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Cuento

Los caballeros Jedi no tienen memoria

El día que di el claquetazo iniciar, aún no acababa de ver todas las películas de Star Wars.  No era fan. Nunca lo fui. Por más que llevara puesta una camiseta con el rostro de Darth  Vader. Una que hacía juego con mis calzones, mis calcetines y mi cachucha. Incluso con mi  tatuaje. 

Comenzó el día de mi cumpleaños número 27. A Jacqueline, una compañera, se le ocurrió que sería chistoso regalarme una taza con forma de R2D2. Porque me  llamo Arturo y, desde los años 80, hay quienes creen que el nombre del robot con forma de supositorio es un diminutivo de mi nombre. Pero en la agencia publicitaria donde trabajo se bebe café, mucho, y una taza representa un artículo de primera necesidad.

Así que empecé a usar todos los días mi taza de R2D2. A llevarla a las juntas, a  colocarla junto a mi computadora cuando redactaba algún copy o a servirme chocolate  en ella, cuando era cumpleaños de alguien y partíamos un pastel en el comedor. 

Jacqueline y yo iniciamos una relación. Sucedió después de una tarde en la que nos  fuimos a tomar cerveza con otros compañeros. La saqué a bailar y así, abrazados, me  preguntó si me gustaba mi taza. Nunca había reparado mucho en ella. Me funcionaba y punto, pero  con tal de agradarle le dije que sí. Nos besamos. El día siguiente era sábado y Jacqueline me llamó por teléfono para decirme que me tenía una sorpresa. Nos quedamos de ver en un  Centro Comercial y cuando ella llegó, se veía más hermosa que el día anterior. No estaba cruda, como yo. 

—Mira, me costó, pero los conseguí. Para que veas cuánto te quiero. 

Me mostró dos boletos para la función anticipada del nuevo episodio de Star Wars.  La película comenzaba en un par de horas.

—Gracias… —dije, aunque en realidad no tenía ni idea en qué episodio iría la saga. Yo  había visto tal vez un par cuando era niño. Pero no recordaba nada de ellos. 

Pasamos a la dulcería. Tenía tanta sed, por culpa de los tragos de la noche anterior,  que pedí el refresco más grande que hubiera. No me había dado cuenta que se trataba de una  reproducción de 30 centímetros de alguno de aquellos personajes galácticos. Cuando me entregaron aquel bálsamo helado, me lo llevé a la boca para sorber con desesperación el popote. 

Jacqueline soltó una risa: 

–Ustedes los fans de Star Wars son como niñotes. Seguro has de tener tu casa llena  de estas cosas. 

Vimos la película. No entendí nada. En algún momento, mi novia me susurró que  alguna vez le tendría que explicar cómo funcionada aquel universo del que no tenía ni la más remota idea. También me advirtió que no me acostumbrara a escoger la película. La próxima vez elegiríamos una comedia romántica. No tuve el valor de decirle que mi película favorita de todos los tiempos era Loco por  Mary

Cuando salimos, la llevé a un hotel. Después de besarnos, se tiró bocarriba sobre la  cama y se quitó los jeans. 

—Me puse esto sólo para ti. 

Ignoraba que hubiera tangas de Darth Vader o dónde diablos se compraban.  Pero Jacqueline se había puesto una. 

Mi casa comenzó a llenarse de juguetes. La gente me los obsequiaba en Navidad, el día de mi cumpleaños o a veces sólo porque sí. A mí me daba pena tirarlos, pero tampoco los  abría, porque no le encontraba sentido. Un día vino a buscarme un reportero de televisión.  Me dijo que con motivo del May the 4, el Día Mundial de Star Wars, estaban buscando coleccionistas de objetivos alusivos a la saga. Alguien de la agencia —luego supe que fue  Jacqueline— le había hablado de mí y me preguntó si podía traer una cámara para tomarme  fotos junto a mis juguetes cerrados. 

Ese día me había puesto la camiseta de Darth Vader que me habían obsequiado en el  último intercambio de Navidad en la oficina. Y estuve bebiendo agua en el vaso que compré  aquella primera vez que Jacqueline y yo fuimos al cine. Porque tenía sed y era el más grande  que había en mi casa.  

