«La historia es la ciencia de los hombres en el tiempo.»
Marc Bloch
El viento cortaba la piel como una navaja. A más de tres mil metros de altura, entre riscos, nieve y hielo, un hombre avanzaba por los Alpes perseguido por un enemigo que jamás alcanzó a ver. Tenía alrededor de cuarenta y cinco años, una edad avanzada para su tiempo. Había sobrevivido a enfermedades, heridas y a una vida de extraordinaria dureza. Portaba un hacha de cobre, un arco, flechas y las provisiones necesarias para continuar su camino.
Ignoraba que estaba viviendo los últimos minutos de su existencia. De pronto, una flecha atravesó el aire helado y se incrustó en su hombro izquierdo. Herido de muerte, cayó sobre la montaña. Su sangre manchó la nieve. El frío terminó lo que el atacante había comenzado.
Después llegó el silencio. Un silencio que duraría más de cinco mil trescientos años.
Mientras imperios enteros nacían y desaparecían, mientras se levantaban pirámides, templos, catedrales y ciudades, mientras millones de seres humanos vivían y morían sin saber de su existencia, el glaciar conservó aquel cuerpo como una cápsula del tiempo. Cuando dos excursionistas lo descubrieron en 1991, cerca de la frontera entre Austria e Italia, el mundo contempló algo extraordinario: un hombre que parecía haber regresado directamente de la prehistoria. Lo llamaron Ötzi.
Durante décadas se creyó que aquel cuerpo había revelado prácticamente todos sus secretos. Los científicos reconstruyeron su última comida, identificaron rastros de carne de cabra montés y ciervo en su estómago, estudiaron sus tatuajes, analizaron sus herramientas y determinaron que había sido víctima de un homicidio. Parecía que la ciencia había agotado la historia del hombre de hielo.
Pero estaba equivocada. Ötzi no es una reliquia estática ni biológicamente inerte, sino un ecosistema dinámico. Aprovechando una breve descongelación realizada en 2019, investigadores analizaron tejidos, agua procedente del deshielo interno, muestras del suelo que acompañó al cuerpo desde su descubrimiento e incluso el aire de la cámara donde permanece conservado. Lo que encontraron transformó por completo la manera de entender esta momia.
Dentro de Ötzi conviven tres mundos biológicos distintos. Uno pertenece al hombre que murió hace más de cinco milenios. Otro procede del glaciar que lo protegió durante siglos y el tercero corresponde a microorganismos incorporados durante las décadas de conservación moderna. La imagen es extraordinaria: en un solo cuerpo coexisten rastros de la Edad del Cobre, organismos adaptados al hielo y formas de vida contemporáneas.
Quizá el descubrimiento más revelador sea la presencia de bacterias intestinales ancestrales que prácticamente han desaparecido de las sociedades modernas. Son microorganismos asociados a una alimentación rica en fibra y a una convivencia mucho más estrecha con el entorno natural. Según Frank Maixner, uno de los investigadores del proyecto, constituyen una ventana única para comprender cómo era el microbioma humano miles de años antes de la industrialización. La reflexión va mucho más allá de la arqueología. Durante generaciones hemos medido el progreso por nuestras máquinas, nuestras carreteras o nuestros avances médicos. Sin embargo, Ötzi nos recuerda que también hemos transformado profundamente los ecosistemas invisibles que habitan dentro de nosotros.
Y hay algo aún más sorprendente. Los científicos identificaron microorganismos adaptados al frío extremo, algunos similares a los hallados en regiones tan remotas como la Antártida. Varias de estas especies muestran señales compatibles con actividad biológica reciente. No han permanecido congeladas en el tiempo. Han seguido viviendo, han seguido evolucionando. Incluso se detectaron genes relacionados con enzimas capaces de degradar proteínas y colágeno. Paradójicamente, algunos de los diminutos organismos que acompañaron a Ötzi durante milenios podrían convertirse algún día en una amenaza para la preservación de la propia momia.
La flecha detuvo el corazón de Ötzi, pero no la vida que viajaba con él. Esa vida sigue allí, transformándose, adaptándose y respirando en la oscuridad, como una prueba de que el pasado nunca está completamente muerto.