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Un magnicidio en 1889: ¿Quién mató al gobernador Ramón Corona?

Siempre que se trata de un crimen político, nunca se queda bien con todo el mundo: las hipótesis se multiplican, y los rumores están a la orden del día: se desentierran rencores añejos y se inventan agravios recientes. Son esos casos donde no falta el que termine por decir: “jamás vamos a saber qué ocurrió en realidad”. A veces, las ambiciones más retorcidas mueven, cual marionetas a extraños personajes. A veces, la explicación es mucho más sencilla. Pero en todo magnicidio siempre persiste la duda: ¿quién es el verdadero asesino? El caso de este general, asesinado en las calles tapatías, no es la excepción.

Un magnicidio en 1889: ¿Quién mató al gobernador Ramón Corona? | La Crónica de Hoy

Corona habia sobrevivido a la guerra de Intervención, era héroe como Porfirio Díaz, y ya hasta había sido embajador. Parecía que la vida lo encaminaba a un mundo mucho más estable cuando fue asesinado.

La gritería reventó la paz de aquella tarde de noviembre de 1889. Todo ocurre con rapidez, y los paseantes no dan crédito a lo que ven sus ojos: el gobernador de Jalisco, el general Ramón Corona, parece derrumbarse. Mary Ann, su esposa pide auxilio: ¡han herido al gobernador! Un hombre joven echa a correr; lo encontrarán muerto a las pocas cuadras. Guadalajara parece enloquecer. Ahí, a unos metros del Teatro Principal, un desconocido, salido de quién sabe dónde, puñal en mano, se abalanzó sobre Corona y su esposa; nadie sabe qué ocurre, ¡parece que han matado a la pareja! 

La gente empieza a correr, auxilian al gobernador y a su esposa. La pobre Mary Ann McEntee, a quien todos creyeron herida de muerte, parece bastante entera. Su esposo, el gobernador Corona no ha tenido tanta suerte. La sangre fluye de su vientre y de su cuello. Se abren las puertas y las ventanas de las casas. Salen las hermanas Chacón, en cuyo umbral ha ocurrido todo: ofrecen agua y alcohol para confortar a la pareja. Mary Ann sigue con el entendimiento nublado a causa del pavor. Da voces, a ratos parece que va a desmayarse. Su esposo, a pesar de las heridas, se mantiene sereno. Intenta tranquilizarla, le da ánimos. 

Pero el general Ramón Corona, héroe de la guerra de Intervención, exembajador en España, gobernador del estado de Jalisco, se está desangrando: a sus pies ya hay un charco rojo, rojísimo, producto del denso riachuelo que se forma desde las heridas del cuello y del vientre. 

Pero Corona es duro. Peores cosas le han tocado presenciar a lo largo de su vida. Tiene el gobernador, todavía, fuerzas para caminar. Con la ayuda de quienes se han precipitado a auxiliarlo, Corona se traslada, por su propio pie, a la Inspección de Policía, que está en los bajos del Palacio de Gobierno, donde trabaja y habita. 

En la Inspección hay un poco más de cabeza fría; atienden a Corona, y lo suben, cargando, a sus habitaciones, a donde deberán llegar los médicos.

Pero la muerte ya empezó su obra en Guadalajara. Mientras en el Palacio de Gobierno el gobernador va perdiendo fuerzas, en la calle está un cuerpo tirado, el del atacante de Ramón Corona. Alguien lo reconoce: se llama Primitivo Ron. Sus ojos están abiertos, fijos en cosas que ya no son de este mundo. Ensangrentado, descamisado, en su torso se ven las heridas por las que se escurrió la vida. Así lo fotografían, así queda su retrato, para la eternidad; el retrato de un magnicida.

LA MUERTE DE UN GOBERNADOR

¿Podía decir alguien qué ocurrió en realidad? Una vez que la histeria ha pasado, la esposa de Ramón Corona, Mary Ann, ensaya un relato de los acontecimientos. Era una tarde cualquiera, una tarde de esas, del otoño tapatío, en las que empieza a soplar el aire frío que anuncia el invierno. El gobernador y su esposa quisieron ir al teatro, atendiendo la invitación de la compañía de actores que se presentaba esa tarde. 

Poco a poco, Mary Ann, ordena su mente: el ataque de nervios amaina, por un buen rato creyó que estaba herida y que correría la misma suerte que su esposo. Pero se da cuenta de que no tiene lesiones, no sangra: el cuchillo del asesino no pudo traspasar las recias varillas del corsé de la dama. Milagrosamente, Mary Ann McEntee está ilesa.

Y entonces empieza a narrar lo ocurrido. Sí, iban al teatro: la obra en cuestión trataba de uno de los grandes temas, dolorosos y polémicos de la guerra de Reforma, y que, treinta años después, permanecía en la memoria de los mexicanos, en forma de diversos tratamientos literarios: los Mártires de Tacubaya.

Decidió el matrimonio Corona caminar hasta el teatro. Iban con los brazos entrelazados. Unos pasos adelante de la pareja, caminaba el pequeño hijo del matrimonio, de la mano de su nana. Por toda seguridad llevaba detrás a un par de guardianes. Nada parecía perturbar la tarde.

