Opinión


Un Quijote patético cabalga por Washington

Un Quijote patético cabalga por Washington | La Crónica de Hoy

Un día sí y otro también, a Donald Trump le está pasando lo peor que puede pasarle a un político: hacer el ridículo.

Como si de un patético Quijote se tratara, el presidente de Estados Unidos ve fraudes monstruosos y se lanza al ataque contra ellos. Mientras tanto, no uno, sino varios Sanchopanzas —congresistas republicanos, comentaristas ardidos de Fox News y otras cadenas ultraconservadoras, webs conspiranoicas, como Breitbart…— le siguen la corriente y le animan a clavarle la lanza a esos aborrecibles gigantes (aunque en el fondo saben que su jefe está delirando).

Y ya sabemos cómo acabará la historia del loco manchego, si la trasladamos al valle del río Potomac. El pobre mandatario republicano se estampa contra una realidad que acabará ganándole la partida, porque es de una lógica aplastante: no es posible ver fraude donde no lo hubo.

No vieron fraude los jueces ni los gobernadores de los estados donde la campaña republicana presentó querellas; tampoco lo vieron los nueve jueces de la Corte Suprema, cinco de ellos conservadores, de los cuales tres fueron elegidos personalmente por el presidente, quien creyó ingenuamente que le debían devolverle el favor; y finalmente no vieron fraude los miembros del Colegio Electoral, que el lunes eligieron al demócrata Joe Biden como ganador oficial de las elecciones del pasado 3 de noviembre.

Ni siquiera su más fiel escudero, el fiscal general de EU, William Barr, ha sido capaz de ver fraude y se negó a presentar una querella, aunque este único gesto que le honra, después de tantas veces que protegió a Trump, hasta rayar en lo ilegal, le vaya a costar el cargo que tendrá que dejar el 23 de diciembre, para que, como dijo con sorna el presidente, “disfrute de la Navidad en familia”.

Aunque le tuvo que doler en el alma al más poderoso republicano en el Congreso, el veterano líder del Senado, Mitch McConnell, hizo ayer lo que tenía que hacer, que fue bajarse del burro, pararse y decirle a Trump que él ya no podía seguir en esa aventura absurda y que la batalla terminó, en el mismo instante en que el Colegio Electoral levantó el brazo de vencedor a Biden.

Sin embargo, cegado por eso orgullo narcisista que perturba su mente —como fue diagnosticado por su propia sobrina, la psicóloga Mary Trump, en un libro sobre su familia—, el presidente saliente de EU se ha vuelto a levantar y se prepara para la batalla final el próximo seis de enero, cuando los congresistas de las dos cámaras se reúnan para ratificar el triunfo de Biden, o para discutir y votar quién debe ser presidente, en caso de que algún legislador ejerza su derecho a disentir del resultado oficial.

En previsión de que este nuevo absurdo ocurra, como ya han sugerido que harán congresistas muy radicalizados, como Mike Kelly o Mo Brooks, el líder del Senado dijo tras reconocer la victoria de Biden que había telefoneado a algunos correligionarios para que desistan de negar la realidad.

No sabemos si la “caída del burro” de McConnell fue sólo porque “el Colegio Electoral ha hablado”, como dijo ayer, o es también una estrategia electoral, para salvar la mayoría republicana en el Senado -y de paso su propio cargo-, teniendo en cuenta que, el 5 de enero hay segunda vuelta en Georgia para elegir dos senadores.

No parece probable que los republicanos David Perdue y Kelly Loeffler vayan a perder sus escaños y pongan en peligro la exigua mayoría republicana en el Senado. Pero, si esto ocurriera, si los demócratas logran aprovechar el periodo de gracia que los ciudadanos suelen otorgar a los presidentes electos y toman también el control de la Cámara alta, el presidente Trump tendría que enfrentarse a su peor pesadilla: admitir que es un perdedor, pero no uno que lo hace con la dignidad que lo hizo el Quijote en su lecho de muerte, sino como un peligroso fanático herido, que se pasará los próximos cuatro años envenenando la mente de los estadunidenses.

Este será uno de los mayores retos de Joe Biden durante su presidencia: evitar que Donald Trump —con la ayuda impagable de las redes sociales— siga haciendo más daño a un país, que ya sabe lo que es embarcarse en una sangrienta guerra civil.

fransink@outlook.com
 

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