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“Yo le dije hasta el último momento que no se fuera, pero él insistía: ‘Mamá, todo va a ir bien’”

Todavía no ha pasado una semana de la tragedia que azotó a la familia de Óscar y Valeria Martínez, el padre y su hija migrantes que fallecieron juntos el pasado domingo, ahogados en el Río Bravo, a la altura de Matamoros, en Tamaulipas, y el dolor todavía tardará en sanar en la casa familiar, en San Salvador, capital de El Salvador.

“Yo le dije hasta el último momento que no se  fuera, pero él insistía: ‘Mamá, todo va a ir bien’” | La Crónica de Hoy

Óscar, su esposa Tania y su hija Valeria.

Todavía no ha pasado una semana de la tragedia que azotó a la familia de Óscar y Valeria Martínez, el padre y su hija migrantes que fallecieron juntos el pasado domingo, ahogados en el Río Bravo, a la altura de Matamoros, en Tamaulipas, y el dolor todavía tardará en sanar en la casa familiar, en San Salvador, capital de El Salvador.
Este viernes, la madre de Óscar, Rosa Ramírez, habló con el diario El País desde su hogar. Doña Rosa rememora que, cuando Óscar —de 25 años—, Tania —de 22— y Valeria —que habría cumplido 2 el 18 de julio— abandonaron el hogar el 3 de abril pasado, “yo le dije hasta el último momento que no se fuera, pero él insistía: ‘Mamá, todo va a ir bien”, relata.
Doña Rosa todavía espera que le entreguen el cuerpo de su hijo y de su nieta, mientras Tania recibe atención psicológica continua.
“Comenzamos a aconsejarle que no se fuera, por tanta tragedia que se veía en las noticias, pero ellos ya habían tomado la decisión”, explica la madre y abuela con resignación.
Según prosigue el relato de El País, Óscar “decía que le quería dar un futuro mejor a su hija. Iba a trabajar, ahorrar y después volver”. Los tres vivían con Rosa en la casa, mientras él trabajaba en una pizzería y ella en un restaurante de comida china. Juntaban unos 600 dólares al mes entre los dos, algo que Rosa cree que era “muy poquito”, y “no les alcanzaba para comprarse una casa”.
El hermano de Óscar, Carlos, vive en EU. El País también logró hablar con él, y explicó que trató de hacerle entender que cruzar el río a nado era “absurdo”, y que debía esperar al lunes para presentarse ante las autoridades migratorias. “Me prometió que no lo iba a hacer”, lamenta Carlos. “Se me partió el corazón, me lo prometió y no me hizo caso”.

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