Opinión


Xolo. Crónica de un milagro

Xolo. Crónica de un milagro | La Crónica de Hoy

¿Cómo se inicia la narración de un milagro? El hecho inexplicable que sólo puedo atribuirle al origen divino de mi perrito. Sucedió el sábado ante el asombro de testigos que dan fe de los acontecimientos.

Ramón, alias Vaquita, un xoloitzcuintle con pelo, que sobrevivió a un parto complicado y luego a la desaparición de su madre,  jugaba con su hermana Joaquina en la sala de mi departamento en el quinto piso. Sus ruidos me arrullaban al otro lado, en mi recámara. Dejé de escucharlos y salí. Sólo vi a Joaquina acostada en el sillón. Busqué a Ramón. La puerta estaba cerrada con seguro. No estaba. Había desaparecido.

Salí del departamento para buscarlo entre las escaleras y la parte de abajo del edificio. No entendía cómo pudo haber salido, la única forma posible de salir de un quinto piso es por la puerta, según el razonamiento más lógico que una persona atemorizada puede tener en ese momento.

Pero tampoco estaba. La puerta del edificio siempre permanece cerrada. Subí nuevamente y pedí ayuda. R salió del edificio a buscarlo. Yo subí pensando que era una pesadilla y que no me podía volver a suceder. La pérdida de su mamá sigue persiguiéndome. Su otra hermana de camada, Ricarda, fue adoptada y falleció atropellada hace unas semanas, luego de que su collar se zafara y ella se lanzara al arroyo vehicular.

R me gritó desde afuera del edificio, corrí a la ventana y un guardia de un restaurante de la esquina comenzó a hacernos señas. Volteé y él gritó con todas sus fuerzas, “¿Buscas a tu perro? ¡Se cayó por la ventana!”, dijo señalando la ventana del otro lado del departamento. Cuando gritó que se cayó por la ventana otros empleados de los restaurantes y bares aledaños salieron. Quedé atónita. Me derrumbé. Un ataque de pánico se apoderó de mí.

Me asomé a la otra ventana, con taquicardia; esperaba ver su cuerpo tendido en la acera. No había nada. Ni un pequeño rastro de él. Bajé las escaleras llorando y con la respiración entrecortada. Corrí hacía el guardia para que me dijera qué había visto.

“Mi compañero y yo vimos que algo caía de la ventana, volteamos y  la lámpara se estaba moviendo e inmediatamente  cayó el perrito en esa camioneta de Ecobici, él brincó y se echó a correr para el otro lado”.

Otros trabajadores se me acercaron y me dijeron que R había corrido hacia ese lado a buscarlo. “Mira, es él, ¿no? Creo que trae al perrito”. Corrí hacía ellos. Vaquita estaba sonriente como siempre, sacando la lengua y moviendo la cola. R estaba en shock, igual que yo.

Lo llevábamos a la veterinaria para que lo revisara. No tenía absolutamente nada. Ni una patita rota, ni una pequeña herida. Nada. Estaba completamente bien. La veterinaria sólo nos sugirió observarlo y nos advirtió que podía tener dolor muscular en un par de horas, cuando se relajara, pero si no tenía temblores, vómitos o desorientación de su parte, no había ningún tipo de problema.

La única que tuvo el dolor muscular y la desorientación fui yo después de intentar formular varias teorías para intentar explicar una caída de 15 metros y sobrevivir sin ningún rasguño.

Vaquita está bien, continúa siendo el mismo perro loco y feliz. Se sigue subiendo al sillón para ver por la ventana que ahora está clausurada. Cuento la anécdota como testigo y creyente del milagro. Agradezco que todo sucediera así por el bien de ambos.

Ahora puedo bromear con la secta para adorar al santísimo Ramón. El único requisito es no sorprenderse porque existan xolitos con pelo.

 

wengarrido@gmail.com
Twitter: @wendygarridog

Ilustración: Ryan LaBonte

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