El actor, director y dramaturgo mexicano Marco Norzagaray presenta Contemplar a la manada, una obra que profundiza en la violencia, las masculinidades, la migración y la paternidad desde una mirada íntima, política y profundamente humana. Radicado desde hace una década en Buenos Aires, el creador comparte cómo su trayectoria personal y artística se entrelaza para construir un teatro que interpela, incomoda y, sobre todo, invita a pensar.

Formado como actor en la Casa del Teatro, en Coyoacán, Norzagaray comenzó su carrera en los escenarios mexicanos, integrándose a distintas compañías donde el trabajo colectivo lo llevó, casi de manera natural, a involucrarse en la dramaturgia. En 2013, realizó su primera coautoría junto al dramaturgo Alejandro García, obra con la que emprendió una gira autogestiva por Argentina, Chile y Uruguay. Aquella travesía, que inició como un viaje artístico y terminó convirtiéndose en un giro de vida, lo llevó a establecerse en Buenos Aires, ciudad donde ha desarrollado la mayor parte de su producción reciente.
“Me fui con una obra en una maleta y mi ropa en la otra. La gira se volvió una especie de vacación pagada con trabajo, hasta que un día me enamoré, me quedé, me casé y terminé viviendo allá”, relata. Fue en ese contexto donde, al quedarse sin un equipo de trabajo cercano, encontró en la escritura una vía necesaria de expresión. Tras obtener una residencia Iberescena, inició su camino como dramaturgo en solitario, escribiendo y dirigiendo proyectos propios, entre ellos Estación Naranjo y El síndrome del Jamaicón, esta última centrada en la experiencia migrante.
Actualmente, Norzagaray reside en Buenos Aires, aunque viaja constantemente por América Latina presentando sus obras, gracias al apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales. Su quehacer escénico lo ha llevado a reflexionar sobre las diferencias entre el teatro mexicano y el argentino, dos ecosistemas profundamente distintos.
“Buenos Aires es, probablemente, una de las ciudades con más teatros en el mundo. Eso genera una democratización enorme del acceso al teatro, pero también un mercado laboral muy complejo. En México, en cambio, el teatro está más institucionalizado, más centralizado y muy marcado por una división clara entre el teatro de arte y el comercial”, explica.
En ese ir y venir entre países, identidades y experiencias, surgió la necesidad de abordar temas que lo atravesaban profundamente: la migración, la paternidad y, especialmente, las masculinidades. Padre de una niña de ocho años, Norzagaray reconoce que la llegada de su hija detonó una revisión profunda de sus prácticas cotidianas, sus privilegios y su manera de habitar el mundo como hombre.
“Cuando nació Julia, me dio una patada en mi macho. Me obligó a preguntarme quién era yo realmente, más allá de sentirme progresista o aliado. Y eso se volvió una pregunta artística”, confiesa.
Este proceso personal coincidió con su llegada a una Argentina atravesada por el movimiento feminista, el surgimiento de Ni Una Menos y la lucha por la legalización del aborto, contextos que lo impulsaron a mirar críticamente su propia masculinidad. De ahí nació una investigación escénica que dio forma a una trilogía teatral, cuya segunda parte es Contemplar a la manada.
La obra, de carácter docuficcional, combina investigación científica, elementos autobiográficos y ficción para explorar el origen de la violencia masculina. En su búsqueda, Norzagaray se adentró en el estudio del comportamiento de los chimpancés, animales con los que compartimos el 99% de nuestra genética. Inspirado en los estudios de Jane Goodall, reflexiona sobre cómo la organización social de estos primates revela una política del cuidado y la ternura que contrasta con los modelos patriarcales predominantes.
“Descubrí que los chimpancés construyen sus jerarquías no solo desde la fuerza, sino desde el cuidado, desde quién limpia a quién, quién se deja tocar. Ahí hay una política de la ternura. Entonces me pregunté: si nosotros también tenemos esas dos pulsiones, ¿por qué privilegiamos culturalmente la violencia?”, plantea.
En escena, Norzagaray construye un dispositivo teatral que difumina las fronteras entre lo real y lo ficticio, invitando al espectador a cuestionar constantemente lo que ve. Para él, el teatro sigue siendo un espacio privilegiado de encuentro, contemplación y reflexión colectiva.
“En una época dominada por la velocidad, el teatro nos obliga a detenernos. La gente deja el celular, se traslada, paga un boleto y se entrega a una experiencia sin saber qué va a pasar. Eso implica una enorme responsabilidad. El teatro sigue siendo un espacio donde podemos conmovernos juntos, reconocernos y sentir que no estamos solos”, afirma.
El título Contemplar a la manada surge precisamente de esa idea: reivindicar la contemplación como un acto de resistencia frente a la inmediatez y la saturación digital. Para Norzagaray, detenerse a mirar y pensar se ha vuelto una forma de militancia artística.
Además de su trabajo individual, el dramaturgo forma parte de la llamada “diáspora taquera”, un colectivo de artistas mexicanos radicados en Buenos Aires que busca generar redes de colaboración y visibilizar la producción cultural binacional.
“Queremos reclamar un nuevo espacio Argenmex, no solo como herencia histórica, sino como una generación activa que produce poéticas, estéticas y pensamiento desde la migración”, explica.
Contemplar a la manada se presentará en el 77 Centro Cultural Autogestivo, ubicado en Abraham González 77, colonia Juárez, en Ciudad de México, con funciones el viernes 13 de febrero a las 20:30 horas, sábado 14 a las 19:00, domingo 15 a las 18:00 y una función extra el miércoles 25 a las 20:30 horas.
Más que una obra, la propuesta de Marco Norzagaray es una invitación a mirar de frente nuestras contradicciones, cuestionar nuestras herencias culturales y abrir un espacio sensible para pensar las nuevas masculinidades desde la empatía, el cuidado y la reflexión colectiva.