Hace poco logré deshacerme de Buda. Quiero decir, de una figura de Buda que, durante años, se negó a visitar el vertedero. Era roja, fea y con las esquinas despostilladas debido a algún descuido doméstico. Nunca pude tirarla, pues había sido un regalo de mi madre, así que me conformaba con esconderla hasta que desapareciera entre los estantes o bajo las juguetonas garras de mis gatos.
A pesar de mis intentos, siempre terminaría acabando en mi cuarto, en la cocina, en el baño, o en cualquier área relevante de la casa. Durante años creí que mi mamá era quien devolvía el milenario adorno a su lugar, pero tras cuestionarla en varias ocasiones y, obteniendo siempre negativas de su intervención, opté por aceptar que siempre existirá un objeto de la casa que nos persigue.
La figura desapareció hasta hace unos meses tras la visita de unos cargadores que me entregaron el refrigerador con el que buscaba comenzar una vida independiente. Ese frigorífico me costó tres meses de mi sueldo y, así como al gran Buda, diferentes rasguños se negaron a esfumarse, producto del descuido o de un mal almacenamiento, que me condenaron a devolverlo una y otra vez.
Durante un tiempo asocié su aparición con mi pereza por buscar algún modelo de entrega inmediata que pudiera transportar yo mismo. No obstante, debido a las doce horas que trabajaba al día y a mi ignorancia en electrodomésticos, pedí ayuda a un tío que llevaba años en el ramo e hizo cierto capital dedicándose a ser prestamista. Tal vez, a partir de ese momento, la suerte me acompañaría y comería como una persona decente. Quizá, dentro de poco, le terminaría pegando al gordo o comenzaría a decir la verdad acerca de aquella mañana que cambió mi incipiente realidad.
Fui diagnosticado como sociópata. Mi psicólogo me explicó que ese padecimiento solía venir acompañado de comportamientos bipolares y que por esa razón me había refugiado en los libros y películas. Comencé leyendo a Julio Cortázar y viendo a Monica Belluci en escena, cuyas escenas me gustaba embellecer con música de Serge Gainsbourg y Georges Brassens.
Mi exilio comenzó cuando, al cumplir los veintidós, escapé de la convivencia rutinaria y de Buda. No quería ser molestado, y conseguí un buen alquiler en uno de los edificios más viejos de la zona. Su inaccesibilidad ayudaba a disminuir el precio y a evitar cualquier visita inesperada. Los pasillos estrechos y arquitectura antigua eran un reto para la mudanza y, seguramente, cualquier mueble que intentará entrar en mi guarida no terminaría ileso, tal como había sucedido ya en tres ocasiones.
Meses después de abrazar la soledad, decidí que quería morir como escritor. Deleuze, Hemingway, Virginia Woolf y tantos otros y otras me mostraron el camino: lanzarme por la ventana, introducir una pistola en la boca, ahogarse en la regadera o beber hasta morir eran evidencia de que quería seguir sus ejemplos para convertirme en artista; aunque, confieso, que mi principal referencia fue Robert Walser y su decisión de huir de la sociedad para internarse en un psiquiátrico. Leí que el número de su habitación fue la 3561. También Thomas Bernhard pasó gran parte de su juventud excluido de la modernidad, producto de enfermedades respiratorias, dejando testimonio en una serie de libros que narraron la pesadumbre y el poder del arte para soportar los golpes de la realidad. Dichos ejemplos eran perfectas referencias para un asmático con tendencias suicidas.
Tenía 3561 razones para suicidarme, pero no el talento para hacerlo, por lo que ideé un plan: el primer paso, era conservar mi anonimato para facilitar mi trayecto a la posteridad. Mi muerte no debía ser el camino obvio de un desgraciado. Conocer demasiado a alguien es el camino para que deje de ser interesante. Durante años fui un lector asiduo de novela negra, y sé que el lector permanece en vilo cuando no sabe con exactitud los motivos para actuar de los personajes, embargando a su figura de un aura de misterio.
Morir no es noticia hasta que cumple con tres condiciones: sigilo, sorpresa y público. Sólo había un problema: era callado, pero no había a quien pudiera interesarle mi deceso. Sólo las multitudes eran capaces de volver héroes a los desdichados. Podía ser recordado si lograba sopesar alguna forma espectacular de dejar este mundo. Ante sonora tragedia nadie más alquilaría el lugar, rondaría mi nombre en voz de la muchedumbre y, por qué no, pasaría de un cadáver a leyenda urbana. Quizá, con el tiempo, se coloque una placa en las escalinatas del edificio o sea una atracción turística; lugar al que chicos y grandes acuden a tomarse la foto, por anecdotario. Lo único que deseo es que el arrendador en turno no se aproveche demasiado de mi sangre. Aunque pensándolo bien, ¿por qué habré terminado así?
