Opinión


Xalapa, ciudad progresista y pionera

Xalapa, ciudad progresista y pionera | La Crónica de Hoy

Por Miguel Rubio Godoy

Xalapa, capital de Veracruz, históricamente ha sido una ciudad progresista y pionera. Aquí, se dio la primera edición mexicana de García Márquez. Aquí, hace décadas, diversas organizaciones civiles se organizaron para proteger el maravilloso bosque de niebla que rodea la ciudad, nos regala un clima agradable y nos da el agua que bebemos. Aquí se ideó la figura de Reserva en Archipiélago para proteger las islas supervivientes de bosques y selvas alrededor de la ciudad, inmersas en un mar de concreto y campos agrícolas.

Aquí, se decretó el primer ordenamiento ecológico territorial regional, que no sólo contempla los confines legales de la ciudad, sino que considera el área de influencia ecológica y económica que ésta requiere para su viabilidad e incluye los 10 municipios vecinos.

En Xalapa, Morena ganó en las urnas la primera presidencia municipal de una ciudad capital. Aquí, el cabildo capitalino prohibió el comercio y utilización de plásticos desechables de un solo uso. Aquí, desde hace años se forjó la virtuosa y tan elusiva triple hélice de la academia, la sociedad civil y el gobierno, unidos en la convicción de que en Veracruz no queremos que se asiente la minería voraz que tanto ha lastimado otras partes del país.

Invitada la sociedad a proponer ideas para enriquecer el quehacer de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales para el periodo 2019-2024, me atrevo a sugerir que se repliquen a mayor escala algunas de las exitosas experiencias que vieron la luz en Xalapa.

Es necesario ordenar el uso que le damos al territorio nacional –y hacerlo con la convicción de que en ello nos va el destino del país: hay datos que cuantifican la degradación que ha sufrido el entorno por las actividades del ser humano; que explican y también avizoran la emergencia medioambiental que aqueja o se cierne sobre diferentes regiones de México; que informan la selección de las regiones cuya conservación y restauración son más urgentes.

Requerimos un ordenamiento territorial que tienda al necesario equilibrio entre las necesidades humanas y los límites biofísicos del planeta que sustentan la vida; que contemple los drásticos cambios de uso del paisaje sugeridos por el reciente informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC) que incluyen la necesidad de reducir a la mitad el consumo de carnes rojas y productos lácteos, duplicar el cultivo y consumo de verduras, frutas y semillas o cereales, conservar el suelo agrícola y reforestar… aparte de disminuir real y consistentemente la emisión de gases de efecto invernadero.

Una vez decretado el ordenamiento, es necesario que se difunda y se cumpla. Lo que implica contar con la procuraduría ambiental federal y estatal con suficiencia personal, material y presupuestal para operar; y con la convicción y la fuerza legal para hacerlo. Vamos, que haya voluntad política para que se cumpla la ley y con ello funcionen los instrumentos legales.

La Constitución consagra el derecho de acceso de todos los mexicanos al agua suficiente y limpia. Alcanzar el pleno goce de este derecho debiera ser el hilo conductor de la actuación de la Comisión Nacional del Agua; así como tomar las medidas necesarias para que los cuerpos de agua del país no se conviertan en cloacas a su paso por los centros de población y zonas agrícolas e industriales.

Para proteger e incrementar los bosques tropicales y templados del país, sería deseable que la Comisión Nacional Forestal se acercara a las comunidades rurales e indígenas que viven en ellos y propiciaran maneras productivas de manejar los recursos naturales y al mismo tiempo, les brindaran fuentes de empleo e ingreso. Por ejemplo, Conafor y las comunidades “silvícolas” pueden aprovechar sustentablemente los recursos maderables del país para fabricar elementos para construir casas –y así apoyar la creación de vivienda digna y accesible, otra de las grandes necesidades de México.

Inmersos en una emergencia ambiental global que debemos entender como la nueva normalidad que nos toca enfrentar, Semarnat debiese trabajar de la mano con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, para promover y guiar la reconversión del campo hasta lograr algo que de entrada se antoja imposible: una mayor productividad y, al mismo tiempo, una reducción del impacto ambiental. Un ejemplo de esta utopía posible es la ganadería sustentable, que también se ha ensayado con éxito cerca de Xalapa.

Se puede producir más carne y leche en terrenos relativamente pequeños donde hay hierbas y árboles nativos, que en extensos potreros sembrados con pastos exóticos; y los árboles no sólo sirven como cercas vivas y le dan sombra y forraje al ganado, sino que también fungen como corredor biológico que permite la conexión entre los distintos fragmentos de bosque, incrementando su viabilidad ecológica. Algo parecido sucede con la cafeticultura de altura, que aprovecha la sombra de los árboles y protege parte de la vegetación original del bosque, sirve de refugio y paso entre fragmentos de floresta para infinidad de organismos –y por descontado, produce el delicioso café característico de Coatepec, Huatusco, Zongolica y Atzalan.

Esta visión “xalapeña” de procurar un equilibrio de las necesidades humanas y la conservación de la Naturaleza, involucrando la participación activa de sociedad, academia y gobierno es lo que ha hecho de nuestra capital una de las más verdes del país; y un fecundo semillero de iniciativas para resguardar la riqueza biocultural de México. Ojalá que con los nuevos vientos que soplan en el país, estas semillas lleguen a todos lados.

 

Instituto de Ecología, A.C. (INECOL)

 

 

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