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La sombra de Yanga, y el sacrificio de los 33 negros

En la sociedad novohispana , el color de la piel, la “pureza” son factores que segregan, que denigran, que arrojan a algunos de los habitantes del reino a los escalones más bajos de la vida social. Se sospecha que esos segregados, buenos solamente para la servidumbre, la esclavitud o los trabajos más rudos e ínfimos, no son totalmente humanos. Traídos de tierras lejanas, vendidos, tratados como objetos, la rabia y el impulso libertario de la población negra de la Nueva España fueron combatidos, ahogados en sangre.

La sombra de Yanga, y el sacrificio de los 33 negros | La Crónica de Hoy

Fue el miedo. El miedo al otro, la incapacidad de mirar de otra manera al que es distinto a uno. Hoy hablaríamos claramente de racismo. Pero en el siglo XVII era el desprecio y el miedo a la población negra de la Nueva España la que propició que  un día de 1612, treinta y tres negros, veintinueve varones, cuatro mujeres, murieran ajusticiados, en el mismo momento y a la misma hora, en la Plaza Mayor de la ciudad de México.

Así era la justicia del rey: dura, brutal, aparatosa y pública. Sangrienta, porque la expiación del crimen empezaba en el momento mismo del suplicio. A aquellos 33 negros, golpeados, torturados, desgarradas las vestimentas, se les trató despiadadamente. Y, probablemente, sus crímenes eran sólo voces sueltas; rumores sin demasiado fundamento. Pero en el viento que echó a andar aquellos rumores por las calles de la capital de la Nueva España, estaba un nombre que, pese al tiempo transcurrido nadie olvidaba, por lo que tuvo de atrevido, de transgresor, de feroz. El nombre de un marginado que se convirtió en un líder inusual en estas tierras. Se llamaba Yanga.

YANGA, UN FANTASMA PODEROSO

Aquella historia había comenzado tres años antes, en 1609.  “Cimarrones” se les llamaba a los negros que, echándose al monte, fugados, alcanzaban la libertad y dejaban atrás el mal trato y el abuso.  Muchos fueron los casos de negros cimarrones; solían sufrir una persecución dura e intensa, porque escaparse era retar al orden y a la autoridad virreinales.

Estas fugas se daban, usualmente, de manera individual, pero llegó a darse el caso de escapes en grupo. Escondidos en montes o selvas, aquellos grupos no se dispersaban; optaban por continuar juntos, para, llegado el caso, vender caras sus vidas, pues es cierto que la persecución no cesaba, y muchas veces terminaba en el ajusticiamiento y muerte de los rebeldes. Aquellas pequeñas comunidades fueron llamadas “palenques”.

La dureza de los castigos no fue suficiente para desaparecer el “cimarronaje”. Había muchos, muchos negros en la Nueva España. Puesto que las disposiciones de las leyes de Indias liberaron a los indígenas de los estados de servidumbre, los repartos hechos por Cortés y la estructura de la encomienda se volvió inoperante, la demanda de mano de obra se solucionó con la importación de esclavos africanos.

Así, la Nueva España adquirió esa otra faceta que enriqueció el amplio mosaico poblacional. Pero el precio fue muy alto: aquellos esclavos no conocían otra condición que el mal trato y la violencia. Se les hacía trabajar día y noche, y su presencia en las minas era el extremo de la explotación. De las minas pasaron a trabajar el campo y, en particular en el cultivo de la caña de azúcar. Tener muchos esclavos negros aplicados a una actividad productiva, era, para los europeos, una forma segura de prosperar.

En los años inmediatos a la caída de Tenochtitlan, eran escasas las bestias de cargas, traídas del otro lado del mar. No abundaban los caballos, los burros, las mulas. Una vez más, los esclavos negros fueron usados para acarrear los productos más diversos, y se les trataba como a animales: a golpes y a latigazos. Era una explotación que parecía no tener ni freno ni fin.

Un escenario así provocó que, muy pronto, la corona tomara medidas: en 1527, Carlos V dispuso que los varones negros casados podían ganar su libertad mediante el pago de “veinte marcos de oro”, y, en proporción, podría pagarse la libertad de mujeres o niños. Pero era dificilísmo que pudieran reunir cantidades así. Si en la medida hubo buena fe, en cambio hubo una absoluta falta de realismo, porque esos “veinte marcos de oro”, jamás los vería un esclavo negro en toda su existencia. A pesar de la “concesión” real, la cantidad de negros esclavos era enorme. No había familia acomodada en todo el reino que no tuviese al menos uno. Era inevitable que los “cimarrones” aumentaran considerablemente.

