Tormentas, sorpresas y maravillas en el Zócalo | La Crónica de Hoy
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Tormentas, sorpresas y maravillas en el Zócalo

La Plaza de la Constitución, el Zócalo capitalino, guarda la memoria de algunos de los mejores días de la historia de este país. Como no hay sombra sin luz, también allí está depositada la huella de días terribles. Con sorpresa los conquistadores españoles miraron la plaza principal de la gran Tenochtitlan hace casi medio milenio. Desde entonces, su valor simbólico se hace más y más complejo, pues, por mucho, las historias que guarda rebasan el eco de la vida prehispánica y la conquista. Es el Zócalo el gran corazón mexicano.

DE LEYENDAS, TUMULTOS Y ESTATUAS. Los tres siglos de vida virreinal dotaron a la antigua Plaza de Armas de famas tremendas: allí, en las cercanías  de la Catedral en su antigua versión, finaliza la terrible leyenda de don Juan Manuel, aquel que carcomido por los celos e instigado por el diablo, buscaba cada noche a los imaginarios ladrones de su honra. Al darse cuenta de la engañifa del Maligno para convertirlo en lo que hoy llamaríamos “asesino serial”, asumió la penitencia: rezaría en la desierta plaza a las once en punto, entre las tinieblas y el silencio. Amaneció balanceándose en la horca que en la plaza se mantenía para el castigo de los criminales.

Si en la historia de don Juan Manuel hay fantasía y moraleja —sin dejar de considerar que para los novohispanos el demonio era una realidad—, en el tumulto del 8 de junio de 1682 había hambre y furia: entre lluvias desmedidas, canales tapados y sequías, la ciudad se quedó sin alimentos. Lo peor sobrevino cuando la alhóndiga, cercana a la Plaza se quedó vacía. La desesperación cundió entre los indios, y algunas mujeres fueron golpeadas por los encargados de repartir el maíz. La ira popular se volcó en la gran plaza: “¡Señor, tumulto!”, gritó alguien en las cercanías del palacio virreinal. Pero ya era tarde. No eran solamente indios hambrientos; el pueblo que resentía la falta de comida y algunos agravios más, incendió el palacio virreinal y las casas del cabildo, y el pillaje en los comercios y talleres se generalizó.

Entre gritos de “¡Mueran el virrey y el corregidor!”, un hombre, en vez de escapar, se adentró en el desastre que ahogaba la plaza. De no ser por el arranque de valor con tintes suicidas que tuvo el sabio Carlos de Sigüenza y Góngora, quien penetró en el palacio en llamas para salvar “de la ciudad, su mejor archivo”, algunos materiales que aún hoy se consultan en el Archivo General de la Nación, se habrían perdido.

Allí fue a dar ese, El Caballito, que desde su inauguración en diciembre de 1803 ya era llamado así por el poco aprecio que los novohispanos le tenían a Carlos IV. Esa, la espléndida estatua ecuestre, reinó por algunos años en la gran plaza. Quiere la anécdota que, a poco de su develación, el virrey Iturrigaray llamara con urgencia al creador, Manuel Tolsá, quien acudió presuroso, temiendo algún desperfecto en la pieza. Entre risas por su travesura, Iturrigaray le mostró al arquitecto y escultor, desde la ventana del palacio, cómo El Caballito dominaba el espacio, como si en cualquier momento fuera a echarse a trotar.

TEATRO DE SUEÑOS Y UTOPÍAS. El virrey Félix María Calleja —sí, el perseguidor de insurgentes y rival de Morelos— bautizó a la plaza y la llamó “De la Constitución”. De la Constitución liberal de Cádiz, promulgada en 1812. A nadie le ha parecido necesario modificarle el nombre, en vista de la importancia y de los cambios esenciales que han acarreado las sucesivas cartas magnas que han dado —o al menos lo han pretendido— rumbo a este país. Si cada constitución entraña  un sueño, una utopía, parecería que la idea de Calleja le ha venido exacta a la constante búsqueda nacional de un futuro mejor.

