Opinión


Tras los pasos de Asís

Tras los pasos de Asís | La Crónica de Hoy

De las muchas sorpresas (al menos en los discursos), ofrecidas por el Presidente de la República cuya abundancia retórica marca sin duda alguna el estilo de su gobierno, esta es, quizá, una de las más conmovedoras:

Laicismo aparte, y sin  hablar de la severidad austeridad de don Benito, “El Impasible”, el jefe del Estado nos ha dicho en apoyo de su  indeclinable morigeración:

“…Si se necesita para transferir todos los fondos al pueblo y que haya desarrollo, haya trabajo, haya bienestar, el gobierno va a entrar a una fase superior: vamos de la austeridad republicana a la pobreza franciscana, es decir, nada de derroche. No puede haber gobierno rico con pueblo pobre…”

Si el Tío Carlos, (no Septién, sino Marx), nos dijo cómo el imperialismo es la fase superior del capitalismo, el presidente de México ya nos ha explicado cómo la economía popular tiene como su más alto estadio, el “franciscanismo”, o sea, vestir con sayo marrón, del color de la tierra (de ahí lo sacaron) y olvidarse de cuanto brillo material se oponga al enriquecimiento espiritual en el servicio de Cristo, pues eso y no otra cosa es la pobreza franciscana.

¡Ah!; cómo se le rasaban los ojos al niño memorioso cuando en la escuela de curas lo impelían a declamar con  su bien articulada palabra aquello de “…el mínimo y dulce Francisco de Asís…

Cuántas ganas de imitar al hermano Francisco a quien el lobo le advertía, “…no te acerques mucho…”, no todos supimos seguir el ejemplo del Santo de Asís, a quien el Papa Gregorio IX, en 1228 elevó a los altares desde donde preside los afanes de sus seguidores cuyo trabajo ha llevado el Evangelio todos los rincones del mundo.

Bendito sea pues, aquel quien enseñó a sus discípulos a andar con las manos ocultas por las mangas del hábito, para no mostrar los estigmas divinos, en las palmas y llevar calzas y zapatos para no exhibir la huella de los clavos.

Pero no todos en las órdenes menores o mayores siguieron a la letra esas enseñanzas. Hay de todo en la viña del señor y según nos cuentan los especialistas… “En España, los autores De Pazzis Pi y García (1995) analizan la vida conventual de los religiosos franciscanos durante el siglo XVIII, reparan en los conflictos que generaba la administración de los recursos y las repercusiones al interior de los claustros. En Nueva España, en sus estudios sobre las capellanías, Wobeser (1994, 1999). ha mostrado un camino de análisis en cuanto a los mecanismos de multiplicación del los dineros, el cual era prestado a una tercera persona, comerciantes y hacendados, pagando por el préstamo el 5% de interés anual…”

No es ánimo de esta columna insinuar la calumniosa versión de los franciscanos prestanombres. Nada más alejado de la intención, sólo basta decir, cómo en la pobreza total fue posible andar el mundo y llevar (con el auxilio de los ricos y los nobles y los conquistadores y los encomenderos), la palabra del señor a los pobres indos idólatras y politeístas. Y de ahí en adelante.

Pero el caso actual es simple: la exaltación  de la pobreza franciscana es tan antigua y arraigada como para no reparar en cuántas fueron las fincas y hectáreas de sus conventos y misiones a lo largo de la historia de México.

El convento de San Francisco en la ciudad de México, por ejemplo, cubría una extensión enorme, casi de la actual Alameda Central al Zócalo, pero la propiedad de tierras en México, en manos de los seguidores del mínimo y dulce, es imposible de medir en hectáreas *.

“…inicialmente se extendieron por los valles de México y Tlaxcala-Puebla, y más adelante por todo el país.

Algunas de las construcciones franciscanas más representativas son:

Tepeaca, Convento Grande de México, Tlalmanalco, Huejotzingo, Puebla, Texcoco, Tlaxcala, Cholula, Cuernavaca, Tula, Xochimilco, Atlixco, Tepeapulco, Zacatlán de las Manzanas, Tlalnepantla,  Huaquechula, Tecali,  Cuauhtinchan, Quechólac, Tepeyanco, Atlihuetzía, Calpan, Totomihuacan, Tepeji del Río, Xochimilco, Huichapan. Todo esto en Puebla, el estado de México, Tlaxcala e Hidalgo (entre otras), Tzintzuntzan, Valladolid [Morelia], Pátzcuaro, Uruapan, Zacapu, Erongarícuaro y Acámbaro.

Y en la península de Yucatán —para ya no seguir—,Campeche, Mérida, Maní, Conkal, Zizantún, Tizimín,  Izamal, Valladolid,  Motul, Calkiní, Ticul y cientos de lugares más.

Si la tierra tuviera algún valor, los franciscanos han sido todo, todo, menos pobres.

*(Con datos de Edgar Franco. UAEH)

 

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