Desde 1537 hubo noticias de alzamientos de grupos de esclavos. Una noticia entregada al primer virrey, Antonio de Mendoza, aseguraba que, embozadamente, ya hasta había un “rey” de los esclavos negros. En ese momento, Mendoza actuó con discreción, pero con rapidez, Enviando gente a investigar, dio con aquel que llamaban “rey de los negros” y a sus seguidores más entusiastas. Sin miramientos, los mandó descuartizar, unos en la Ciudad de México, y a otros –más de 20- en las minas de Amatepec.

La amenaza de un alzamiento de esclavos se mantuvo latente a lo largo del siglo XVI. No sólo por la constante fuga de negros; era también algo que se había incrustado en la imaginación de criollos y europeos; era una cuerda en tensión que alguna vez, en el instante menos sospechado, reventaría. No era gratuita la orden de 1551 del virrey Luis de Velasco: todos los “indios, moriscos o negros”, esclavos o libres, tenían prohibido portar armas de cualquier tipo; “ofensivas o defensivas”; también se les prohibió reunirse en grupos de más de tres de ellos. La primera vez que desobedecieran, recibirían un castigo de 100 azotes; la reincidencia les costaría doscientos, y si había una tercera ocasión, la pena sería la muerte. Tampoco podían, “negros y moriscos”, andar solos por la calle “media hora después de la oración”, a menos que –condicionante brutal- “anduvieran con sus dueños”. Violar esta disposición le costaría al morisco o al negro el pago de 100 pesos, y si el dueño del esclavo se negase a pagarlos, se traducirían en otros tantos azotes. Y además: si eran sorprendidos solos en la calle, de noche y portando alguna arma, el castigo era la muerte. Así era de grande la desconfianza, así de grande era el miedo.

Entonces, se empezó a hablar con recelo del negro Nyanga, Gaspar Yanga, o Yanga, simplemente. “Valeroso, inteligente, de buenos modales, de cuerpo alto y bien dispuesto;  Bran de nación [de origen], y de quien se decía que, si no lo cautivaran [hacerlo esclavo], fuera rey en su tierra”.

Yanga se había vuelto cimarrón hacia 1570, y se había refugiado en la selva veracruzana. Se había preocupado por ir atrayendo, para vivir en comunidad, a otros esclavos fugados. Así, habían formado un pequeño poblado, de difícil acceso. En las selvas cercanas a la ciudad de Córdoba.

Con los años, Yanga mantuvo su liderazgo, pero era ya viejo, y se ocupaba de gobernar aquella comunidad. Su lugarteniente, un negro de Angola llamado Francisco de la Matosa (como el que había sido su dueño), era el responsable de las tareas defensivas y de combate. Ingeniosos y valientes, habían sembrado de trampas y peligros el acceso a su hogar que acabaría siendo conocido en la Nueva España como San Lorenzo de los Negros.

Ahí vivían, con cautela, y alertas siempre, pero libres.

Entonces, empezaron los rumores.

LA SUBLEVACIÓN DE 1609

En los primeros días de 1609 corrió la versión de que un grupo de negros recién fugados se había apersonado ante Yanga y su gente para unírseles. También se dijo, que los negros de la Nueva España, los libres y los esclavos, estaban preparando una rebelión; su propósito era matar a todos los españoles, y luego nombrar un rey, que tendría su corte y nombraría nobles a los antiguos sirvientes.

De Veracruz a la ciudad de México, todo mundo se hacía lenguas con las historias de la rebelión de los negros. Hubo quien, aterrado, ya se los imaginaba a las puertas de la capital del reino.

Era tanto el miedo colectivo, que el virrey De Velasco se decidió, por fin, a enviar una tropa para atacar el reducto veracruzano de los cimarrones. Para entrar a los dominios de Yanga, marchó don Pedro González de Herrera, al mando de 100 soldados, otros tantos “aventureros” [¿mercenarios?] y 150 indios flechadores. Por el camino fue parando en pueblos y haciendas, y de esa manera agrupo a otros 200 hombres.

Según González de Herrera, se movía con todo sigilo y con mil precauciones para que los negros de Yanga no se dieran cuenta de que se aproximaban. Llegando a la selva, se le apersonó un español que traía un mensaje de Yanga.

El caballero aquel debió sentirse un poco ridículo: pese a todas sus precauciones, el mensaje afirmaba que hacía rato que Yanga y sus hombres conocían de su expedición y lo desafiaban a combatir.

Indignado, el español emprendió la batalla. Muchas escaramuzas y combates se dieron en la selva, ganando y perdiendo terreno unos y otros. Herrera logró llegar al pequeño pueblo construido por Yanga, y lo encontró vacío: habían escapado, internándose en la selva. González de Herrera continuó la búsqueda de los rebeldes, combatiendo aquí y allá, sin lograr dominarlos.

