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Ya me voy: Retrato de la soledad migrante

ENTREVISTA. El documental se adentra en la vida de Felipe Hernández, un inmigrante indocumentado que sueña con volver a ver a su familia.

Ya me voy: Retrato de la soledad migrante  | La Crónica de Hoy

Felipe Hernández fue popular en el barrio del Bronx por usar siempre sombrero charro. El filme es dirigido por Lindsey Cordero y Armando Croda. (Fotos: Cortesía)

"Parece que no, pero se te arruga el corazón de no poder regresar", dice Felipe Hernández, un mexicano que vivió 17 años en Estados Unidos, popular en las calles del Bronx de Nueva York, porque siempre portaba un sombrero charro, y figura a la que sigue la cámara del documental Ya me voy, que dirigen Lindsey Cordero y Armando Croda, y que llega a las salas de cine este fin de semana con un mensaje sobre la migración.

Felipe nació en San José Buenavista, Guerrero, uno de los estados más pobres de México. Cuando tenía 14 años viajó al entonces Distrito Federal, a buscar empleo, y lo contrataron como vendedor de dulces, “vendía dulces de coco en los tianguis, lo hice por 10 años”, dijo Felipe, quien también trabajó en una fábrica y en tiendas de ropa, antes de aceptar la propuesta de su hermano menor quien vive en Brooklyn.

“No tenía pensado ir. Mi hermano ya vivía allá. Él me dijo que me pagaba el coyote para irme con él y yo hablé con mi cuñada, me dijo ‘es que se va a ir tu sobrina’, y ellas me quieren mucho así que decidí irme con ella para que no le pasara nada en el camino porque entonces ya se sabía que a las mujeres las violaban o las mataban”, dijo el protagonista del documental, “al final no se fue esa sobrina, sino otra sobrina política, esposa de mi sobrino que también estaba allá”, añadió.

En 1999, Felipe cruzó la frontera por un pueblo de Sonora, México: una camioneta lo llevó hasta Los Ángeles y de allí tomó un vuelo a Nueva York: “Salí a Hermosillo, cruzamos el alambre y pasé por la línea sin pasar río, nadar o brincar una valla. No tuve que brincar ningún muro, que pienso que no deberían existir. De ahí me fui a Los Ángeles y luego a Nueva York. Creo que llegué fácil pero no le diría eso a los migrantes, porque muchos se mueren en el desierto, no sé cuántos muertos se han quedado en el río”, comentó.

Instalado en EU, Felipe comenzó a tener múltiples trabajos que le permitían ganar entre 100 y 150 dólares diarios (el salario mínimo mexicano es de 6.5 dólares por jornada desde enero de 2020). Es justamente el dinero la gran condicionante de Felipe, pues su familia lo necesita para subsistir. Con sus envíos, su familia logró construir una casa propia en Chalco (Estado de México), vivir más holgada y pagar sus deudas.

Hace aproximadamente cinco años, mientras Felipe trabajaba recogiendo botellas de vidrio se cruzó con la vida de Armando Croda: “Lindsay y yo estábamos grabando otro documental con otros amigos paisanos en el Bronx, sobre expandilleros y cholos. Camino hacia allá vi a Felipe, me vio con la cámara y me dijo ‘oye hazme una foto para mandársela a mi familia’”, expresó el cineasta a Crónica.

“Le hablé a Lindsay de él y nos lo encontramos de nuevo y esta vez hicimos un video donde cantó y le dijo unas palabras a su nieta. Ahí descubrimos que Felipe y la cámara se llevaban muy bien (…) Cuando le propusimos el documental nos dijo: ‘No puedo porque ya me voy, ya me regreso’. Nos despedimos esa vez, pero pasó el tiempo y no se iba. Eso generó nuestra pregunta del documental: ¿por qué Felipe no puede regresarse a su casa?”, comentó Armando.

“Eso nos llevó a indagar sobre su vida y que nos contara su historia, y a través del documental Felipe encontró el propósito de explicarle a sus hijos, especialmente al menor, porqué no lo conoció, sobre cómo era su vida en Estados Unidos. Tratamos de retratar un Nueva York que ni siquiera los de ahí se atreven a ver. Que son edificios, pasillos o banquetas debajo del tren. Ése es el Nueva York que Felipe vivía, eso era lo más importante”, continuó el realizador.

Así vemos en el documental las situaciones en las que se desenvuelve Felipe, ese inmigrante indocumentado, sueña con reunirse con su esposa e hijos. Cuando llama para anunciarles que ha decidido regresar, descubre que están endeudados y necesitan que permanezca en Estados Unidos trabajando para sacarlos adelante. Con el corazón roto Felipe se encuentra en una encrucijada.

Al mismo tiempo se hace la radiografía de soledad de un migrante mexicano que ve a su país a la distancia: “Hay muchos medios en español, allá nos enterábamos de todo lo que ocurre en México y cuando ocurrió lo de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, se siente tristeza. Uno siente nostalgia por México, pero se queda más en el pensamiento. Creo que uno tiene más presente al país cuando está fuera que cuando vive aquí”, explicó Felipe.

“Todo lo que pasaba acá lo hablábamos en la comunidad de mexicanos que nos juntábamos, nos preguntábamos por qué pasaban ciertas cosas, porque se supone que somos libres y tenemos muchas cosas bonitas, a veces no entendíamos por qué amanece tan triste cada vez”, agregó.

Al final, la historia de este hombre hace eco en toda una situación social: “Vivimos unos tiempos muy radicales en cuanto a la migración. El gobierno de EU provoca una gran polarización y eso genera peligro para las minorías y racismo. Hay una visión de la migración bastante equivocada porque hay un miedo tremendo en el mundo, los flujos migratorios se están percibiendo como invasiones, pero lo que busca la gente son oportunidades de vida y muchos huyen de condiciones de pobreza extrema y violencia terrible”, enfatizó Lindsey Cordero.

“Me parece muy equivocado que México asuma el papel de la policía fronteriza de Estados Unidos, prohibiendo la entrada en el sur de muchos centroamericanos y bloqueando la salida en el norte. Siento que México debería dejar de asumirse como el muro que pide Trump, y dejar el libre paso de los migrantes, en lugar de bloquearlos, cuidarlos y protegerlos para que lleguen a su destino”, concluyó.

El filme llega a las salas de cine dos años después de comenzar su corrida festivalera en Morelia.

 

 

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