Hay lugares donde el cine no se “produce” en el sentido industrial del término, sino que se construye desde la atención. Donde la cámara no llega como un aparato que impone, sino como un gesto que escucha. Aterrizaje Lunar, cortometraje producido por SHOTBYCURTA, nace de esa lógica. No busca escapar del territorio que lo rodea, sino dejarse atravesar por él. Filmado en las playas de San Carlos, Sonora, y concebido desde Guaymas y Hermosillo como ejes culturales y afectivos, el proyecto se inscribe en una tradición persistente del cine independiente sonorense: aquella que entiende al paisaje no como fondo, sino como fuerza narrativa.
En Sonora, el horizonte nunca es neutro. El desierto, el mar y la ciudad conviven en tensión constante, y esa fricción moldea la forma en que se vive y se crea. Crecer aquí implica aprender a moverse entre extremos: entre la amplitud del paisaje y las limitaciones estructurales, entre el deseo de partir y la necesidad de permanecer. Aterrizaje Lunar toma esa condición liminal (a la que podemos referirnos como la vida en tránsito) y la convierte en su eje conceptual.
El cortometraje está construido a partir de los cuatro temas del EP Epifanía, un proyecto colaborativo de los artistas sonorenses BOLD y RA por estrenarse en abril de este año. Más que ilustrar las canciones, la película propone una narrativa visual continua que permite que los temas dialoguen entre sí a través de imágenes, silencios y transiciones. El resultado es un relato que sigue a dos jóvenes creadores mientras exploran el impulso de ir más lejos sin perder el arraigo, de imaginar futuros posibles sin despegarse del suelo que los sostiene.
La película se organiza en cuatro actos, cada uno asociado a una canción del EP. A lo largo del cortometraje, la iconografía espacial aparece de manera constante: lunas falsas, camisetas de la NASA, estrellas de plástico, aviones de papel. Sin embargo, estos elementos no remiten a la ciencia ficción como escapismo, sino como un lenguaje íntimo. Aquí, el espacio exterior no es una promesa de huida, sino una forma de nombrar los deseos, las preguntas y las expectativas que acompañan el crecimiento. Soñar no es irse, sino aprender a habitar el presente con mayor conciencia.
La referencia a Le Voyage dans la Lune (1902) de Georges Méliès es explícita, pero funciona más como una inversión conceptual que como un homenaje literal. Si en la película de Méliès el viaje al espacio representaba la conquista de lo desconocido, Aterrizaje Lunar propone el movimiento contrario: que la luna llegue a la Tierra, que el asombro caiga sobre la arena de una playa sonorense. En este gesto hay una declaración clara sobre el tipo de cine que se busca hacer: uno donde la fantasía no sirve para evadir la realidad, sino para mirarla con mayor atención.
Esta decisión adquiere un peso particular en el contexto del noroeste de México. Hacer cine independiente en Sonora implica trabajar desde una periferia múltiple: geográfica, industrial y simbólica. Lejos de los grandes centros de producción, los proyectos se sostienen a partir de redes comunitarias, colaboración y una relación directa con el entorno. Aterrizaje Lunar no intenta disimular esa condición ni adaptarse a un lenguaje centralizado. Al contrario, se afirma en su escala y en su cercanía. Las locaciones (playas, carreteras costeras, espacios domésticos) no buscan espectacularidad, sino reconocimiento.
El cortometraje entiende que crecer como artista desde este contexto es vivir permanentemente entre quedarse y partir. Por eso no dramatiza el proceso ni lo resuelve. Lo acompaña. Se mueve entre la nostalgia y el presente sin idealizar ninguno, y plantea el crecimiento como algo abierto, inestable y en constante movimiento.
La música de Epifanía sostiene esta atmósfera con precisión. El EP habita una zona híbrida entre hip-hop melódico, rap alternativo y pop experimental, con sintetizadores etéreos y beats contenidos que privilegian el espacio y la respiración. Cada canción puede escucharse de manera independiente, pero al integrarse en la narrativa visual adquiere una dimensión distinta, más expansiva.
En ese sentido, Aterrizaje Lunar funciona tanto como película como gesto cultural. Reafirma que el cine regional no es una categoría menor, sino una forma específica de pensar el mundo desde un lugar concreto. San Carlos no aparece como una locación intercambiable, sino como un territorio vivo que moldea la sensibilidad de quienes lo habitan. El proyecto dialoga con una generación de creadores que concibe el arte no como algo separado de la comunidad, sino como una extensión de ella.
El estreno oficial del cortometraje está programado para abril, con funciones en Guaymas y Hermosillo, cerrando un ciclo que comenzó en la costa y regresa al público que le dio origen. Más que una premiere, se plantea como un encuentro: una oportunidad para pensar qué significa hacer cine hoy desde Sonora y por qué sigue siendo importante apostar por narrativas que no buscan despegar del todo, sino aprender a moverse con la gravedad.
Desde mi experiencia como periodista cultural, editora y escritora nacida en Sonora, he aprendido que las historias que perduran no son las que prometen escape, sino las que ofrecen profundidad. Aterrizaje Lunar pertenece a esa estirpe. Su fuerza no reside únicamente en su imaginería o en su ambición formal, sino en su capacidad de recordarnos que, en este territorio, soñar siempre ha sido una forma cotidiana de resistencia: no volar para huir, sino para entender mejor cómo habitar el mismo cielo.