Salí en la tele. Una noche antes, estaba aterrado. Imaginé que el reportero me  preguntaría cosas específicas y puntuales acerca de los personajes que engrosaban mi tesoro.  Tesoro que últimamente comenzaba a robarme espacio dentro de mi propia casa y, que si por  mí hubiera sido, lo hubiera echado a la basura. La verdad es que yo seguía sin tener idea de  nada. Cada vez que íbamos al cine a ver alguna nueva entrega de Star Wars, luchaba por no  quedarme dormido. No entendía el orden de las películas ni a qué raza pertenecía cada  personaje. Pero Jacqueline insistía en comprar boletos para cada nuevo estreno de  medianoche. Sólo para “complacerme”. 

El día que me entrevistaron me hicieron preguntas a las que sí pude responder.  “¿Recuerdas cuál fue el primer objeto que tuviste de Star Wars?”. Sí, mi taza de R2D2.  “¿Cuántos tienes hoy?”. “Cerca de tres mil cosas”. La cifra la inventé, pero la realidad es que  nadie —ni yo– se tomaría la molestia de contarlas. “¿Y el más reciente cuál es?”. Se trataba de un poster original que uno de mis clientes me ofreció como pago por uno de mis servicios como  publicista. “Si escribes, eres geek y si eres geek, te gusta Star Wars”, dijo sin darme la  oportunidad de contradecirlo. Además, yo ya usaba camisetas con la cara de algún personaje de George Lucas  casi a diario. Jacqueline, mis amigos, mis papás… todo mundo me las regalaba porque siempre me veían usando una… y pensaban que era lo único que me ponía. A mí me causaba culpa echarlas a la basura, porque eran regalos. Así que mejor me deshice del resto de mi ropa, la que no tenía que ver con Star Wars

Cuando salíamos con otros amigos, yo tenía prohibido hablar de Star Wars. “Si  empieza, ya no lo paras”, decía le Jacqueline a los demás. Aunque la verdad es que yo nunca había dicho una palabra de la saga, porque no tenía nada qué decir. Así que para mí resultaba un alivio que el tema no se pudiera tocar durante las escapadas. Eran los únicos momentos en que me permitía relajarme. 

Jacqueline y yo nos casamos. Al año, quedó embarazada. Una noche me preguntó que  si estaba enojado, porque no hablaba. Lo que tenía era estrés. En la agencia donde trabajaba me habían encargado  presentar una idea del Día del Padre para una marca de rastrillos. Todo lo que se me ocurrió fue parodiar una escena de Star Wars, la única que recordaba completa. Porque estaba  impresa en una de mis camisetas. Aquella en la que Darth Vader le revela a Luke Skywalker que lo engendró. Mi propuesta fue colocar a un hombre delante de su hijo con un  globo de texto que dijera: “Luke, soy tu padre… por eso te enseñaré a afeitarte”. Sabía que  el cliente odiaría mi boceto, que pensaría que era una estupidez y me quedaría sin trabajo. Eso era lo que me consternó. 

Pero Jacqueline empezó a llorar sin darme oportunidad de explicarle nada. Me dijo  que estaba bien, que sabía que Star Wars era lo más importante en mi vida. Yo intenté argumentar lo contrario, pero ella me preguntó: “¿Lo que estás pensando ahorita tiene que ver con Star Wars?”. Tuve que  responderle que sí, pero no me dio oportunidad de entrar en detalles. 

—Está bien, pongámosle Luke al niño… O Leia, si es niña. Cualquier cosa con tal de que no termines dejándome por otra friki igual que tú— dijo, mientras se secaba las lágrimas 

Al cliente le fascinó mi idea. En agradecimiento, me volvieron Director Creativo de la agencia. La  empresa me hizo un regalo como agradecimiento por el dinero que le hice ganas. Un viaje con todos los gastos  pagados al rancho Obi-Wan en Estados Unidos. Yo no sabía, pero me enteré por Google que se trataba de un museo montado por un coleccionista, poseedor del mayor inventario de juguetes de Star Wars. Un sitio que se había vuelto destino de peregrinación para los devotos de las películas.  Desde que Jacqueline me obsequió aquella taza de R2D2 tuve que investigar muchas cosas  en Internet, al grado de que un día el Ingeniero en Sistemas de la agencia me dijo: 

