Opinión

Acapulco según Julián Herbert

La revista Letras Libres destinó el tema principal de su edición de febrero de 2018 al puerto de Acapulco. En el texto de presentación de aquel número se indicaba: “En los cincuenta y sesenta, Acapulco era el símbolo de las aspiraciones de modernidad y movilidad social de todo el país. A comienzo del nuevo siglo, el panorama se encuentra en las antípodas: Guerrero se ha convertido en el estado con mayor violencia homicida en México y distintos grupos criminales se disputan el puerto. Nuestro número presenta un balance entre el pasado y el presente de una ciudad que ha experimentado un acelerado descenso a los infiernos, pero que todavía es capaz de ofrecer destellos en medio de las ruinas”.

Letras Libres

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La referencia a las “ruinas” en aquella edición tenían un claro sentido metafórico, una imagen un tanto sobrada del Acapulco del presente atribulado que Agustín Lara en el pasado edulcoró. Cinco años después -tras el paso el huracán- la condición de ruina adquirió un devastador sentido literal.

El escritor Julián Herbert, cuya primera y dickensiana infancia transcurrió en el puerto, escribió para este número una larga crónica titulada “Acapulco timeless”. Para prepararla se hizo acompañar de un periodista local, quien lo condujo a la manera de Virgilio por los círculos infernales de una ciudad azotada por la violencia, la desigualdad y el tufo a decadencia rancia de lo que medio siglo atrás llegó a ser el referente nacional e internacional del turismo cosmopolita y glamuroso. El Acapulco perdido del primer Tarzán, de la luna de miel de los Kennedy o de los excesos de Barry White y Rod Stewart, pero también el de Luis Miguel, Raúl Velasco y los juniors más encumbrados del priismo mexicano.

En la viñeta que acompaña el texto, Hugo Alejandro González esbozó a grandes trazos una estampa a color de la bahía en el momento fatal en el que un meteorito que cae del cielo se apresta a destruirla. Nunca hubiera imaginado el ilustrador de la revista que la verdadera catástrofe ocurriría cinco años después, y que no vendría del espacio exterior, sino de las fuerzas más vivas y destructivas del planeta, de sus cada vez más contundentes y recurrentes descalabros meteorológicos, resultado a su vez -como todo parece indicar- de nuestra propia demencia civilizatoria y del cambio climático en la era post bíblica del Antropoceno. Dios ha muerto y su ataúd lleva esa mancha indecorosa a la que llamamos huella de carbono.

La crónica de Herbert nos ayuda a comprender que la primera destrucción de Acapulco comenzó antes, y que no fue obra de la naturaleza sino del ser humano, o mejor dicho, de ese resultado siniestro de la genética y de la historia que son la sociedad y el Estado mexicano en el arranque del siglo XXI.

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Al huracán del 24 de octubre de 2023 lo precedió una prolongada tormenta de deterioro social, corrupción, carencia de políticas urbanas de largo aliento, pobreza, violencia desbordada e impunidad, que puso con sobrada anticipación la mesa y los utensilios del doble banquete distópico al que asistimos: el del huracán y el de la rapiña. Por eso su texto cobra nueva vigencia, por eso reaparece como una lectura necesaria para completar el cuadro del estropicio al que ahora nos enfrentamos.

En la cartografía del deterioro que trazó Herbert en 2018 hay aspectos que incluso se oscurecieron aún más en los años posteriores. Dedica por ejemplo algunos párrafos a contar la historia de la discoteca Baby´O, “la más exclusiva y faraónica de México” inaugurada en 1977 y cuya “desquiciada frivolidad, su culto casi romano a la lujuria cool, su tautológica invocación del dinero llama dinero llama dinero”, sirvió como pasarela y playground de millonarios, estrellas de la farándula e hijos de políticos, amantes todos ellos del despilfarro y de los desplantes de la más diversa índole, hasta que “el jet set se largó de Acapulco (y) otras personas con dinero, poder y cierta popularidad llegaron a ocupar sus mesas: eran los líderes de los cárteles del narcotráfico”.

Con todo, en 2018 el Baby´O seguía siendo un referente en el paisaje nocturno del puerto. Faltaban tres años para que terminara reducido a cenizas, víctima de la extorsión vengadora de algunos de esos grupos del crimen organizado que fueron manchando de pólvora y sangre su pista de baile. Un cerillo y un bidón de gasolina como corolario del sueño empresarial de Eduardo Césarman y Rafael Villafañe, que construyeron -entre guaruras, cadeneros, DJ´s y dealers- la versión tropical del Studio 54 de Nueva York.

Esta parte del relato de Herbert, como otras a lo largo del texto, no son sino una anticipación insospechada de las múltiples catástrofes que se le avecinaban al puerto. No hay demérito alguno en el texto si afirmo que en más de un sentido el retrato apocalíptico de Julián se quedó corto.

Ocurre de otro modo en el arranque mismo de la crónica, cuando el autor y su novia decidieron dar un paseo nocturno por la bahía iluminada a bordo del yate “Acarey”, un emblema de ese segmento del turismo nacional de menos recursos que atiborra las playas en el verano y en la Semana Santa acapulqueña. Una “nave de los locos -escribe Herbert- cuya cheesy embriaguez anhelé de más joven por creerla suntuosa”. En estos días circuló en las redes sociales el video de apenas unos segundos donde se aprecian los últimos coletazos del Acarey, momentos antes de que el huracán lo mandara para siempre al fondo del mar.

Desde la cubierta del “Acarey”, Julián y su novia observan los edificios setenteros y ochenteros de la costera Miguel Alemán: “negros icebergs rellenos de luz artificial que se pudren de miedo bajo la noche sola”. Cinco años después ese miedo arquitectónico se recrudecería al paso inclemente de los vientos de un huracán categoría 5. Reformulo a Pavese: vendrá el viento y tendrá tus palabras.

Herbert recuerda que tras el final de la era dorada de Acapulco en los años cincuenta y sesenta, y al concluir también la edad de plata setentera y ochentera en la que el puerto “peinó sus primera canas”, el deterioro gradual del paraíso hotelero provocó en la última porción del siglo y en el arranque del nuevo milenio que “los ejecutivos y los propietarios exprimier(an) lo más posible su giro sin invertir casi nada en el buen estado de los inmuebles, las amenidades y el equipamiento”. (De nuevo aquí aparece su prosa como escrita por la mano de Casandra).

La oferta, nos dice, se desplazó entonces de la costera tradicional a las torres suntuosas, los tiempos compartidos y los all- inclusive del Acapulco Diamante. No sabia Herbert que Otis la emprendería por igual contra el viejo Acapulco de la Zona Dorada, contra los nuevos desarrollos y los chalets del resort reimaginado del siglo XXI, y, peor todavía, contra lo barrios miserables de esa periferia alejada de la mano de dios donde fatigó sus pasos a la manera de un Dante con sobrepeso.

“Acapulco -sostiene Herbert- logró en algún momento de su historia vendernos también un anhelo: el de participar del paraíso a un costo razonable”. Hoy se ha convertido, como el título de la novela de Pedro Ángel Palou: en un paraíso clausurado.