La tragedia del Ratoncito | La Crónica de Hoy
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La tragedia del Ratoncito

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Sin Pedro Infante, con el miedo a los temblores intensos que aún no se disipaba, el fin de 1957 solamente podía ser de infortunio. El 6 de noviembre, Raúl Ratón Macías, el Ratoncito, ídolo de multitudes, perdió la pelea en la que se jugaba, contra el argelino Alphonse Halimi, el título universal del peso gallo, y con ello terminó la cadena de desdichas que el sentimiento popular acusó en esos días.

Tragedia de escala mayúscula, porque El Ratón, que todo se lo debía a su madrecita, a su mánager y a la Virgen de Guadalupe, era el gran favorito de aquel combate, y tenía un público delirantemente leal, que estaba dispuesto a cualquier sacrificio, con tal de estar allí, en Los Ángeles, para echarle porras y celebrar con él la victoria, que era algo que todos tenían por seguro.

EL RATÓN, UN ÍDOLO POPULAR

Tenía 3 años que El Ratón era considerado, sin discusión, el gran ídolo del boxeo mexicano. Tanto lo quería la gente, que a Fili Nava, ante quien había defendido el campeonato nacional de peso gallo, la gente lo insultaba y lo agredía porque durante el combate le había cerrado, un ojo, a golpes, al queridísimo Ratón. Ese público brutalmente cariñoso era capaz de llenar el Toreo de Cuatro Caminos, la Arena Coliseo y hasta la Plaza México para ir a ver triunfar a El Ratón, fuese quien fuese su rival.

No importó que el 26 de septiembre de 1954, cuando El Ratón le disputó a Nat Brooks el título de campeón de Norteamérica, fuese un día lluvioso: las 65 mil entradas de la Plaza México se vendieron completas, y ante la expectación que causaba la pelea, y con la bendición del Regente del Distrito Federal, Ernesto P. Uruchurtu, también se transmitió por televisión.

La ciudad se quedó desierta, paralizada otra vez.  Se supo que, los que tenían televisor, invitaron a los amigos —en zonas acomodadas— y los que tenían un aparato, pero estaban en rumbos más populares, rentaron, por unos pocos centavos, un banco, una silla, para que los vecinos, convertidos en clientes, pudiera ver pelear a El Ratón. Los menos afortunados, que no tenían ni amigos ni vecinos con televisión, pudieron ver la pelea en los televisores de los escaparates de las tiendas. El Ratón no defraudó a sus leales; venció a Nat Brooks y se convirtió en retador al título mundial, que ganó al año siguiente, en marzo de 1955, al vencer a un tailandés, Chamroern Songkitrat. Su regreso fue impresionante, con miles de seguidores acompañándolo hasta su domicilio, una vecindad en la calle Héroes de Granaditas, en el barrio de Tepito. El Ratón, El Ratoncito tenía todo para ser un héroe popular: era sencillo, era humilde y agradecido. ¿Cómo no lo iba a querer la gente, si era uno de ellos?

Con victorias importantes y algunas derrotas, El Ratón Macías llegó a junio de 1957, cuando peleó en San Francisco contra el filipino Dommy Ursúa. Allí se enteró de que pelearía contra Halimi a fines de año, por la unificación del título de peso gallo, pero también sabía que cada vez le era más difícil dar el peso necesario.

LA MARCHA HACIA LOS ÁNGELES CONVERTIDA EN TRAGEDIA

Una oleada de mexicanos cruzó la frontera para ver a El Ratón pelear contra Halimi.

Diversas agencias de viajes empezaron a ofrecer un paquete irresistible: avión de ida y vuelta, hospedaje y boleto para ver la pelea. Otros, con menos holgura, vendieron el coche, de alguno de dijo que hasta hipotecó la casa para viajar a Los Ángeles y ningún precio parecía demasiado alto si se trataba de ir a ver cómo triunfaba El Ratón Macías.

La noche del 6 de noviembre, el Wrigley Field parecía una arena mexicana: con celebridades, entre cantantes, actores, divas y deportistas. El público es respetuoso y escucha La Marsellesa de pie. Pero el Himno Nacional mexicano desata la verbena; locutores mexicanos han llegado para narrar, para el público de casa, por radio y por televisión, la gran pelea. Pero El Ratón sabía que se había pasado días enteros a dieta rigurosa, con los líquidos restringidos y metido en un sauna, vestido con un buzo de plástico. Con trabajos había dado el peso.

Años después, El Ratón reconoció que subió al ring completamente debilitado y eso le costó la pelea.

El regreso a México, del ídolo derrotado y de los cientos de mexicanos que lo habían acompañado, fue triste y doloroso. El país que había arropado al boxeador de Tepito, y que lo veía pelear con la confianza del triunfador, se recogió en sí mismo para llorar a gusto su tragedia.

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