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‘Es martes y el cuerpo lo sabe’

La muerte camina despacio antes de llegar

. Studenski puso el futuro a caminar.

La muerte rara vez llega sin mandar recados. Lo extraño es que casi nunca usa papel membretado. Prefiere métodos humildes: una banqueta, una silla, una escalera, una mano que ya no aprieta como antes, un pie que duda donde antes había confianza.

Uno cree que camina para llegar a algún sitio. Qué idea tan administrativa. Caminar también es rendir informe. El corazón firma, los pulmones firman, los músculos firman, el equilibrio firma, el sistema nervioso firma, y al final las piernas entregan el expediente completo.

En 2011, Stephanie Studenski y sus colegas publicaron en JAMA un análisis con nueve cohortes y 34,485 adultos mayores. Encontraron que la velocidad habitual al caminar se asociaba con la supervivencia: quienes caminaban un poco más rápido tendían a vivir más. No era magia en las piernas. Era el cuerpo entero dejando su acta en la banqueta.

Caminar lento no es sentencia. Caminar rápido no es salvoconducto. La vida no firma contratos con los tenis. Pero la marcha revela algo más serio: cuánta reserva funcional queda todavía disponible. El futuro, antes de llegar, a veces practica sus pasos.

Leong escuchó lo que decía una mano

Luego está la mano. Esa señora discreta.

Apretar un dinamómetro parece una prueba indigna de tanta solemnidad. No hay resonancia, no hay laboratorio teatral, no hay máquina con cara de oráculo. Sólo una mano cerrándose y un número. Pero la mano sabe cosas que la boca no confiesa.

En 2015, Darryl Leong y el equipo del estudio PURE publicaron en The Lancet datos de 139,691 personas. Durante un seguimiento medio de cuatro años, cada cinco kilos menos de fuerza de agarre se asociaron con 16% más riesgo de muerte por cualquier causa, 17% más riesgo de muerte cardiovascular, 7% más riesgo de infarto y 9% más riesgo de accidente cerebrovascular. La mano, que parecía estar opinando sólo sobre frascos y bolsas del supermercado, estaba dando noticias del cuerpo entero.

Suena raro, casi insolente: ¿qué tiene que andar avisando la mano sobre el corazón? Pero el cuerpo nunca ha respetado las fronteras administrativas de los libros. La mano no aprieta sola. Aprieta con músculo, nervio, nutrición, actividad, energía, memoria de movimiento y una voluntad que a veces ya viene cansada desde antes del desayuno.

La mano aprieta poco cuando el cuerpo entero empieza a renunciar en voz baja.

No envejecemos primero en las grandes escenas. Envejecemos en abrir un frasco, en levantarnos sin hacer teatro, en cargar una bolsa sin convertirla en argumento filosófico. La decadencia rara vez entra gritando. Es más educada: pide permiso, se sienta y luego ya no se va.

Araújo le pidió diez segundos al equilibrio

Pararse diez segundos en una pierna parece juego de niño o examen improvisado de consultorio. Hasta que uno lo intenta con demasiada soberbia y descubre que el cuerpo conserva sentido del humor.

En 2022, Claudio Gil Araújo y colegas publicaron en British Journal of Sports Medicine un estudio con 1,702 personas de 51 a 75 años. Durante un seguimiento medio de siete años, murió 7.2% del total. Pero el dato se vuelve más incómodo al separar grupos: murió 4.6% de quienes sí pudieron sostenerse diez segundos en una pierna, contra 17.5% de quienes no pudieron hacerlo.

El equilibrio no es quietud. Es una discusión secreta entre ojos, oído interno, articulaciones, músculos y cerebro. Uno está de pie y cree que no pasa nada. Error. Pasan muchas cosas para que nada parezca pasar. Estar quieto es una actividad muy ocupada.

Estas pruebas, caminar, apretar, sostenerse,  no reemplazan al médico. No absuelven ni condenan. Sólo hacen lo que el cuerpo hace desde siempre: avisar antes de explicar. El cuerpo, ese burócrata antiguo, no escribe novelas. Escribe oficios breves: camine, apriete, levántese, sosténgase.

Uno esperaba grandes revelaciones sobre la vida y termina descubriendo que la longevidad quizá empezó a hablarle desde una silla, desde una mano, desde una pierna temblando apenas.

La muerte camina despacio antes de llegar.

Lo grave es que a veces nosotros también.

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