Me pregunto, tras ver los resultados en Colombia y Perú, si elecciones que revelan sociedades divididas en mitades casi iguales se están volviendo la norma. En ambos casos se enfrentan visiones radicalmente distintas de país y de sociedad, con propuestas muy diferentes. En ambos, ha desaparecido el centro político, que hace pocas décadas era lo que casi todos buscaban para ganar una elección. ¿Qué ha pasado? ¿Tiene remedio esta tendencia a la polarización?
Creo que hay tres tipos de razones para explicarlo. Una tiene que ver con el desencanto hacia la democracia, que a su vez resulta de poner demasiadas expectativas en ella. Aunque es la mejor manera para resolver diferencias en una sociedad, la democracia en sí no resuelve los problemas. Cuando, a pesar de ella, la mayoría de la población percibe que no ha habido soluciones, la tendencia es a buscar que vengan de manera radical, ya sea mediante una movilización amplia o, más comúnmente, mediante la cesión de todos los poderes a un personaje que se presente como la solución verdadera.
Otra tiene que ver con el fin de las ideologías del siglo XX, que se ha traducido en la debacle de los partidos políticos ideológicos y el florecimiento de partidos pragmáticos. que lo único que buscan es maximizar su cuota de poder. Son partidos y candidatos que buscan que el elector toma la decisión de votar por ellos apenas por encima de abstenerse o de sufragar por otro. Su decisión es como la del consumidor según la teoría económica ortodoxa: compró ese producto porque su satisfacción al hacerlo es apenas superior a la de quedarse con su dinero en la bolsa (o dejar su voto en casa).
En la medida en que las divisiones ideológicas tradicionales se hicieron polvo, lo que ha primado en años recientes ha sido la mercadotecnia de las emociones: de manera destacada, la transmisión de sensaciones positivas sobre el futuro. Esa transmisión de sensaciones tiene un correlato negativo, que a veces es todavía más fuerte: la transmisión de sensaciones negativas respecto a los rivales. En particular, se trata de generar miedo y ansiedad respecto a lo que puede ocurrir si los rivales tienen un buen resultado electoral. Esa combinación de esperanza y ansiedad es clave en el votante que decide ya en la urna: el votante marginal, que en esta lógica se convierte en el gran elector.
La tercera razón tiene que ver con la importancia decreciente del periodismo profesional y su correlato, la cada vez mayor relevancia de las redes sociales (y, peor, de los algoritmos) como sustitutos del ágora pública. Las informaciones cada vez se verifican menos, las posverdades se han convertido en el pan de cada día y los algoritmos (esa eterna búsqueda del clic) han encerrado a la mayor parte de los usuarios en burbujas de opinión única. Sólo quienes se cuidan de seguir personajes con distintos puntos de vista pueden salvarse de acabar englutidos en una vorágine de opiniones similares, donde las más exageradas y radicales terminan por llevarse la parte gorda del pastel mediático.
El resultado es la formación de sociedades escindidas, donde unos aplauden todo y otros critican todo. Se generan grupos cada vez más cerrados, donde quien disiente por cualquier detalle es acusado de tibio. En México, lo llaman conservador de clóset o ciudadano de Corea del Centro. Se van generando circunstancias en las que lo que importa, finalmente, no es el futuro real de las sociedades, sino el de los bandos políticos. En ese contexto, los principales beneficiarios, que son los dirigentes de los bandos, alimentan la escisión.
Cuando el énfasis está en la descalificación del adversario y no en la solidez del proyecto propio, se pierde el debate democrático y pasamos a campañas basadas en falacias que lo único que pretenden es ahondar la división social, en beneficio político propio.
Empezamos ya a vivir, de manera casi caricaturesca, una campaña mediática según la cual simpatizar con la oposición en cualquier cosa, así sea en la condena a la colusión de funcionarios con el crimen organizado, es equivalente a traición a la Patria, a ser aliados del Trump malo (porque antes, con AMLO, era el Trump bueno). Resulta, entonces, que la Patria y el gobierno federal son lo mismo, con la novedad de que el gobierno es refractario a cualquier crítica. Y, obviamente, los traidores a la Patria no pueden ganar elecciones.
Colombia y Perú van directito a un largo conflicto postelectoral. Son sociedades escindidas que, por cierto, tienen grandes diferencias regionales en sus patrones de votación. La costa colombiana vota a la izquierda; las regiones centrales, a la derecha. El norte y la costa limeña votan claramente a la derecha; la sierra y el sur, netamente a la izquierda. Los personajes en liza, que se deshicieron de los “tibios” para llegar a la recta final, no ayudan, y el perdedor gritará fraude aun con buenos organismos electorales.
En México gana el deseo del carro completo. Por eso tampoco quieren entender de diferencias regionales. La presidenta de Morena acaba de afirmar que todos los votos priistas en Coahuila fueron comprados. Todos. No le importa que el tricolor haya ganado con amplísima ventaja: es como echarle la culpa al árbitro tras perder por goleada. La cuestión es abonar a la escisión social. Para allá vamos.
Pero siempre queda el Tri.
Twitter: @franciscobaez