—Estás cabrón, tu historial de búsqueda está lleno de cosas de Star Wars. Se nota que  eres fan… 

Tuvimos que aplazar el viaje hasta que mi hijo, al que le pusimos Arturo, como yo,  pero le decíamos de cariño R2D2 (le decía Jacqueline, porque yo intentaba hacerlo lo menos posible) tuvo edad como para quedarse con sus abuelos. En el ínter, la agencia recibió una demanda de parte de la empresa a quien pertenecían los derechos comerciales de las películas de George Lucas. Al parecer no le había hecho ninguna gracia mi comercial para vender rastrillos. El dueño me dijo que sería yo quien tendría que enfrentar al representante legal de Star Wars, debido a que había sido mi idea la de explotar el eslogan: “Luke, soy tu padre… y por eso te enseñaré a afeitarte”. 

Ya me veía sin trabajo. La junta tendría lugar el lunes. El sábado por la tarde me  encontraba paseando junto a Arturo y Jacqueline cuando por casualidad pasamos delante de un estudio de tatuajes. Uno de los artistas salió corriendo para alcanzarme. Jadeando me explicó que me había reconocido. Había visto la entrevista que me hicieron en la televisión para hablar de mi colección de juguetes, la misma que, por cierto, competía con mi hijo por la  misma habitación de la casa. Reconocí, avergonzado, que en efecto se trataba de mí. El tatuador también era fan de Star Wars; mejor dicho, él sí lo era. Se quitó la camisa ahí donde estábamos, en medio  de la banqueta, y me mostró el pecho y la espalda. Tenía dibujados a la mayoría de los  personajes que yo había buscado en Google.

—Permíteme regalarte un tatuaje de Star Wars, sería todo un honor. De Caballero Jedi a  Caballero Jedi— me dijo. 

Me cuesta mucho decir que no, sobre todo cuando las personas son amables. Sin  embargo, las camisetas eran una cosa, pero dejar que alguien me metiera tinta bajo la piel era  demasiado… 

—¿Qué personaje te gustaría? —me preguntó. 

Le iba a decir que ninguno, pero Jacqueline se me adelantó. 

—¿Por qué no te haces a R2D2? Simbolizaría muchas cosas: la taza que te regalé y por la que nos enamoramos, a nuestro bebé Arturito Anakin… 

Sí, el segundo nombre de nuestro hijo era Anakin, que sonaba ridículo con mi apellido. Fue así como terminé con un gigantesco R2D2 desde el pecho hasta el ombligo. Me  dolió como la puta madre. Pero peor hubiera sido discutir con Jacqueline y que pensara que  no quería tatuarme a nuestro hijo, porque tenía una amante a la que quizá le gustara otro personaje. 

El lunes se presentó a la junta el apoderado de los derechos en México de Star Wars junto con otro de sus colaboradores. Venían dispuestos a destruir nuestra agencia. Hasta que uno de ellos notó que me había tatuado. Aún llevaba la cubierta de plástico que te ponen para evitar  infecciones, pero se me asomaba el trazo por el cuello.  

—¿Es R2D2?— me preguntó.  

Terminé levantándome la camisa. Tanto el apoderado como sus compañeros no  podían creerlo. 

—¿Pero de verdad eres fan o por qué lo has hecho? 

Entonces el dueño de la agencia tomó la palabra. Les contó que yo no hablaba de otra cosa que Star Wars, que tenía una colección enorme de figuritas de acción y que me habían entrevistado en un noticiero. También les dio detalles de mi relación con Jacqueline, que había soportado estoica mi fanatismo y había accedido a que llamáramos Arturito, como homenaje a R2D2, que me había ganado un viaje al rancho Obi-Wan, aunque no había  podido hacerlo efectivo… 

La junta terminó con el apoderado anunciando que retirarían la demanda y que no  sólo eso, sino que se encargaría de que entrara yo a trabajar con ellos, en Lucasfilms. 

–Quién sabe, un día podrías terminar dirigiendo algún episodio de la saga– dijo entre  risas cuando se despidió. 

Pero así fue, en efecto. 

Cómo llegué hasta aquí serviría como base para rodar una película. Es probable que cuando termine con esta que empezaré a dirigir yo, yo mismo la escriba. Si antes los estudios no me encomiendan otra de Star Wars.

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