La ciudad no llegó a ver a las huestes insurgentes de Miguel Hidalgo tomando posesión del palacio virreinal, pero sí vio, en septiembre de 1821, a Agustín de Iturbide, comandando —aunque vestido de civil— al ejército de las Tres Garantías, llegando a la Plaza para decirle a los novohispanos que éramos independientes.

Desde entonces, la plaza ha conocido muchos días similares, y aunque a lo largo de los siglos no ha faltado quien acuse de veleidosa y volátil a la Ciudad de México, lo cierto es que ha recibido, en el mismo escenario y con la misma emoción, a los liberales triunfantes en la Guerra de Reforma, en 1861; a Maximiliano y su proyecto imperial, en 1864; a Porfirio Díaz recuperando a la ciudad para la causa republicana en 1867, y desde luego, a Juárez volviendo a Palacio Nacional, un día de julio de ese mismo año. En 1910 la Plaza es el escenario de los desfiles y ceremonias de las fiestas del Centenario, y ve también llegar, entre vítores, a Francisco Madero, cabeza de la revolución antirreeleccionista.

A la vuelta de pocos años, vio también a Villa y a Zapata llegar juntos a Palacio Nacional, y, en esa danza de luchas, victorias y derrotas que fue la Revolución, también recibió a Venustiano Carranza cabalgando junto a Álvaro Obregón en los días en que su alianza parecía firme y sus ambiciones colmadas.

Nada cambió con la segunda mitad del siglo XX. Sucesos como la expropiación de la industria petrolera por Lázaro Cárdenas o la nacionalización de la industria eléctrica en los días de Adolfo López Mateos tuvieron en la gran plaza el escenario adecuado para afirmar que aquella era la ruta correcta para el país, aunque a la vuelta de algunas décadas se demostrara que los sueños son eso, simplemente, por más ambiciosos que parezcan. Los estudiantes de 1968 conocieron en la plaza algunos de los mejores días de su movimiento, y los hombres del poder, esos que cada 16 de septiembre se apersonan en el balcón central de Palacio Nacional  para gritar “¡Viva México!”, todos, sin excepción también creyeron que en esos rituales triunfalistas estaba la clave de su paso impecable a la historia. También soñaban.

NO HAY LUZ SIN SOMBRA… Y por eso, Guillermo Prieto contó sus recuerdos de infancia: del Motín de La Acordada de 1828, durante el cual se saqueó e incendió el Parián, un centro comercial decimonónico, merced a la furia popular y a los intereses políticos. Casi 20 años después, Prieto contaría cómo una marejada de mexicanos dolidos veía entrar a la plaza los invasores estadunidenses, y cómo se desataba la resistencia popular.

Días igualmente oscuros fueron los de la Decena Trágica, en 1913, cuando las primeras balaceras, en la mañana de ese 9 de febrero, le arrebataron la vida al general Bernardo Reyes, que creyó, equivocadamente, que ese era su momento de gloria definitiva, derrocando a Pancho Madero. Las metralletas que lo mataron también enviaron al otro mundo a numerosos mirones —vicio nacional— que, saliendo de misa en Catedral, en vez de escapar, se acercaron a enterarse y recibir los primeros proyectiles del cuartelazo.

En esa crisis y rumbo a la muerte, cruzó la plaza Madero, convencido de que los buenos estaban destinados a ganar. El INAH hoy custodia una fotografía de esos días, donde aquel hombre se aproxima a la puerta de Palacio. En el reverso, la imagen tiene una anotación: “última fotografía tomada a Francisco Madero”.

La oscuridad tampoco tiene fin: allí los sesentayocheros conocieron la represión, y una noche de septiembre de 1985, cientos de mexicanos durmieron en el suelo de la Plaza, aterrados por los terremotos.

Y así seguimos, haciendo de esta gran plaza la depositaria de recuerdos y hechos memorables. El que en estos días apareciera el “zócalo original”, de 1843, cuando Antonio López de Santa Anna soñaba con construir un monumento que nunca se concretó, es nota de sorpresa, como hace siglos fue la aparición de la Piedra del Sol y dela Coatlicue, señora de la falda de serpientes. Acaso aún la Plaza, el Zócalo, nos comparta algunas de sus historias olvidadas.

 

historiaenvivomx@gmail.com

 

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