Opinión

La turba de Acapulco

La condición masiva, totalizante, arrolladora e impune de los saqueos y los destrozos vandálicos que se produjeron a todo lo largo y ancho del puerto, tan pronto cesó el huracán Otis en el amanecer del miércoles 25 de octubre, será materia de estudio de sociólogos, antropólogos e historiadores.

Miles de personas -tal vez decenas de miles- actuaron con la certeza absoluta de que no habría castigo. Esa misma certeza de impunidad aplica y resulta aún más letal en otras zonas atrofiadas del tejido social mexicano asentado sobre la fragilidad de un Estado de Derecho en constante declive.

El saqueo se produjo en otra latitud de un mismo territorio anti sistémico donde los homicidios, el crimen organizado, el secuestro, la extorsión, la trata de personas, o la corrupción, adquirieron hace mucho carta de naturalidad en nuestro suelo. En Acapulco asistimos -con una contundencia no vista antes- al eclipse de la legalidad, a la negación o a la ruptura del viejo contrato social.

Saqueos en Acapulco

Saqueos en Acapulco

Cuartoscuro

A lo largo de 48 horas robar se volvió socialmente legítimo en Acapulco. Un acto de “justicia” colectiva -que en sentido estricto nadie planificó ni dirigió- como respuesta espontánea a la “injusticia” artera y destructiva de los fenómenos meteorológicos. Dos días bastaron para saquearlo casi todo: tiendas de conveniencia, centros comerciales, supermercados, tiendas departamentales, farmacias, franquicias de comida rápida o de ropa de marca, y una cantidad considerable de cajeros automáticos y de bancos.

Ni siquiera puede decirse que fue una forma de protesta colectiva ante la lentitud de la ayuda proporcionada por el gobierno, porque estalló inmediatamente después del huracán. Al minuto siguiente. La gente salió a la calle al amanecer tras resistir la tormenta en sus casas, lo vieron todo de cabeza, y le concedieron al saqueo las credenciales éticas de la legítima defensa frente a la adversidad: “pinche planeta, nos mandaste un huracán; pinche Oxxo, ahora te chingas”.

Lo ocurrido en esas horas va mucho más allá de lo anecdótico o lo incidental. Toca fibras muy profundas de la sociedad y del Estado mexicano, o mejor dicho de la conformación en el siglo XXI de un Estado mexicano dual -descrito con fatal precisión por el antropólogo Claudio Lomnitz- en el que la línea que tradicional separaba a la legalidad de su contrario se encuentra cada vez más diluida. Un nuevo modo de vida donde la hegemonía del poder económico y político, y el monopolio de la violencia, son disputados o en el mejor de los casos compartidos por dos entidades discordantes: la del antiguo y formalmente vigente Estado de Derecho con sus múltiples agentes, y la de quienes aspiran a sustituirlo con otra cosa, o al menos a compartir esos espacios en una suerte de gobernanza negociada. Dos modelos de autoridad confrontados en una guerra sin fin ni solución posible, que reclaman para sí el bastón de la legitimidad, con cargo a la espiral de violencia en la que estamos sumidos.

Es el país del desgarramiento del tejido social donde no hay reglas escritas -y si las hay no se respetan-, y donde no hay instituciones -y si las hubo será mejor desconocerlas-. Detrás de la rapiña se asomó una suerte de anarquismo involuntario que niega los principios elementales del respeto a la propiedad privada y al derecho ajeno. “Lo queremos todo, lo nunca nuestro, lo siempre ajeno”.

Desde el periodismo se ha adelantado con premura una de las explicaciones posibles. Se ha afirmado que fue el crimen organizado quien dirigió y coordinó el saqueo. Esto podría ser parte, pero no toda la explicación del fenómeno que alcanzó en cosa de horas el rango de una revuelta popular.

Con todo y su enorme poderío -capaz de controlar a territorios y a comunidades enteras- no hay manera de explicar lo ocurrido como una acción orquestada en lo fundamental por el narco. La condición masiva, súbita y repentina que tuvo el saqueo -desde el centro y las zonas turísticas de Acapulco hasta la más alejada periferia de sus barrios populares- habla de un episodio de una profunda dimensión social. Atribuirlo a los grupos del crimen organizado simplificaría las cosas y nos ahorraría otras explicaciones: no fue el pueblo bueno, fueron los malandros de siempre.

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Quizá los golpes más audaces y que requerían de mayor logística, coordinación y fuerza se deban atribuir a los grupos del crimen organizado: bancos y cajeros automáticos, grandes tiendas departamentales. Pero el resto, la inmensa mayoría de los centenares de saqueos a pequeños y medianos negocios, se debieron muy probablemente al impulso espontáneo de una Fuente Ovejuna tropical y vengativa, acicateada por la carencia, la pobreza, la ambición y la promesa de impunidad.

¿Cómo fue que se extendió el saqueo en apenas unas horas pasado el huracán? ¿Cómo se difundió de boca en boca, de barrio en barrio, el rumor de que había llegado el momento de robar y destruir? ¿Quién dio la orden? El historiador británico George Rudé nos ofreció una posible explicación a este fenómeno en su libro clásico La turba revolucionaria en la historia (Universidad de Oxford, 1950).

El profesor de filiación marxista -uno de los grandes historiadores sociales del siglo XX- nos presenta en este libro algunas claves para entender los “motines de víveres” y “otros movimientos de justicia natural” -como él les llama- que se multiplicaron en Francia e Inglaterra en los siglos siglo XVIII y XIX.

Consideraba que “la verdadera naturaleza de tales disturbios” -a los que también llama “trastornos populares urbanos”-, obedece a razones sociales profundas, que la historia puede contribuir a esclarecer. “Las multitudes que tomaron parte en tales acontecimientos se pueden identificar socialmente. Estaban (en todos los casos) impulsadas por agravios (y necesidades) específicas. (…) Se trata de movimientos de protesta social donde debajo de la superficie aparece sin lugar a dudas el conflicto entre pobres y ricos. (…) Capitaneados por cabecillas locales, dispensan una justicia natural, burda y pronta, rompiendo ventanas, saqueando y quemando en efigie a los enemigos del momento”.

Se presenta entonces, afirma Rudé: “la expansión espontánea del amotinamiento, como si fuera por contagio de una zona a otra, (…) cuyo énfasis (es) el de la justicia popular o natural”. Destaca en estos procesos “el papel del rumor en la estimulación de la actividad, la participación activa y espontánea de los diversos grupos del pueblo menudo de las ciudades y los pueblos (que) lejos de ser abstracciones sociales, se componían de hombres y mujeres de a pie (cuyas) necesidades sociales respondían a (una) variedad de impulsos, (en los cuales) la crisis económica, el trastorno político y la urgencia de dar satisfacción a agravios inmediatos y particulares jugó su papel”.

Podemos añadir a esta afirmación que más allá de aquellos casos específicos en los que el saqueo pudo contar con la participación del crimen organizado, la turba en tropel de Acapulco -la canalla ubicua como la llamó Taine- fue principalmente reflejo de la impunidad recategorizada en México como de usos y costumbres, y la persistencia de un Estado debilitado como lo es el nuestro.