Un estudio que analizó durante casi dos décadas la salud de 28 millones de adultos mayores en Estados Unidos encontró que la exposición prolongada a partículas finas contaminantes (PM2.5) aumenta el riesgo de desarrollar Alzheimer, incluso después de considerar factores como hipertensión, accidentes cerebrovasculares y depresión.
La investigación, realizada por la Universidad de Emory y publicada en PLOS Medicine, concluye que más del 95% del vínculo entre contaminación y Alzheimer se explica por el impacto directo de respirar aire contaminado, y no únicamente por enfermedades cardiovasculares asociadas.
Las PM2.5 son partículas microscópicas generadas por emisiones vehiculares, centrales eléctricas, incendios forestales y combustión de combustibles. Son tan pequeñas que pueden penetrar profundamente en los pulmones e incluso llegar al torrente sanguíneo, lo que facilita procesos inflamatorios y posibles daños a nivel cerebral.
Según explica Kyle Steenland, profesor de salud ambiental y epidemiología en la Escuela de Salud Pública Rollins de Emory, Estados Unidos y el autor principal del estudio, la relación entre exposición a PM2.5 y Alzheimer es “prácticamente lineal”: a mayor contaminación, mayor riesgo.
Los investigadores analizaron si la contaminación afectaba indirectamente al cerebro al provocar hipertensión o enfermedad cardíaca —factores conocidos de riesgo para demencia—, pero encontraron que esas condiciones explican menos del 5% de la asociación. El estudio también detectó mayor vulnerabilidad en personas que ya habían sufrido un accidente cerebrovascular, aunque aún no está claro por qué el cerebro resulta más susceptible tras ese evento.
¿Qué significa esto para la Ciudad de México?
El hallazgo cobra especial relevancia en ciudades como la CDMX, donde en los últimos meses se han activado de manera recurrente contingencias ambientales por altas concentraciones de ozono y partículas finas. Aunque el estudio se realizó con población estadounidense, la exposición a PM2.5 es un fenómeno global asociado al tráfico vehicular, la industria y fenómenos como incendios forestales, todos presentes en el Valle de México.
La investigación refuerza la idea de que mejorar la calidad del aire no solo impacta en enfermedades respiratorias o cardiovasculares, sino también en la salud cerebral a largo plazo. Además, advierte que las comunidades de menores ingresos suelen estar más expuestas a contaminantes, lo que podría ampliar desigualdades en salud.
¿Se puede reducir el riesgo?
Los expertos señalan que las decisiones individuales no compensan totalmente la exposición crónica, pero sí pueden ayudar a mitigar riesgos. Recomiendan:
- Revisar el índice de calidad del aire antes de hacer ejercicio al aire libre.
- Optar por actividades en interiores en días de mala calidad ambiental.
- De ser posible, utilizar filtros de aire de alta eficiencia en casa.
- Tratar de evitar zonas de tráfico intenso y horas pico.
El Alzheimer tiene múltiples causas —genéticas y ambientales—, pero este estudio sugiere que la contaminación atmosférica es un factor modificable que podría influir en millones de casos a futuro.
En ciudades que alternan entre contingencia y normalidad ambiental, la pregunta ya no es solo cuánto afecta el aire a los pulmones, sino cuánto está impactando silenciosamente al cerebro.