Mary Ann no supo decir de dónde, apareció un hombre joven, de ojos claros. Se fue directo sobre el gobernador y le clavó un puñal en el cuello. Tan rápido como pudo, el agresor repitió la acción y hundió el arma en el hombro de Ramón Corona.

El cuerpo del gobernador no había perdido los reflejos que lo mantuvieron con vida en la guerra de Intervención. Aún sorprendido, Corona no se derrumbó, e intentó echar mano de un pequeño estoque que llevaba en el bastón. Pero el brazo ya no le respondió.

El puñal del agresor volvió a clavarse en el cuerpo de Ramón Corona; le abrió el vientre. Aquel hombre de ojos claros forcejea con Mary Ann, que intenta cubrir con su cuerpo a su esposo, mientras grita, pidiendo auxilio.

El atacante escapa a la carrera. Mary Ann lo pierde de vista, ya no le importa. No puede dejar de mirar a su Ramón, que todavía le dice: “No es nada, no te asustes, no tengas cuidado”. Pero el rojo río de sangre que ya corre hasta el piso, se lleva, poco a poco, la vida del gobernador de Jalisco.

Mientras lo contempla, tendido en el lecho, con una debilidad que lo ahoga y una palidez que ya no desaparecerá del rostro del herido, Mary Ann recuerda, como en un sueño, que su esposo alcanzó a decirle a aquel joven, “¡Pobre hombre, te perdono!”

Llegan corriendo tres médicos, que examinan al gobernador: son Garciadiego, Arce y Bustamente. Coinciden en el diagnóstico: la víctima se estaba muriendo. Si bien las tres heridas eran de gravedad, la puñalada en el cuello lo hizo desangrarse. Ramón Corona murió al día siguiente, el 11 de noviembre de 1889.

LA EXTRAÑA MUERTE DE UN ASESINO

Efectivamente, el atacante de Ramón Corona echó a correr, alejándose de sus víctimas. Mientras el gobernador navega hacia la muerte, levantan el cadáver de Primitivo Ron. Empieza a correr una especie que muchos tachan de ridícula, de inverosímil: después de cometer su crimen, Ron se suicida asestándose cuatro puñaladas, de las cuales, al menos dos le despedazan el corazón

Otros defienden una versión distinta, según la cual, un par de hombres lo interceptan y lo sujetan. No pretendían apresarlo, aseguran quienes los vieron: fueron ellos los que mataron a Primitivo Ron, y luego desaparecieron.

¿Quién es este joven? ¿De dónde salió? El cadáver de Primitivo Ron y Salcedo tiene los ojos azules, en la Guadalajara de 1889, no falta quien lo identifique y pueda contar fragmentos de su historia:

En Guadalajara, Ron fue impresor y maestro de primaria. Un par de años de aquella tarde de noviembre había emigrado a la ciudad de México, y allí trabajó de gendarme: el 102, ingresado al servicio en agosto de 1887 y adscrito a la primera demarcación.

Volvió a Guadalajara, molesto, decepcionado. No se llevaba bien con sus compañeros. Por el solo hecho de ser tapatío, lo acusaron de ser homosexual, “sodomista”. Hubo pleito. Pero Ron llevaba las de perder. Siguieron molestándolo, y solo duró tres meses en el empleo, acusado de insubordinación y de abandonar su puesto. Lo dieron de baja el 27 de noviembre de 1887. Dolido por el mal trato, Ron intentó defender su honor: envió una carta de queja al ministro de Gobernación, Manuel Romero Rubio, contando su historia. Pero Romero Rubio nunca leyó aquella misiva, y Ron la envió a un tribunal, también sin resultados.

Dos años después, el antiguo gendarme envió sus quejas al famoso periódico capitalino El Siglo Diez y Nueve, acompañado de un texto que llamó “Mi decisión suicida”. Se publicó como gran despliegue, el 13 de noviembre de 1889, como corresponde a una gran exclusiva, porque la redacción de El Siglo la recibió el día en que Primitivo Ron atacó a Ramón Corona.

“Yo quiero hacerme justicia, porque en los tribunales no existe, como creo que no habita casi en el mundo”. Pero ahí articulaba sus desdichas, su honor maltrecho, con la figura del gobernador: “Haré que baje al sepulcro conmigo el que es causa de mi suicidio. Sí, que muera el General D. Ramón Corona. Que muera para que escarmienten todos los gobernadores de los Estados de la República, y todos los gobernantes del mundo. ¡Que sea esto para escarmiento y felicidad de muchos gobernadores presentes y futuros!”

Nadie entendió la conexión entre la ira de Primitivo Ron y la presunta responsabilidad de Ramón Corona.

Así fue que aquel joven de ojos azules, acabó calificado como un simple “desequilibrado mental”, que se había suicidado, clavándose el puñal con que había herido de muerte a su víctima.

