La novela Cometierra, escrita por la autora argentina Dolores Reyes, propone desde su premisa un universo inquietante y cargado de simbolismo: Aylín, una adolescente de un barrio marginal, tiene la capacidad de conectarse con personas desaparecidas o asesinadas al comer tierra de los lugares donde estuvieron. A partir de este don —o condena—, la protagonista se convierte en una suerte de oráculo involuntario en un contexto marcado por la violencia, los feminicidios y las ausencias que atraviesan a América Latina.
El arranque de la novela es contundente. En las primeras páginas, Aylín narra el asesinato de su madre a manos de su padre, un hombre violento que además termina por abandonar a la familia. Este inicio es uno de los puntos más fuertes del libro: seco, brutal y emocionalmente eficaz. Reyes logra, en muy pocas páginas, construir una atmósfera de dolor, desamparo y rabia que atrapa al lector y anticipa una historia potente, tanto en lo narrativo como en lo político.
Sin embargo, tras ese primer capítulo, la novela comienza a perder fuerza. A pesar de que los capítulos son breves —la mayoría no supera las cinco páginas—, la historia parece estancarse. Cometierra es un libro corto, de apenas 177 páginas, pero da la impresión de que buena parte de ellas son prescindibles. La trama avanza de manera difusa, sin un verdadero desarrollo dramático, y el hilo narrativo, aunque comprensible, no termina de construir una progresión sólida ni de profundizar en los conflictos internos de la protagonista.
El personaje de Aylín, que podría ser el gran eje emocional de la novela, no logra evolucionar de forma significativa. Sus experiencias, visiones y encuentros no la transforman ni la complejizan; más bien, se repiten con variaciones mínimas que no aportan capas nuevas a su psicología ni a su relación con el mundo. La historia parece girar en círculos, como si el relato se negara a avanzar o a asumir riesgos narrativos más profundos.
En cuanto al tratamiento del tema de las desapariciones y los feminicidios, la novela se queda en un terreno ambiguo. Si bien aborda una problemática real y urgente, lo hace de manera superficial. Los casos que llegan a Aylín se resuelven de forma rápida e inverosímil, casi mecánica, y el don de “comer tierra” termina funcionando más como un recurso narrativo conveniente que como una herramienta simbólica verdaderamente explorada. La violencia está presente, pero no alcanza una dimensión perturbadora ni logra interpelar con la fuerza que el tema exige.
Cometierra es, en suma, una novela con una idea inicial poderosa y un comienzo memorable, pero que no consigue sostener su propia promesa. Lo que pudo ser un relato incisivo sobre la violencia de género, la marginalidad y la memoria de los cuerpos ausentes, se diluye en una narración plana que deja más preguntas que resonancias. Una obra breve, sí, pero a la que le sobra extensión y le falta profundidad.