
Además del jitomate, el guajolote y el maíz, en la lista de productos que México aportó a la humanidad también se encuentra la flor de nochebuena que en época prehispánica era nombrada cuetlaxóchitl y que llamó tanto la atención de españoles que fue recolectada y llevada al jardín botánico de Madrid.
La historia de cómo esta planta viajó por el mundo es narrada a Crónica por el investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Eduardo Corona Martínez.
“Desde época prehispánica, por las crónicas históricas del siglo XVI, se sabe que la gente tenía nochebuena afuera de sus casas. La distribución natural de la planta era la costa del Pacífico, entre la Sierra Madre Occidental y la Sierra Madre Oriental, su entorno era de cañadas, lugares húmedos, pero no al grado de selvas, pero sí el bosque caducifolio”, comenta el investigador.
Existen algunas historias de que esta planta se podía utilizar como remedio, por ejemplo, como galactógeno, es decir, para facilitar que las mujeres produjeran leche. “Eso tiene que ver porque la planta, si la cortas, sale una leche blanca, es la que se utilizaba y seguramente eso era lo que se tomaba, eso se dice, pero no lo recomiendo en absoluto”, añade.
En náhuatl, las personas solían nombrar a la nochebuena como cuetlaxóchitl: flor de cuero, refiriendo a que el grueso de las hojas.
“Es interesante la planta porque es de los primeros ejemplares científicos que empieza a conocerse en Europa, por ejemplo, una de las primeras incursiones científicas que se hicieron en aquel entonces (siglo XVI), en la Nueva España, la hizo el médico Francisco Hernández, quien realizó la descripción de la flor de nochebuena”, narra Corona Martínez.
El investigador detalla que la nochebuena (Euphorbia pulcherrima) pertenece a un grupo muy diverso, abarca cerca de 240 especies y en México se distribuyen más de 50, la más conocida es la que tiene coloración rojiza.
El médico Hernández hizo públicas sus anotaciones en un libro pero éste tuvo mala suerte y fue hasta el siglo XVIII cuando el primer ejemplar fue llevado a Europa.
“Se trató de una expedición hecha por Martin Sessé y Lacasta, con la participación de José Mariano Mociño, uno de los primeros científicos nacido en la Nueva España. Se conoce como la expedición Sessé y Mociño, ambos se dedicaron a hacer grandes colectas de plantas y hongos y se las llevaron a Europa a pesar de que muchos ejemplares se humedecieron o perdieron por los traslados”, narra.
No obstante, a ese trayecto sobrevivió un ejemplar de nochebuena que aún existe en el Jardín Botánico de Madrid y en el Museo de Historias Natural de Londres, donde están registrados bajo el nombre de Euphorbia fastuosa.
“Esos ejemplares, sabemos por los datos que están en la colección, fueron recolectados cerca de Yecapixtla, Morelos”, comenta el biólogo.
Otro científico seducido por la nochebuena fue Alexander von Humboldt quien desembarcó en Acapulco a inicios del siglo XIX para empezar su recorrido hacia el centro de México, pasando por Chilpancingo, Taxco y Cuernavaca.
“En esos trayectos logró rescatar algunos ejemplares y de igual manera en que se conservan hasta la fecha, los prensó en papel para reducir la humedad hasta desecarlos, conservando así sus colores y características, después los colocó sobre un cartón. La otra forma en que en ese entonces se conservaban las especies, era gracias al ejército de pintores que incluían las expediciones, hubo indígenas y criollos nacidos en el país que se formaron como ilustradores”, detalla.
Corona Martínez platica que hay dos ejemplares de nochebuena en el Museo Botánico de Berlín que se atribuyen a un envío de Humboldt.
En el siglo XIX, esta planta también llegó a Estados Unidos, gracias a Joel Roberts Poinsett, asociado a la Embajada de Estados Unidos.
“La llevó a Filadelfia, a un jardín botánico que era propiedad familiar, ahí comenzaron su reproducción, cultivo y comercialización. En honor a él, la nombraron Euphorbia poinsettia, denominación que prosperó en el mundo anglo, en Estados Unidos y en muchas partes de Europa. Ellos hicieron la producción comercial porque lo común en México era ponerla en las casas, las personas la cuidaban, pero nunca cambiaron sus características de forma y color”, señala el investigador.
De acuerdo con cifras de la Comisión de Recursos Naturales y Desarrollo Rural (Corenadr) actualmente en el país, la producción anual de flores de nochebuena ha alcanzado 21 millones 551 mil plantas con un valor de 902 millones 742 mil pesos, de los cuales el 20 por ciento se produce y comercializa en la Ciudad de México.
Lo anterior, añade la dependencia, coloca al suelo de conservación de la capital como una de las zonas agrícolas más eficientes del país, a pesar de ser una pequeña área de producción agrícola que compite con estados que destinan grandes extensiones a la producción de esta flor como Morelos, Michoacán o Puebla.
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