LA NOTA ROJA Y EL ALUCINANTE CASO DEL BRAZO DE PRIMITIVO RON

Al conocerse el asesinato del general Corona, el periodista Manuel Caballero, que en esos días editaba en Guadalajara el periódico El Mercurio Occidental, actuó con rapidez: preparó una edición extra con la narración de los hechos, como el reportero moderno que ya era. ¿Qué hacía Caballero en aquella ciudad? Los chismes del gremio contaban que Corona se lo había llevado “como vocero áulico”, es decir, para que hiciera un periódico elogioso a su trabajo de gobernador.

Pero dicen los que saben que, el que una vez es reportero, jamás deja de serlo. Ese fue el caso del primer gran reportero mexicano, que eso era Manuel Caballero. No lo pensó: hizo una edición que sería inolvidable. Se cuenta que puso a un ayudante a presionar, en cada ejemplar, su brazo, empapado de tinta roja, El resultado fue una página donde se veía una mano, roja y chorreante, en clara alusión a la mano homicida de Primitivo Ron. La ocurrencia provocó un fuerte impacto visual en la ya de por sí impresionada sociedad tapatía.

Si en aquellos años las narraciones periodísticas de hechos de sangre causaban polémica por el tratamiento e importancia que los primeros reporteros les daban, convirtiéndolos en noticias de primera plana en vez de publicarlos en páginas interiores, la iniciativa de Manuel Caballero terminó de darle identidad y personalidad a tales informaciones. Poco a poco se les conocería por el color de aquella mano chorreante, estampada en las páginas de los periódicos. Ese nombre sobrevive hasta nuestros días y a nadie le queda duda de qué se trata: es la nota roja.

Algunos objetos, que hoy identificaríamos como elementos de la escena del crimen, se conservaron por la familia del general Corona y luego pasaron a ser parte de las piezas de lo que hoy es el Museo Regional de Guadalajara: el chaleco que llevaba puesto el gobernador, con las marcas del arma homicida, y el cuchillo de Primitivo Ron. Pero lo que debió ser alucinante es una pieza de la que sobreviven fotografías: el brazo disecado del asesino de Ramón Corona, y que, según testimonios orales, permaneció en el museo hasta el siglo XX. 

Tétrica anti-reliquia, pues usualmente la conservación de restos humanos fue una práctica que se realizaba sobre los restos de próceres, gobernantes y santos y beatos católicos. De esa manera, templos y museos tenían, tanto en México como en otros países, bonitas colecciones de corazones, manos, huesos cortos y largos, gotitas de sangre. ¿Por qué en este caso, se conservó el brazo del homicida?  Quien vea el asunto a la distancia verá en ello una macabra ocurrencia, de esas que a muchos habitantes del siglo XXI les parecen perturbadoras y que hace siglo y medio no eran tan extrañas. Pero había algo más; la incógnita que nunca se despejó por completo, y que no es inusual cuando se habla de magnicidios: ¿quién estaba detrás del asesino material? ¿Primitivo Ron actuó solo? ¿era un asesino solitario o mero instrumento de una conspiración?

EL ENIGMA PERMANECE

Por años se especuló acerca de la fuerza que realmente movió el brazo de Primitivo Ron. Se insinuó que los autores intelectuales del crimen venían de España a vengar una honra. Era un chisme muy viejo, según el cual, en sus años de embajador en España (1874-1886), el general Corona tuvo un apasionado romance nada menos que con la reina María Cristina. Fruto de aquellos amores, aseguraba la conseja, era, nada menos, que el que se convertiría en el rey Alfonso XIII (nacido en 1886), y en el trance del asesinato, no faltó quien diese por buena aquella historia.

La otra hipótesis que corrió de boca en boca, y no precisamente en voz baja, que detrás del crimen estaba nada menos que el presidente Porfirio Díaz, quien, temeroso de que entre sus antiguos compañeros de armas de los días de la guerra de Intervención, surgiera un liderazgo capaz de presentarse a elecciones y, en una de esas, ganarle la presidencia.

Las murmuraciones llamaban la atención sobre algunas coincidencias: en el año de la muerte de Corona, otro de los notorios generales de la guerra contra los franceses, Vicente Riva Palacio, llevaba ya unos pocos años en algo que parecía un exilio dorado, con nombramiento de embajador en España. El gran general victorioso del sitio de Querétaro, Mariano Escobedo, había recibido un golpe importante en su prestigio cuando se supo que Querétaro había caído por la traición de Miguel López, lugarteniente de Maximiliano. Cuatro años después de la muerte de Corona, otro militar destacado de esos días, el coronel Ignacio Manuel Altamirano, sería enviado a Barcelona en calidad de Cónsul, y de ahí se movería a París, permutando el cargo con Manuel Payno. Como se sabe Altamirano murió de enfermedad, unos pocos años después, sin haber regresado a México.

Los suspicaces siempre lo dijeron: parecía que a Porfirio Díaz le interesaba tener la menor cantidad posible de potenciales competidores, y a esos personajes la vida los había llevado fuera de los escenarios de la alta política nacional. Ninguno de aquellos hombres murió en la capital; ninguno de ellos vivió para acompañar a Porfirio Díaz en el salto al siglo XIX.

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