Opinión


Una poeta de vuelo singular

Una poeta de vuelo singular | La Crónica de Hoy

El próximo 12 de abril Dolores Castro cumplirá 98 años de vida y con este motivo varias universidades, dependencias de gobierno y agrupaciones civiles se han unido para rendirle un homenaje nacional, cuyo objetivo central es que se difunda y se lea su obra lírica, pues se trata del reconocimiento a una de las voces más importantes de la poesía femenina del siglo XX y quizá la mejor en estas primeras dos décadas del presente centenario.
Dolores Castro (Aguascalientes, 1923) perteneció a la generación de los cincuenta, o del Medio Siglo, según ha establecido la crítica. En este periodo, las letras mexicanas lograron resonancia internacional, debido a que una gran nómina de escritores de diversas latitudes del país escribió y difundió lo creado, valiéndose de revistas, colecciones de libros y diversas actividades de promoción cultural.
Al diversificarse las oportunidades de difusión, se incrementaron los grupos de autores que se congregaban en virtud de sus afinidades estéticas y de las acciones futuras que pudieran emprender juntos. Fue el caso de la tertulia que reunió “merced al milagro de la amistad” a los Ocho poetas mexicanos, —título que heredó el grupo de la antología aparecida en 1955— entre cuyos integrantes se encontraban Dolores Castro, Rosario Castellanos y Efrén Hernández, por citar sólo tres nombres. Dichos poetas habían compartido páginas en la hoy célebre revista América, donde también participaron Juan Rulfo, Juan José Arreola y Emilio Carballido, entre muchos otros.
Como sabemos, —y haciendo una paráfrasis muy libre de don Quijote— en la literatura son muchos los caminos por los que Dios lleva a sus hijos al reconocimiento. A unos les da la oportunidad de ser publicados de inmediato y a otros les otorga los beneficios del tiempo. Por ejemplo, Efrén Hernández (1904-1958) ha sido recordado por su trabajo como prosista y difusor cultural —y menos por su obra lírica—, mientras que Rosario Castellanos (1925-1974) se convirtió rápidamente en un mito nacional, gracias a una obra y una vida extraordinarias. 
Frente a estos dos personajes, la creación de Dolores Castro tiene un lugar muy especial. Fue amiga de ambos autores y de ellos recibió los primeros comentarios críticos —muy elogiosos, por cierto—, aunque los estilos de los tres poetas son muy diferentes. Estas diferencias, para el caso de Dolores Castro la llevan a escribir una poesía plena de austeridad verbal y de contención lírica. En sus poemas no hay concesiones a la grandilocuencia, a la anécdota, al discurso vacío.
En sus textos, se advierte la concreción del instante que se perpetúa en una imagen que transfiere al poema la noción del tiempo vertical, mítico, donde la expresión poética trasciende la mera ensoñación para convertirse en un discurso del ser: “Breve es el paso/ del que tiene que pasar./ Piso con leve pisada/ por no romper el silencio/ donde duerme la eternidad.”
Así, la concreción verbal va acompañada de la brevedad y la intensidad, y la combinación de estas dos vertientes dan vida a una obra que se decanta y depura; que se estiliza y añeja en el ejercicio del vivir cotidiano bajo la ráfaga del tiempo, el cual tiende a reducirse, a autorreferirse, a iluminarse y a mostrarse en destellos, a través de un juego de espejos que va labrando, con luz pura, una poética genuina y universal.
¿Cuáles son las pautas de la poética de Dolores Castro? En primer lugar, destaca en ella la conciencia del lenguaje como instrumento de comunicación, y comunión, con el otro. El lenguaje es el más preciado de los dones del mago simbolista y del poeta, porque con él concita la obra, el entramado verbal que deviene ritmo, sonido y sentido, como testimonio y evocación del universo. 
Unida a la conciencia del lenguaje aparece la reflexión sobre la escritura en una especie de obsesión de la poeta por evitar las concesiones fáciles, las imágenes relucientes y los adjetivos sonoros, propios de la pedrería modernista. Para muestra, léase este poema: “Cómo arden, arden/ mientras van a morir empavesadas/ las palabras./ Leñosas o verdes palabras./ Bajo su toca negra se enjaezan/ con los mil tonos de la lumbre./ Y yo las lanzo a su destino;/ en su rescoldo brillen.”
De este modo, el oficio de la autora consiste en imprimir grandes emociones con el menor número de palabras, las cuales arraigan en la vida ordinaria de la voz lírica y del lector; ya que su poesía, como escribiera Manuel Andrade, “tiene un pie en el infinito y otro en la calle.” Esta polaridad transfiere a sus poemas una calidad sorpresiva, pues nos muestra la realidad de los referentes (llámense objetos) “desrealizados” o desautomatizados o, dicho llanamente, con una perspectiva que nos hace ver la novedad en lo cotidiano; y, de acuerdo con Víctor Shklovski, esta es la tarea fundamental del arte.
En el ámbito de la poesía mexicana, la obra de Dolores Castro se erige como un hecho singular por la fuerza de su expresión. En realidad, son pocas las poetas que han creado un estilo ajeno al desgarrón emocional, que lo mismo remite al reproche que a la queja y el llanto. Ese ha sido el peor vicio de la lírica femenina hasta tiempos muy recientes. Se ha confundido, de algún modo, el diván o el paño de lágrimas, como medios de consuelo, con la escritura. Ante este frenesí, la obra de Dolores Castro se nos aparece como un trabajo riguroso, basado en el oficio del orfebre, cuyas fuentes parecieran estar fuera del ámbito nacional y más próximas a Emily Dickinson y los simbolistas franceses, sin descontar sus lecturas de narrativa literaria, filosofía y ensayo. 
Dolores Castro, a sus 98 años, ha logrado no solamente mantener la lucidez y la conciencia del “dulce dolor de estar viviendo”, su trayectoria es una revelación de amor, poesía y sabiduría. Todo ello es testimonio de un saber y, sobre todo de una práctica, como lo deseara el filósofo Edgar Morin, para remontar los enconos y las tragedias de este siglo posmoderno. 
 

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