Todo inició una mañana de tormenta. A partir de ese chubasco nació mi fobia hacia la música clásica y las sorpresas afectivas. Había comenzado a escribir, tenía la rutina de levantarme cerca de las cinco de la mañana para dedicarle dos horas a mi prosa, ya que me permitía llegar puntual al trabajo que drenaba el resto de las energías que tendría durante el día.
Era sábado, y aunque no tenía que levantarme tan temprano, debía esperar el refrigerador, que aseguraron llevar a mi domicilio cercana las nueve de la mañana. Leía acompañado de Leonard Cohen, deseando que un día mis estantes tuvieran en el centro mi primera
publicación. Me gustaban los cuentos, ya que eran breves, sorpresivos y algunos más tiernos debido a que expresaban las esperanzas del ser humano. Terminé un centenar, hasta convencerme que todo puede cambiar para alguien, por más desgraciado que sea. Sin embargo, la razón que me haría pensar lo contrario tocó a mi puerta.
Antes de la interrupción, bosquejaba el epitafio perfecto, acudiendo a los diarios de Pizarnik y marcando con ahínco sus últimas notas, pero confieso que la apología de Julio Ramón Ribeyro al tabaquismo fue la que me motivó a contarles esto. La razón era obvia: entendía su adicción, como la obsesión que comenzó para mí ese día.
Era veintisiete de abril. Una mujer llamó a mi puerta con desesperación, como sólo lo hacen las malas noticias. Para mi sorpresa, no aludía al refrigerador que esperaba, sino supuestamente a la vecina que acaba de mudarse al departamento contiguo. Llevaba un vestido blanco y largo, zapatillas color ocre, y debía de tener alrededor de cuarenta y cinco años: lo sabía porque hace tiempo dejé de desear jovencitas y las ancianas no salían de sus casas. Le sostuve la mirada; me pareció atractiva en su atrevimiento. Ella me miró con ojos de terror. Las luces de los relámpagos del mediodía le dieron un toque tétrico al encuentro. Noté el sudor de su frente. El silencio desapareció y dijo:
—Tengo fobia a las tormentas. Mi marido se fue.
No sé si recordé a mi madre, pero su sinceridad se ganó mi confianza.
—¡Cómo es posible que te abandonará! Nadie sale de la casa cuando llueve, y menos los hombres felices —respondí.
Mis palabras provocaron que la tormenta se hiciera más intensa. La invité a pasar, observando con preocupación lo pálido de su rostro, y fui a la cocina a prepararle un café. Segundos después, sentí sus brazos sobre mi espalda, como si un ángel quisiera apuñalarme y devolverme el corazón con el helado tacto de sus manos.
Ese día algo cambio, siempre creí que un hecho extraordinario sucedería, y sin pensarlo la tormenta lo atrajo hacia mí, como la lluvia que pasea sobre las calles hasta que se detiene en un punto. Poseído por un sentimiento que había olvidado, la llevé a la alcoba y la abracé fuertemente contra mi pecho. Ella temblaba. Había venido a buscar protección y, sin saberlo, también me salvó. No sabría describir con precisión lo que sucedió después. El sonido de la lluvia espesa enmudeció la habitación, en mitad de la quinta sinfonía de Beethoven.
Siempre nos equivocamos respecto a las personas: primero a su favor, luego en su contra. Al terminar la tormenta, ella se fue, prometiendo volver.
Meses después, me enteré de que su marido la llevó a vivir lejos de la ciudad, a un punto apartado, lleno de sequías y donde la lluvia aparece solamente como un milagro. Desde entonces, mis cortinas permanecen cerradas en los días soleados, pero las nubes grises llaman mi atención y espero la próxima tormenta.
Ella nunca volvió. A partir de ese suceso comencé a beber, motivado por Rimbaud y Faulkner. Ambos compartían la idea de que la existencia se parecía a una pesadilla de la que solo el estado etílico podía rescatarte, aun en los días más desoladores. La bebida era motivo suficiente para darle oportunidad a la vida.
Proust mintió. Nada se modifica si yo cambio, lo único que se altera es la capacidad de soportar la amargura. O al menos eso creí, hasta que poco antes de acabar con mi vida, encontré al Buda que creía extinto, bajo mis sabanas, con una tonalidad carmesí distinta a la que recordaba.