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¿Ya dieron las 8? ¡Pónganle a la tele! Las entrañables series y los personajes de los 80

Claro que estaban las telenovelas, y las series animadas —que seguían llamándose caricaturas—, y algunos curiosos experimentos de la televisión comercial cultural. Y las eternas retransmisiones. Pero a esas presencias, algunas ya colocadas para siempre en el catálogo de favoritos nacionales, se agregaron nombres

¿Ya dieron las 8? ¡Pónganle a la tele! Las entrañables series y los personajes de los 80 | La Crónica de Hoy

Series como El Túnel del Tiempo, cuyas primeras temporadas fueron producidas en los años sesenta, se mantuvieron al aire bien entrada la década de los 80. El Hombre Increíble es uno de los íconos de la televisión ochentera. Lou Ferrigno ganó fama mundial,

En materia de entretenimiento de importación, la televisión mexicana siempre ha sido una auténtica máquina del tiempo, donde conviven figuras e historias que tienden puentes entre generaciones. El mundo de las series es, quizá, el mejor ejemplo de ello. En particular los años ochenta es un extravagante coctel que concentra los hábitos de los mexicanos no solo de aquella década, ni de la anterior, sino de veinte años atrás. La estrategia de la repetición y la retransmisión hasta donde sea posible, duró treinta años largos, y permitió que, en las preferencias de los que éramos entonces, se construyera el concepto del clásico televisivo, al tiempo que se iban incorporando novedades que, en su momento, también se quedarían en la memoria de los televidentes.

Los años 80 arrancaban alternando al indispensable género policiaco, en todos sus matices, del rudo Kojak al gordo Cannon, y lo combinaba con acierto con aquellas series de comedia donde lo mejor de la condición humana estaba a la orden del día. El mismo universo emocional que el mexicano de los ochenta podía ver concentrado en la oferta telenovelera, se dispersaba en cuando se cambiaba de canal: después de tantos sufrimientos y dilemas aspiracionales y luchas denodadas por alcanzar el amor para siempre, embarcarse en el Crucero del Amor, donde, al final, las historias de la jornada siempre terminaban bien, con una llegada al buen puerto de las esperanzas materializadas, podía parecer un alivio.

Pero si la búsqueda del amor no era lo que más emocionaba al televidente, ahí estaba Ricardo Montalbán, acompañado del diminuto actor Hervé Villechaize, es decir, el señor Rourke y Tatoo, todopoderosos operadores de La Isla de la Fantasía, para demostrar que, con una buena inversión, había un lugar, en algún punto del océano Pacífico, en el cual todos los sueños podían cumplirse, y, en una de esas, los protagonistas del capítulo en cuestión se daban cuenta de que abandonaban aquella isla paradisiaca con algo mejor que lo solicitado originalmente. El famoso grito de Tatoo, “¡¡el avióóóóón!! ¡¡el avióóóóón!!” dio para algunos chistes en el México ochentero: los chamacos de prepa lo usaron para fastidiar a algunos de sus amigos con labios prominentes, y chicos y grandes lo aplicaron como una popular extensión de la conocida forma “darle el avión” a la gente. Y aunque La isla de la Fantasía tuvo en algún momento a una tercera colaboradora, Julie, la dupla Rourke-Tatoo se volvió una presencia querida y simpática para una generación que no tenía en la memoria a Ricardo Montalbán de galán joven en el cine mexicano. A tal grado fue popular la serie, hasta mediados de la década de los 80, que los últimos capítulos —grabados hacia 1984— donde Hervé Villachaize fue sustituido por otro actor, ni siquiera figuran en la memoria mexicana. Tatoo era Tatoo, y resultó irremplazable.

Por estrafalario que parezca, ver las programaciones de televisión de aquellos días siempre tenían algo que gustara a las familias mexicanas, por la sencilla razón de que, divididos en dos canales, el 5 y el 4, se pasaba de los hits de finales de los setenta a las viejas y queridas producciones de los sesenta.

Sí: en un México donde los televisores a color ya eran más abundantes, y la disponibilidad de materiales en videocasete ampliaban el abanico para elegir cómo pasar una tarde en casa, las viejas series de color, como el inolvidable Batman de Adam West, gogó y psicodélico, Tarzán, Hechizada, el Super Agente 86 y la Familia Patridge —para aquellas que no se resignaban a que David Cassidy había dejado de ser el ídolo de las adolescentes— alternaban con La Novicia Voladora, La isla de Giligan y Mi Marciano Favorito.

Del mismo modo que esos clásicos se mantenían, otros habían desaparecido de manera un tanto desconcertante, si se quiere, en vista del consolidado hábito de transmitir y retransmitir. Al inicio de los años ochenta, los mexicanos seguían viendo Bonanza y El Gran Chaparral: hasta compraban la idea del “reestreno”, nada menos, que de Daniel Boone y Perdidos en el Espacio. En cambio, El Santo, donde Roger Moore encarnaba a Simón Templar, o Los Vengadores, o Mannix, ya no estaban al aire. Moore, que había saltado a la pantalla grande para ser uno más de los agentes 007 y encarnar, en los años 70 a James Bond en la película Moonraker, era, en su papel de Simón Templar, tan cercano a la idea del espionaje y a los agentes secretos, tan naturalmente productos de la Guerra Fría, que, en la medida en que el rígido discurso geopolítico mundial se fue transformando, acaso estaba fuera de moda. No así la versión paródica del mismo asunto, porque los mexicanos de los ochenta siguieron muriéndose de risa con Maxwell Smart, el Súper Agente 86.

Y si se quería algo más dulcemente doméstico, solamente había que cambiarle al canal 4 para ver, una vez más, a Los Locos Addams o a La Familia Munster.

Estaban ya perfectamente integrados a ese canon televisivo los que se habían consagrado como éxitos en la segunda mitad de los setenta: el inicio de la nueva década todavía explotó con éxito a Los Ángeles de Charlie, a La Mujer Maravilla, a La Mujer Biónica, al Hombre Nuclear y a Patrulla Motorizada, que iba y regresaba a las programaciones, incluso llegando ya al fin de los años 80. En el arranque de la década, Farrah Fawcet y Linda Carter eran todavía símbolos sexuales de alcance mundial gracias a aquellas series legendarias.

No hay duda, de que, entre el juicio inexorable del rating, y los sentimentalismos nacionales, los mexicanos se negaban a soltar a aquellos personajes con los que habían crecido y con los cuales se habían hecho adultos o jóvenes adultos. Incluso, se encargaron de que los niños ochenteros siguieran a aquellos personajes y aquellas tramas que, en otra época, habían sido sinónimo de emoción y entretenimiento. El canal 13, ya convertido en televisión pública, apostaba por un clásico: El Doctor Misterio.

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