Opinión


Voto, luego exijo

Voto, luego exijo | La Crónica de Hoy

Del grupo de mis amigos a los que me vincula una complicidad añeja y una identidad generacional común, Carlos González Martínez es quien ha destinado más tiempo, energía y esmero profesional en la construcción de la democracia mexicana tal y como hoy la conocemos. Lo ha hecho, muy destacadamente, desde las instituciones electorales del país —su último cargo público fue el de consejero del Instituto Electoral de la Ciudad de México— pero también desde la academia, y mas recientemente desde la gestión independiente, como un consultor interesado en revitalizar el sentido de ciudadanía y de participación social que demanda un sistema político como el nuestro, dominado en extremo por las dinámicas partidistas y electorales. Como fundador y presidente del Instituto para la Democracia de Proximidad ha puesto en el centro de sus preocupaciones la creación de vasos comunicantes efectivos, entre la política y la sociedad.

Cuando pienso en su trayectoria pública, en sus afanes e impulsos, siempre regreso a una escena de principios de julio de 1988, que acabó siendo el momento emblemático que nos definió y nos cohesionó como una generación que encontró en la demanda de la transición democrática una bandera de identidad. No la Revolución y el asalto súbito al palacio del poder —que fue, en efecto, el primer impulso juvenil del que abrevamos— sino la democracia como hazaña civilizatoria, como espacio libertario, tolerante y plural.

La escena referida tuvo lugar en la casona de Bucareli, sede de la Secretaría de Gobernación y del Consejo Electoral —no independiente, no ciudadano— que habría de calificar las elecciones de 1988, saturadas de irregularidades, de inequidades, y de lo que parecía entonces como la sombra ominosa de un fraude electoral mayúsculo. En los meses previos, durante la campaña electoral —en las que nos decantamos entusiasmados por la alternativa de cambio que representaba Cuauhtémoc Cárdenas y el Frente Democrático Nacional— habíamos creado un movimiento juvenil en defensa del voto, al que se sumaron acaso un par de centenares de estudiantes y de jóvenes que su mayor parte proveían de las organizaciones de la izquierda mexicana, entonces atomizada en toda suerte de siglas y corrientes.

Organizados en brigadas, el seis de julio —día de la elección— nos dimos a la tarea de recorrer en calidad de observadores —tal figura no se había incorporado aún al vocabulario de nuestros procesos electorales— algunas de las casillas electorales del Distrito Federal y del Estado de México, con el afán de documentar lo que nos parecía un desenlace previsible: el carrusel de trampas y mañas, tanto en el ejercicio como en el conteo de los votos, con el que se habría de cocinar el fraude. Con toda aquella información —recabada, a decir verdad, con más imaginación que evidencias— redactamos un manifiesto que publicamos en La Jornada y buscamos también el momento propicio para “darlo a conocer a la Nación”.

Ese momento llegó el día que comenzaba la calificación de los comicios cuestionados tras la célebre “caída del sistema”. Ocurrió que logramos colarnos a la sesión de Bucareli donde se encontraban los representantes de los partidos, una gran cantidad de periodistas de México y el extranjero —entre ellos Jacobo Zabludovsky que transmitía en vivo para Televisa— y el Secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, que presidía la escena. Carlos González —entonces tendría 23 años—fue el encargado de dar a conocer nuestro manifiesto. Y ahí, de pronto, ante la sorpresa de todos, se encaramó en una silla y sin más ayuda que su voz se arrancó con la lectura y logró llamar la atención de los medios, hasta que minutos después nos sacaron a empujones de la sesión. Carlos ha pasado el resto de su vida redefiniendo y moldeando aquel arrebato cívico desde un lugar al que sólo puedo definir como de coherencia y de perseverancia, no la infancia —como dijera Freud— sino la juventud como destino.

Pasaron más de 30 años, y en 2019, transcurridos casi 10 meses desde que vivimos la jornada electoral considerada la más grande en la historia de México, Carlos González se dio a la tarea de coordinar un volumen colectivo que se orienta precisamente a reflexionar y proponer escenarios tras ese momento estelar, revulsivo, sin precedentes, cargado de novedades y esperanzas —pero también de riesgos para nuestra democracia—que fueron las pasadas elecciones federales.

Con el título Voto, luego exijo, este libro —con el que se estrena el sello editorial “ilyo”, que encabeza la joven emprendedora Claudia Guzmán— reúne a 14 autores — algunos de ellos protagonistas de la historia reciente de nuestra democracia y expertos acreditados en temas de política electoral— que esbozan una suerte de paisajes escépticos después de la batalla. ¿Qué cambió, qué se consolidó, qué se puso en riesgo tras los resultados del pasado mes de julio? ¿Qué sigue tras la pasada fiesta democrática y tras la resaca que también nos ha dejado?

En el ensayo que abre el libro Carlos González propone la imagen de un Tsunami democrático para explicar lo ocurrido. Frente a una democracia hasta hace muy poco desacreditada y cuestionada —así lo comprobaban los indicadores mexicanos del Latinobarómetro de 2016— y una ciudadanía que se fue retirando —como se retira el mar de la costa en la antesala de un Tsunami— de la plaza pública con desgano y desconfianza hacia la política y los políticos, vino la elección de julio como una ola gigantesca que todo lo trastocó.

“Frente a este fenómeno —escribe— las buenas noticias son dos: 1) que el Tsunami ciudadano no fue destructivo, sino potencialmente constructivo y 2) que dichas posibilidades constructivas dependen de la fuerza que tenga para cambiar al sistema político la incipiente y errática ciudadanía que le dio forma y potencia”.

Los textos, entre otros, de Jaqueline Peschard, Pedro Aguirre, Leonardo Curzio, José Buendía, Jorge Javier Romero, María del Carmen Alanís y Ricardo Becerra —compañero de estas páginas— abonan en el mismo sentido.

Becerra, quien cierra el volumen, nos dice: “las condiciones democráticas ya estaban allí, listas, probadas y funcionando. Lo alucinante, lo que sigue siendo un despropósito de nuestra discusión pública, incluso intelectual, y de nuestra cultural política es que no quisiera reconocerse que el primero de julio las condiciones de la democracia ya estaban allí”.

Otras voces —nuevas para mí pero alentadoras— como la de Ivabelle Arroyo, repasa la breve historia de Morena como el nuevo actor hegemónico en el teatro de nuestra democracia: “Morena quiere dominar el mar. Aunque no es un partido único, ya es predominante, y el escenario que construye es el de un partido mayoritario con influencia determinante, centralizadora y con agregación articulada de posturas políticas distintas. Toda la oposición cabe ahí, sin distingos ideológicos, pero el rumbo lo maneja un grupo cerrado. ¿Les suena familiar? Le decíamos PRI, pero se llama partido hegemónico”.

El politólogo mexicano Nicolás Loza, otro miembro afanoso de mi generación, escribió el texto de la contraportada. El libro ya está en librerías, vale la pena adquirirlo.

 


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@edgardobermejo

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