
“Lo que nunca le voy a perdonar al sexenio pasado es que haya acabado con la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio). Era un patrimonio nacional extraordinario”, aseguró el biólogo Antonio Lazcano.
El miembro de El Colegio Nacional, en compañía del biólogo, escritor y divulgador de la ciencia Andrés Cota Hiriart; y de Alejandro Cruz Atienza, director editorial de la institución, destacó que la Conabio vinculó la defensa del medio ambiente con la vida cotidiana: qué comemos, qué biodiversidad observamos e, incluso, qué olemos.
Lo anterior lo expresó durante la presentación de su libro más reciente, El retablo de las maravillas (El Colegio Nacional, 2025), en la Filuni 2025, que se realizó en el Centro de Exposiciones de la UNAM.
La publicación reúne ocho textos que Lazcano difundió en periódicos, revistas, capítulos de libros y catálogos de exposiciones, todos con el propósito de divulgar temas de biología y revalorar a figuras clave de esta ciencia, como Rachel Louise Carson, Aleksandr Ivánovich Oparin o Lynn Margulis, con quienes mantuvo una relación profesional y amistosa.
Según relató, pudo convivir con grandes personalidades de la biología porque le tocó una época en la que la ciencia era ajena a temas financieros y a publicar artículos en serie, como en la película Tiempos modernos de Chaplin.
“Éramos grupos muy pequeños. Quienes estudiábamos el origen de la vida apenas sumábamos 200 en todo el mundo. Yo tuve la suerte de que, cuando entré al campo, me vieron como colega y amigo, aunque yo me sintiera estudiante. Esa transición cambió horrendamente: ahora la ciencia se parece a Tiempos modernos, con gente apretando tuercas y poniendo cajas, mientras se pierde la relación personal con el investigador”.
En este sentido, de Margulis, quien propuso que las células complejas —como las mitocondrias y los cloroplastos— fueron bacterias independientes que se integraron hace millones de años, recordó que solía llamarlo de madrugada para compartirle hallazgos de laboratorio.
Añadió que, cuando se conocieron y ella supo que Lazcano era mexicano, lo saludó en perfecto náhuatl, lengua que la bióloga aprendió en menos de un año en Tepoztlán, Morelos, durante unas prácticas de campo. Fue ahí mismo donde Margulis conoció a Carl Sagan, con quien después se casó. Así, Lazcano se convirtió en amigo cercano de la pareja.
Sobre Carson, cuya obra Primavera silenciosa (1962) contribuyó a despertar la conciencia ambiental, señaló que se siente “muy orgulloso de haber rescatado su figura”. Relató que la científica comenzó su investigación luego de que un colega le comentara que ya no se escuchaba el canto de las aves como antes. Carson descubrió que la causa era el uso masivo de DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano), un insecticida que estaba diezmando a los insectos y, en consecuencia, a las aves.
Publicó sus resultados en revistas de vanguardia. “Si perdemos a las aves, no sólo perdemos la visita de la primavera. También la polinización y el equilibrio de los ciclos ecológicos”, dijo Lazcano.
“Me sorprende que, en un país con grandes ecólogos como Julia Carabias o el doctor José Sarukhán —también miembros de El Colegio Nacional—, no hayamos recuperado la figura de Carson. Y me sorprende que, en el esfuerzo legítimo de las jóvenes científicas por visibilizar a las mujeres en la ciencia, ella no haya sido considerada”.
En el libro El retablo de las maravillas, Lazcano también rescata figuras de la ciencia durante el porfiriato, como Alfonso L. Herrera, quien “asumió la cultura científica como una forma de democratizar el conocimiento”. Según explicó, Herrera fue uno de los fundadores del Zoológico de Chapultepec y del Museo de Historia Natural.
Respecto a este último, Lazcano recordó fotografías en las que se ve a niños indígenas con madres; visten ropa de manta y están descalzos. El grupo ve con asombro al esqueleto de un dinosaurio. Así, sobre la labor de Herrera dijo el biólogo: “Eso era divulgar la ciencia, democratizar la ciencia”, concluyó.