfraces burdos e irrelevantes.

A riesgo de sonar anticuado o aburrido, pienso que es importante volver la vista atrás y recordar por qué festejamos lo que festejamos y quiénes somos. Tanto México como Cataluña son tierras donde las tradiciones poseen poderosos relatos culturales que no deberían necesitar de excusas como el alcohol para subsistir en el imaginario popular. Y por eso, este domingo seguiré investigando dónde conseguir castañas crudas en la Ciudad de México. Así que si alguien sabe, le estaré muy agradecido si me puede enviar sugerencias a mi dirección de correo que aparece aquí abajo.

 

marcelsanroma@gmail.com

 

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