
Horiguchi Kumaichi fue el diplomático japonés instalado en la Ciudad de México que dio asilo humanitario a la familia del entonces presidente Francisco I. Madero cuando en 1913 inició la Decena Trágica, es decir, cuando los militares Félix Cuevas y Manuel Mondragón tomaron Palacio Nacional y la Ciudadela para presionar al mandatario a abandonar la presidencia.
El diario de Horiguchi Kumaichi es recuperado por Carlos Almada junto con la historia de las relaciones entre México y Japón desde finales del siglo XIX hasta inicios del XX en el libro “Un samurái en la Revolución Mexicana” (Debate), que se presentará el 27 de septiembre en la Fundación Alemán
“Cuando ocurrió la Decena Trágica (9 de febrero al 18 de febrero de 1913) las relaciones de México con Japón ya eran sólidas, además se había construido una relación de amistad entre la familia Madero y el encargado de negocios de Japón, el embajador en funciones Horiguchi Kumaichi, por eso resultó natural que los padres, la esposa y las hermanas del presidente Madero, además de parientes, un total de 40 personas, hubiesen tenido protección en la legación de Japón”, detalla.
Almada narra que el 9 de febrero de 1913 estalló el primer golpe de estado contra el presidente democráticamente electo (Madero) encabezado por el general Bernardo Reyes y secundado por los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón, quienes iniciaron 10 días de batallas a balas de cañón en la Ciudad de México, provocando la muerte de alrededor 5 mil personas.
“Esa mañana del 9 de febrero, que era un domingo, Horiguchi se enteró de los hechos y lo primero que hace es ir con su esposa a visitar a la señora Sara Pérez de Madero en el Castillo de Chapultepec, por la tarde los padres del presidente, sus hermanas y su esposa se presentaron en la legación de Japón para pedir asilo porque la situación era extraordinariamente peligrosa: los querían asesinar a todos”, señala.
Horiguchi los recibió por razones humanitarias, nunca le mintió a su gobierno sobre lo que hizo y tampoco le dijo toda la verdad, no transmitió la realidad de guerra que estaba viviendo la capital de México por temor a que su cancillería le ordenara no continuar con el asilo a la familia Madero.
“Por el contrario, convocó a la comunidad japonesa residente en México, tres docenas de personas, a que pasaran los siguientes días protegiendo con sus escopetas y sables japoneses (katanas), a la familia. También les llevaron alimentos desde el mercado de Tacubaya con grandes riesgos, en medio de las balas de cañón y de la fusilería”, detalla.
El autor también habla de las relaciones diplomáticas en ese momento, de los embajadores que acudieron a Palacio Nacional a hablar con Madero.
“El embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, es hostil a Madero y respalda la ascensión a la presidencia de Félix Díaz. El contralmirante Paul von Hintze, de Alemania, también es hostil, pero respalda a Victoriano Huerta. El ministro de Inglaterra está contra Madero, pero adopta una posición mesurada”, indica.
Los que apoyaron a Madero y actuaron de manera humanitaria fueron: Manuel Márquez Sterling, cubano; Andrés de Hevia, de Chile; y el japonés Horiguchi, “que salva a la familia del presidente y va actuando por relevos con el cubano y el chileno para lograr que salgan sanos y salvos del país tras el asesinato de Madero y del vicepresidente Pino Suárez, el 22 diciembre de 1913”.
Uno de los personajes que también rescata Almada es Gustavo Madero, hermano de Francisco Madero.
“De 1910-1911 fue responsable de adquirir armas para el movimiento revolucionario y el presidente lo designó embajador especial en Japón para ir a agradecer la presencia de una delegación nipona en las fiestas del Centenario de la Independencia, pero al ver la situación de México, lo suspende. Fue tomado preso por engaños de Huerta y fue linchado en la Ciudadela el 19 de febrero de 1913 de manera atroz”, indica.
A SANGRE FRÍA
El autor comenta que desde los techos de la Ciudadela, los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón bombardearon de manera indiscriminada en los barrios populares más pobres, es decir, a los habitantes de la CDMX.
“Fue un acto de terrorismo masivo que provocaba todavía una angustia mayor en la gente y propiciar con ello la renuncia del Presidente. Entre el 9 de febrero y 18 de febrero de 1913 la capital vivió una gran mortandad, más de 5 mil muertos, los cadáveres eran quemados con petróleo en los campos de Balbuena, escaseaban los alimentos, corrían los caballos heridos por las calles y todo fue organizado a sangre fría para provocar caos”.
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