“La carne es triste: Por qué dejé de coger con los hombres”, de Ovidie, no es un libro cómodo. Tampoco pretende serlo. Es, más bien, una sacudida: una mezcla de ensayo íntimo, manifiesto político y catarsis personal que interpela directamente a las formas en que se vive —y se padece— la sexualidad heterosexual hoy.
Desde el título, el texto marca una postura radical. La autora no se queda en la queja tibia ni en la crítica superficial: decide retirarse. Lo que podría leerse como un gesto individual —dejar de acostarse con hombres— se convierte, en sus páginas, en una especie de huelga política. No contra el deseo en sí, sino contra las condiciones en que ese deseo se ha construido históricamente.
Una incomodidad que muchas reconocen
El punto de partida del libro es una pregunta incómoda: ¿qué tan justo es el intercambio sexual entre hombres y mujeres? Ovidie lo plantea sin rodeos: para muchas mujeres, el sexo no necesariamente implica placer, sino negociación, expectativa, incluso desgaste. No acusa a las mujeres por participar en estos encuentros ni moraliza sobre el sexo casual; su crítica apunta a algo más profundo: la falta de reciprocidad, de atención y de interés real en el placer femenino.
Ahí es donde el libro resuena. Porque más allá de lo provocador de su decisión, lo que describe no es ajeno. Muchas lectoras pueden reconocer esa sensación de haber estado en encuentros donde el deseo propio queda en segundo plano, donde el cuerpo se vuelve casi automático, donde el placer es más promesa que realidad.
La renuncia como descubrimiento
Lo interesante es que la “renuncia” no aparece como una pérdida, sino como una puerta. Al dejar de tener sexo con hombres, Ovidie no se aísla del deseo, sino que lo redirige: hacia sí misma. Habla de la masturbación, de la intimidad personal, del autoconocimiento, no como sustitutos menores, sino como espacios legítimos de placer y autonomía.
Este giro es clave: el libro no es anti-sexo, es anti-desigualdad. No es una condena al deseo, sino a las estructuras que lo han moldeado.
Rabia, sí… pero también claridad
El tono del ensayo es frontal, incluso furioso por momentos. Hay rabia, y no se disimula. Pero esa rabia no es gratuita: está sostenida por experiencias acumuladas, por reflexiones sobre el patriarcado y por una lucidez que incomoda porque señala dinámicas normalizadas.
Al mismo tiempo, el texto no se queda en la denuncia. Hay un proceso de reconstrucción personal, de redefinición de lo que significa el placer, la libertad y la relación con el propio cuerpo.
¿Es esto una realidad hoy?
La respuesta corta: sí, cada vez más.
No necesariamente en la forma exacta de una “huelga de sexo”, pero sí en algo más amplio: una tendencia creciente a descentralizar a los hombres en la vida de muchas mujeres. Esto se traduce en cuestionar las citas tradicionales, en dejar de priorizar relaciones que no aportan bienestar, en redefinir el éxito emocional fuera de la pareja heterosexual.
El auge de discursos feministas contemporáneos ha puesto sobre la mesa algo fundamental: el deseo también es político. Y muchas mujeres están empezando a preguntarse si las dinámicas que han dado por sentadas realmente les benefician.
Una lectura que no busca agradar
La carne es triste no es un libro para quien busca respuestas simples o conciliadoras. Es incómodo, provocador y, por momentos, excesivo. Pero ahí radica su valor: obliga a detenerse y pensar.
Más que estar de acuerdo o no con Ovidie, lo relevante es la conversación que abre. ¿Cuánto de lo que vivimos en nuestras relaciones es elección real y cuánto es inercia? ¿Qué lugar ocupa el placer propio? ¿Qué pasaría si, como propone la autora, dejáramos de aceptar intercambios que no nos satisfacen?
Al final, el libro no dicta un camino único, pero sí lanza una invitación clara: repensar el deseo desde un lugar más honesto, más libre y, sobre todo, más propio.