Entonces, Yanga se dirigió al virrey: ofreció negociar. Si él y los suyos recibían permiso para seguir viviendo en comunidad, con sus familias, sin perturbaciones ni persecuciones, entregarían a los esclavos recién fugados.

El virrey de Velasco miró con interés la propuesta: costaba mucho dinero andar persiguiendo a estos cimarrones tan organizados, y tenerlos en pie de guerra daría lugar a frecuentes rebeliones, cada vez menos controlables. De manera que accedió: les asignó territorio en las cercanías de Córdoba, y todos los que allí nacieran serían libres. Así nació San Lorenzo de los Negros,  que hoy es el municipio conocido como Yanga.

Pero el miedo no se fue. El virrey de Velasco había optado por la mejor solución. Intentaba apagar esa voz sorda, que cada tanto se hacía escuchar, en los rincones más disímbolos; esa voz que advertía que, un día, los negros volverían a sublevarse.

TRES AÑOS DESPUÉS…

Aparentemente, no fue sino un rumor amplificado por el miedo que nunca se había desvanecido.  No había virrey; gobernaba la Audiencia, y la presidía don Pedro de Otálora, quien, para hacer ver que sí había autoridad en el reino, se había trasladado a vivir al palacio virreinal. Pudo haber sido verdadero el rumor de una inminente rebelión de los negros; pero también era posible que alguno de los malquerientes del oidor Otálora, lo hiciera por perturbarle el gobierno. Pero aquellas voces aumentaron; el chisme se volvió amenaza, y los habitantes de la ciudad de México entraron en pánico. Dieron por hecho de que, en cualquier instante, los negros sacarían de entre sus ropas cuchillos y navajas, y matarían a cuanto europeo o criollo tuvieran enfrente.

El miedo es como una serpiente: se extiende, reptando, y se enrosca en el cuerpo de su víctima: lo asfixia, lo somete a un pavor lento, que lo mata antes de ser engullido. Aquel sentimiento alcanzó niveles de delirio: se dijo que en algún punto del camino entre la ciudad de México y Veracruz, ya había un campamento con varios miles de negros rebeldes; que, de noche, en los alrededores de las ciudades importantes del reino, rondaban tropas alzadas, en la oscuridad. Otros juraban que, si de noche se subía a las azoteas, se veían a lo lejos las hogueras de los negros rebeldes, cada vez más cerca. Aquellas historias se extendieron hasta la ciudad de Puebla, donde se vivieron momentos similares de terror.

Ciegos de pavor, los españoles de la ciudad sacaron, quién sabe de dónde, que los negros esclavos estaban ya en contubernio con los que venían de Veracruz, y que, inclusive, ya tenían fecha de alzamiento: el Jueves Santo de ese agitado 1612.

Otálora quiso ser eficaz, y probablemente perseguia un fantasma. Aumentó la vigilancia en la ciudad, y mandó suspender las ceremonias religiosas de la Semana Santa. Quienes vivieron aquellos días contaron después que, al oscurecer, la ciudad se quedaba absolutamente desierta: toda la gente, aterrada, se encerró en sus hogares.

La noche del Jueves Santo, unos porquerizos llegaron a la ciudad con una gran piara de cerdos. La ciudad enloqueció: los chillidos y gruñidos de los animales les parecieron los gritos de los negros renegados, que venían a apoderarse del reino. El miedo fue más fuerte que todo: ni siquiera las tropas del palacio virreinal asomaron a la calle a ver qué eran esos sonidos inquietantes. Nadie salió a la calle hasta la mañana siguiente.

Haya sido el miedo, haya sido el deseo de anticiparse y hacer lujo de fuerza para que nadie fuera a intentar la rebelión, Otálora puso a su gente a trabajar en lo que hoy parece una vulgar y atroz falsificación, invención de culpables de un delito que, aparentemente, no existía.

Pero eso no le importó al oidor: acabaron prendidos treinta y tres negros: veintinueve varones, cuatro mujeres, y a todos se les condenó a muerte.

En el día de Pascua de 1612, fueron ejecutados en la Plaza Mayor, nuestro Zócalo. Dicen los testimonios que la plaza estaba llena. Entre gran gritería, aquellos 33 desdichados fueron ahorcados y luego desmembrados.

Sus despojos fueron enviados a los caminos, para disuadir a cualquier cimarrón de emprender la aventura del alzamiento. Las cabezas de las víctimas quedaron ahí, en el lugar del suplicio. Y ahí se habrían quedado hasta convertirse en polvo, hasta que el mal olor que despedían hizo que la Audiencia temiera un contagio de algo insano, o una epidemia, a las mismísimas puertas de palacio. Mandaron quitar las cabezas de aquellos pobres esclavos. Pero el miedo no se fue. Y había razón. Un día, los esclavos se levantarían de nuevo.

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