Opinión


¡Valientes, claro que sí!

¡Valientes, claro que sí!  | La Crónica de Hoy

Merecen consideración y respeto quienes arriesgan su vida en aras de ideas que les son caras y éste es el caso de los guerrilleros que en 1973 intentaron secuestrar a Eugenio Garza Sada, acción en que murieron el empresario y su chofer y dos integrantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

Es, también, la situación de centenares de jóvenes —¡valientes, claro que sí!—que entre los 60 y 70 del siglo pasado nutrieron las filas de organizaciones y movimientos guerrilleros, muchos de los cuales pagaron con la vida o  con cárcel, torturas y desapariciones, su desafío al establecimiento.

Sin el menor afán de hacer apología de la violencia, vale mencionar, tan sólo por citar a unos cuantos, a los desaparecidos Ignacio Salas Obregón —fundador de la Liga— y Jesús Piedra Ibarra, además de Anselmo Herrera y Javier Rodríguez, abatidos éstos en el lance contra el dueño de la cervecería Cuauhtémoc.

A José Luis Sierra  Villarreal, torturado y acusado de sedición y asalto a mano armada, sentenciado a 25 años de prisión y amnistiado al cabo de siete años, durante el gobierno de José López Portillo. Cónyuge de quien, asimismo, debido a su relación marital, sufrió asedio policiaco, y años después se convertiría en gobernadora de Yucatán y dirigente nacional del priismo, Dulce María Sauri Riancho.

Y a Rosa Albina Garavito, a quien una bala le entró por la espalda y le destrozó partes de un pulmón, el bazo y el intestino grueso, y al paso del tiempo fue diputada y senadora por el PRD, respetada y admirada aun por muchos de quienes por estos días vociferan y tildan de asesinos a los frustrados secuestradores del empresario regiomontano.

O, Jesús Zambrano Grijalva, El tragabalas, integrante de la Liga, preso durante dos años, y más tarde legislador y líder nacional del PRD, a quien la clase política le reconoció sensatez y patriotismo por su contribución al Pacto por México, que hizo factibles las reformas estructurales tan celebradas por el anterior régimen.

Sin omitir a quienes, procedentes de diversas guerrillas y grupos radicales nacionales y extranjeros, responsables directos o indirectos de delitos —invasiones de tierras, robos a bancos, secuestros, coches-bomba, enfrentamientos con las Fuerzas Armadas—, se incorporaron a diferentes partidos y puestos de gobierno.

Fueron estos los casos de Hugo Andrés Araujo y Alberto Anaya, en tiempos de Carlos Salinas de Gortari; Adolfo Orive, en el sexenio de Ernesto Zedillo, y Rubén Aguilar, vocero e intérprete de lo que un Vicente Fox negado para verbalizar con corrección sus ideas quiso decir…

Se puede estar de acuerdo o no con el ideario y la determinación de quienes deciden empuñar las armas para tratar de propiciar cambios en la sociedad; pero lo que no se puede hacer, sin caer en la ruindad, es soslayar que son valientes hasta la temeridad.

O, por contra, ¿alguien con sentido común cree que se puede ser un cobarde e intentar derrocar a balazos y riesgo de la propia vida cualquier gobierno?

¿Les faltó valor a los miembros del Partido de los Pobres, de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas; a Rubén Jaramillo, a los autores del ataque al cuartel Madera y al subcomandante Marcos y los militantes del EZLN o el EPR, señalados de vulgares delincuentes y de haber incurrido en una estupidez destinada al fracaso por quienes prefirieron ver los toros desde la barrera?

Para no hablar de Francisco Villa y Emiliano Zapata, en su momento considerados gavilleros y robavacas…

Da grima, por todo ello, el debate pueril y la alharaca suscitada por el adjetivo “valiente”, empleado por Pedro Salmerón para referirse a guerrilleros, en un texto atacado de modo furibundo por la derecha más recalcitrante, dirigentes empresariales como Gustavo de Hoyos y Carlos Salazar, y por políticos de todo pelaje, en especial neoleoneses.

Un texto deplorablemente considerado inoportuno hasta por el Presidente López Obrador  —“no se debe dar ningún motivo para la confrontación y, por el contrario, ser respetuosos”— y precariamente defendido por su autor, a quien incluso correligionarios suyos —los despistados diputados locales Marco González, Melchor Heredia, Celia Alonso y Beatriz de los Santos— declararon non grato.

Si es imposible regatearles valentía a quienes arriesgan su pellejo, tampoco se puede negar, sin conspirar contra la ley, que en el propósito de consumar sus objetivos los guerrilleros suelen incurrir en delitos que —a decir de estudiosos del derecho— individualmente caen en la esfera del orden común, pero, en la circunstancia de que se trata, se inscriben en el concepto de delitos políticos.

Según destacados juristas, una de las diferencias entre delitos comunes y delitos políticos estriba en que estos, a diferencia de aquellos, tienen como atenuante la presunción de la nobleza de fines. Tal como lo reconoce, desde hace más de 200 años, el derecho penal internacional que rige para efectos de aceptación o rechazo de la extradición.

Se necesita ignorar que México ha sido casa de asilo de guerrilleros y luchadores sociales, así como suelo de negociaciones de paz —en el Castillo de Chapultepec o La Trinidad, Tlaxcala— y promotor de mecanismos como el Grupo Contadora para desactivar conflictos armados, sobre todo latinoamericanos, para desconocer la naturaleza de los grupos insurgentes.

Nuestro país dio refugio a republicanos españoles y después a las huestes de Fidel Castro, los tupamaros del Uruguay, el nicaragüense Frente Sandinista, el salvadoreño Farabundo Martí y el MIR chileno, sin omitir a las colombianas FARC.

Líderes de todas estas organizaciones fueron protegidos por México, en particular  bajo los gobiernos de Lázaro Cárdenas, Luis Echeverría y Carlos Salinas de Gortari. Mandatario, este último, cercano a los revolucionarios cubanos, que suele ser invitado de honor en efemérides de la firma de paz de El Salvador, en 1992, y a quien el conspicuo sandinista Tomás Borge le escribió una laudatoria biografía (Salinas, los dilemas de la modernidad).

Aun los panistas Fox y Felipe Calderón han cohonestado, o al menos cerrado los ojos ante delitos políticos cometidos por quienes se alzan en armas.

No se entienden de otro modo —por ejemplo— las visitas que realizaron en 2001, 2004, 2007, 2008 y 2009 a El Salvador, ya sin guerra civil, y a la Nicaragua gobernada por quienes sólo unos tiempos antes echaban plomo en las montañas para tumbar a Somoza.

Es lamentable la actitud de la oposición, que con maniqueísmo distorsionó el sentido del texto de Salmerón y atizó un escándalo que en nada contribuye a la conciliación, y sí, en cambio, a recrudecer las discrepancias.

Inadmisible manipuleo que, en el colmo del desatino, tornó el texto referido en un estruendoso tiro por la culata, pues reeditó la imagen de Garza Sada como emblema de la derecha, impulsor de sindicatos blancos y hasta simpatizante del fascismo. Duro.

 

 

aureramos@cronica.com.mx

 

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