Opinión


Violencia y olvido: el norte y el sur

Violencia y olvido: el norte y el sur | La Crónica de Hoy

El Colegio Cervantes en Torreón.

Dudo que pocos desconozcan esta lamentable historia, una más con las que México le da la vuelta al mundo. Pero va un breve recuento. Un niño de un colegio privado de Torreón le pide permiso a su maestra para ir al sanitario, tras una ausencia de quince minutos la profesora se excusa con el grupo y se dirige a ver si todo está en orden. Por desgracia no es así. Su pupilo le dispara a ella y a varios compañeros. Tras darle muerte a su mentora, a otro estudiante, y herir a varios más, se suicida. Es triste reconocerlo, pero ya no cuesta tanto trabajo creerlo porque la normalización de la violencia sentó sus reales en nuestra psique y en nuestra sociedad.

Por cuanto toca a la información no hay resguardo posible. Muchos de nosotros nos limitamos, en el mejor de los casos, a intercambiar opiniones durante episodios de indignación pasajera, a propósito de las “novedades” que se cometen en una sociedad violenta y de hondas raíces machistas que está formando generaciones de jóvenes ­desorientados desde la niñez.

Todos tuvimos compañeros que hablaban con fascinación de armas, de rifles disparados por ellos o por sus padres en prácticas de tiro en ranchos propios o ajenos, las pistolas y pertrechos de juguete siguen marcando los estereotipos de los juegos para “hombrecitos”, aunque hay mujeres bravas —y nuestra cinematografía nacional tiene buenos ejemplos—, diestras para cabalgar y disparar al galope. Ese pasado violento es visible en muchas conversaciones que desnudan intenciones que, como lo revelan las noticias y los comentarios en redes sociales, no siempre se quedan en la barbajanería aspiracionista.

No soy psicólogo para diagnosticar qué pudo orillar a ese niño lagunero a disparar contra su maestra y compañeros con armas de fuego, una de ellas calibre 40 que, según algunos conocedores, demanda un alto grado de entrenamiento para usarla con la misma destreza con la que muchos jugadores virtuales manejan los controles de una consola de videojuego, pero estoy cierto que pronto olvidaremos este episodio. Enfermizos bancos de niebla dejarán un rastro endeble, para darle paso a otros episodios igualmente espeluznantes.

Si le diéramos crédito a la explicación del gobernador del estado de Coahuila, habría un muerto en cada esquina a manos de un niño o un adolescente ludópata. Además de que las historias de chamacos que pasan del juego a la acción delirante se encuentran muy arraigadas entre la familia política, de ahí quizá la chabacana interpretación del señor Riquelme.

Aunque se trata de una perogrullada decir que son multifactoriales las causas que dieron origen a esa tragedia, no lo es afirmar que a nivel social los factores se han multiplicado y diversificado y por eso nuestra sociedad es más violenta. El seno familiar, más allá de su conformación, está debilitado y no siempre es consecuencia de condiciones de pobreza, como lo demostró este tristísimo caso.

Después de lo sucedido, Miguel Ángel Riquelme dijo que se instrumentará de manera obligatoria el programa Mochila Segura, al que muchos padres del colegio Cervantes se opusieron. Las preguntas son obligadamente necesarias: ¿hicieron mal?, ¿serán condenados ahora porque de no haberse opuesto a la revisión es probable que nada hubiera sucedido, por lo menos dentro del plantel?

Los padres que firmaron esas cartas de rechazo ven la vida de una manera menos violenta a como la perciben quienes piensan que portar armas en la calle, revisar mochilas, prohibir videojuegos o programas de televisión evitará que se generen los sustratos para que germinen niños pistoleros.

Las relaciones sociales son cada vez más violentas porque más que “pueblo bueno” somos una sociedad muy egoísta, una sociedad que necesita luchar con todos sus recursos contra el estado de barbarie que nos acosa y, paralelamente, negociar con los otros cuidando no encender mechas que pueden “originar tragedias” a la menor provocación.

Si tuviera que decirlo en pocas palabras diría: Algo altamente combustible apesta en Dinamarca… o en Mexicalpán de las tunas.

Ácido e impunidad.

Finalizo con un caso más lamentable porque se trata de abuso de poder. Me refiero a la decisión del “Juez Federal Cuarto de Distrito en Oaxaca [que] concedió un amparo contra cualquier orden de aprehensión en perjuicio del exdiputado y empresario Juan Antonio Vera Carrizal, señalado como autor intelectual del ataque con ácido sulfúrico contra la saxofonista mixteca María Elena Ríos Ortiz.” (El Heraldo de México).

Aquí están presentes muchos de esos factores contra los que debemos luchar más allá de cualquier diferencia ideológica porque están implicados nuestra seguridad, el machismo, la todavía frágil condición de acceso a la justicia para quien no tiene el dinero suficiente y las redes de complicidad del poder político. Lo que le hicieron a esta muchacha es ruin y la impunidad con la que se le concedió el amparo al “presunto” autor intelectual es un átomo más de ese combustible que arde por todas partes.

 

Twitter: @dgfuentess

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