Opinión


Usos y abusos de la memoria, el olvido y el perdón

Usos y abusos de la memoria, el olvido y el perdón | La Crónica de Hoy

AQUÍ, LOS HECHOS.

Pasado mañana cumple 500 años la Villa Rica de la Vera Cruz, cerquita de lo que hoy es el puerto, en un territorio que los nativos conocían como Chalchicuecan (una playa turística el día de hoy). Fue fundada por quienes —un mes antes— habían desembarcado al otro lado  del Grijalva, en Tabasco. Hablo de Hernán Cortés y su contingente de corsarios.

Lo que siguió es la cámara rápida de eso que conocemos como “La Conquista de México”. Enviado desde y por el gobernador de Cuba, Cortés sabe de la existencia de un gran imperio a gran distancia del Golfo y comienza su aventura con una lenta labor de persuasión, tratando de ganarse el favor y la simpatía de las poblaciones por donde su marcha avanza. Allí y donde no lo logra, les hace la guerra como a los tozudos tlaxcaltecas quienes, al cabo, acabarían siendo aliados invaluables (todos los datos recogidos aquí, son tomados de la gran obra del historiador José Luis Martínez, Hernán Cortés, FCE-UNAM, 1997). 

Ha llegado al altiplano y después de perpetrar una matanza espantosa en Cholula, arriba por fin a Tenochtitlán, alrededor de noviembre de aquel año. Encuentra a Moctezuma, un emperador hospitalario, quien lo recibe de buenas, con asombro, por táctica real y con miedo. Pero los españoles no pierden el tiempo y lo toman como prisionero. En esas estaba cuando Cortés se entera que desde Cuba han enviado una expedición oficial para relevarlo y apresarlo por desacato. No se aflige y regresa a Cempoala para enfrentar a sus excompañeros, en mayo de 1520, a quienes vence con relativa facilidad. Pero recibe malas noticias del frente principal: en Tenochtitlán hay una revuelta porque el capitán que había dejado a cargo, tuvo la puntada de matar a un grupo de mexicas en medio de uno de sus festejos religiosos del Templo Mayor. Los pobladores arden en cólera. Había comenzado la guerra con el Imperio Azteca.    

Cortés logra regresar y reunirse con los suyos, pero el 30 de junio de 1519 sufre su peor derrota militar (la Noche Triste). Mientras tanto, un inesperado ejército —insidioso,  invisible y al cabo invencible de gérmenes y virus— hace su trabajo y diezma por millares a la población de Tenochtitlán. Cuitláhuac, comandante del ejército y sucesor de Moctezuma, sucumbe “de viruelas”. En cambio, los tlaxcaltecas brindan todo el apoyo a los españoles y luego de planificar una nueva estrategia basada en pequeños veleros (bergantines) vencen la resistencia del nuevo emperador, Cuauhtémoc, para que Tenochtitlán caiga rendida luego de dos años de resistir como pudo.      

 

PIDAN PERDÓN ESAS BACTERIAS Y ESOS VIRUS.

Vale la pena apuntar algo más sobre los bichos, pues para mí, las estimaciones modernas de la población precolombina debieran ser asunto de primera plana.

Según Charles Mann (1491: una nueva historia de las Américas antes de Colón, Taurus, 2006), a finales del siglo XV, la población de la meseta central de México alcanzó los 25.2 millones de habitantes. España y Portugal (poderosos imperios entonces) no llegaban a diez y ni siquiera China o la India llegaban a tanta población por kilómetro cuadrado.  

El hundimiento demográfico de esa zona ocurrió entre en el siglo XVI; según otros cálculos (Borah y Cook) ya para 1625 apenas llegaba a los 730 mil habitantes, todo un castigo bíblico, una caída de casi 97 por ciento de los habitantes originales; esto quiere decir que nuestra región no recuperó la población precolombina sino hasta ¡los años setenta del siglo XX!

Es menos épico y de menor utilidad política, pero fue real y debiera formar parte de la revisión histórica de América. Los conquistadores hicieron todo lo posible por someter a aquellos pueblos, pero sus enfermedades iban por delante, más poderosas que mil mosquetones, de tal manera que la Conquista significó —sin quererlo— “la mayor destrucción de vidas en la historia del ser humano” (p. 137).

 

USOS Y ABUSOS DEL PERDÓN.

La historia del globo está zurcida de conquistas, victorias y derrotas, colonizaciones y descubrimientos de “los otros” y la mayor parte ha terminado en salvajadas. De modo que en todas partes —con buenas, malas o peores intenciones— la disyuntiva se abre: “utilizar la historia para entendernos a nosotros mismos, usarla para entender a otros, o usarla para resucitar fantasmas, inventar tensiones y encontrar causas que en realidad, ya no son nuestras” Margaret MacMillan: Dangerous Games. The Uses and Abuses of History. Modern Library, 2009.

En ese libro se decanta una aguda recopilación de errores, disparates y manipulaciones de la idea de la memoria y el perdón. Y no deja mucho espacio para el optimismo en nuestra especie, vengas de donde vengas y reivindiques o abjures del episodio histórico que quieras. Vean si no.

Aún hoy, los serbios extremistas siguen obsesionados por una difusa derrota militar ¡de 1389! muy útil para justificar su atroz persecución desplegada el siglo pasado, contra los bosnios musulmanes cuya culpa permanece intacta, supongo, desde el siglo XIV y cuyo pecado fue apoyar a los turcos en su cruenta incursión balcánica. El odio nunca muere.

Los soviéticos —con humor— lo sabían muy bien: un radioescucha telefonea a la Radio Erevan, de Armenia, para cuestionar a un ingeniero ruso si los avances científicos del comunismo permiten predecir el futuro: “Sí, no hay problema: sabemos exactamente cómo será el futuro”, responde, “…nuestro problema es el pasado, que siempre está cambiando”. (Tony Judt, Posguerra, Taurus, 2006).

Enarbolar la idea de la memoria, el olvido o el perdón no es un juego, al contrario: “es una de las palancas más potentes para inflamar resentimientos e infectar identidades”, dice MacMillan.

Para los más cínicos lo que quisieran tener enfrente es una sociedad sin memoria, sin recuerdos, cuya política es la declaración o el espectáculo del día, aquella que es capaz de purificar a quien convenga no importa que hayan hecho.

Para los dogmáticos, los que sostienen verdades eternas, conviene petrificar a la sociedad en el recuerdo, evocando las hazañas o las calamidades que ocurrieron ayer... o hace siglos. El futuro no llegará nunca si no hacemos cuentas una por una, detalladamente, con todo lo que ocurrió.

La política se desarrolla así: “entre la memoria del mal ocurrido y la tentación del bien que no se conoce, ni sabe a donde nos conduce” (Todorov). Siempre es un problema: ninguna sociedad es capaz de vivir sin memoria, aunque ciertamente ninguna puede sobrevivir merced a sus puros recuerdos, mucho menos nutriéndose de sus agravios. La construcción del futuro es un dilema que gira entre la memoria y el olvido, las dosis de una y del otro, sus tensiones y sus pactos.   

Por su propia naturaleza, vuelvo a Todorov, la justicia (el perdón) tiene un marco de actuación limitado: se fundamenta en pruebas materiales adquiridas respetando ciertos protocolos e intenta verificar los hechos concretos, con testimonios tan frágiles como los de la observación y el recuerdo de testigos. ¿Quién podrá hacer justicia, en el sentido estricto de la palabra, al cabo de cinco siglos, cuando todos los testigos de una época han desaparecido, las comunidades herederas son otras e incluso los territorios y escenarios del drama han cambiado para siempre?

El trabajo corresponde a los historiadores. ¿Quiénes somos nosotros, comentaristas contemporáneos, gobierno, legisladores, funcionarios, etcétera, para constituirnos en ministerio de una reconciliación que —a decir por acontecimientos históricamente más recientes (como la inmigración española durante la Guerra)— ni siquiera hace falta?

Respondo: por narcisismo, por victimismo delegado, por nuestras pócimas políticas tejidas con el sufrimiento de otros, aquellos quienes existieron hace medio milenio.

En cambio, la obligación que sí es nuestra, la ejercemos con un bostezo: comprender seriamente, sin prejuicios, las múltiples andanzas y tragedias que vivieron aquellos que escenificaron el encuentro y el shock cultural más espectacular de la historia. Ante el tamaño y el cúmulo de circunstancias que conocemos como la Conquista, ¿quién es esta generación para poder juzgar y por ende, para exigir perdón?

No olvidemos. Pero echando mano de una memoria útil para actuar (por ejemplo, para que España sea aún más, nuestro principal aliado en Europa y frente a la locura que nos amenaza todos los días del norte).

Los partidarios de la historia psicotrópica, dice MacMillan, “han inventado la moda de exigir perdón por abusos ocurridos hace siglos como si estuviera en nuestra mano alterar el pasado”, o como si en verdad sirviera de algo, digo yo.

La leyenda de las comunidades ancestrales, de los pueblos originarios, que se han mantenido incólumes y estoicos desde el fin de la Edad Media y que han sufrido sin doblegarse la opresión de naciones enemigas (que ya no existen), son propaladas de vez en vez, por los creadores de patrias instantáneas. Muy a menudo, se trata de hechiceros que después del jolgorio no saben qué hacer con las potencias infernales que ellos mismos han desatado con sus conjuros.

Pero ya han empezado las efemérides de 500 años.

Ojalá no se vuelva el pretexto para una nueva arena de encono, separación y de discordia, ahora también internacional. Puede ser, en cambio, un instrumento para la mejor política, utilizarla con provecho para afirmar nuestro lugar en el mundo y como quería Plutarco, para insistir y “quitarle al odio, su carácter de eterno”. 

 

Twitter: @ricbecverdadero
ricbec65@gmail.com

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