
La Pascua se vive de distintas maneras según el país, pero su raíz principal sigue ligada a la resurrección de Jesucristo.
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Para las iglesias católica, protestante y ortodoxa, este periodo marca el final de la Semana Santa, que va del Domingo de Ramos a la Pascua de Resurrección.
Son días en los que se recuerdan los últimos momentos de Jesús, desde la Última Cena del Jueves Santo, pasando por la crucifixión del Viernes Santo y hasta la Vigilia Pascual del sábado por la noche.
Sin embargo, aunque el núcleo de la Pascua es cristiano, la fecha también conecta con la historia del pueblo judío.
En paralelo se celebra Pésaj, que recuerda la salida de Egipto, un episodio que ocurrió en la misma época en la que, según la tradición cristiana, Jesús fue crucificado.
Fuera del ámbito religioso, muchos países en Europa y Estados Unidos adoptaron la Pascua como un momento para descansar, convivir en familia y continuar con rituales populares como la decoración de huevos o la búsqueda de dulces.
Origen de los huevos pintados
Los huevos pintados o de Pascua tienen un origen más antiguo que el cristianismo. En culturas como la egipcia o la persa, el huevo representaba fertilidad, renacimiento y esperanza.
Por eso se vaciaban, se coloreaban y se ofrecían como un deseo de prosperidad durante la primavera.
Con el tiempo, ese simbolismo se incorporó al cristianismo: el cascarón cerrado se interpretó como el sepulcro vacío y el inicio de una nueva vida.
Documentos del siglo XIII ya registran la costumbre de pintar huevos durante la Pascua; además, la práctica se fortaleció porque en la Edad Media no se podían consumir durante la Cuaresma.
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Cuando llegaba el domingo de Pascua, los huevos regresaban a la mesa y las familias los decoraban para distinguirlos, algo que aún se observa en tradiciones ortodoxas, donde se pintan de rojo para recordar la sangre de Cristo.
Juego alejado de lo religioso
Con el paso de los siglos, los huevos decorados viajaron por Europa y llegaron a países eslavos y Rusia. Luego, en el siglo XIX empezaron a aparecer versiones de chocolate con pequeños regalos, primero elaborados en Francia, Alemania e Italia.
Actualmente, esos huevos rellenos de dulces forman parte de juegos infantiles como su “búsqueda”, actividad que se volvió popular en jardines y parques, especialmente en Estados Unidos, donde incluso en la Casa Blanca se organiza su propia cacería.
El conejo de Pascua: mito y símbolo
Con la tradición de la búsqueda de los huevos de chocolate viene el origen del conejo de Pascua, que no es del todo claro.
Algunas historias aseguran que un conejo anunció la resurrección de Jesús mientras repartía huevos de colores; otras dicen que se les decía a los niños que este animal ponía huevos para despertar su curiosidad.
Hay también una raíz pagana: entre los pueblos germánicos, la diosa Ostara estaba asociada a la fertilidad y su símbolo era el conejo.
Esa mezcla de mitos, creencias y cuentos infantiles dio fuerza al personaje que hoy “visita” casas para esconder obsequios.
Lo que si se tiene claro es que la primera referencia escrita aparece en Alemania, en el siglo XVII, donde se menciona al “Oschter Haws”, un conejo que premiaba a los niños que se portaban bien.
La costumbre llegó a América con inmigrantes protestantes y terminó convirtiéndose en un ritual parecido al de Santa Claus, pero centrado en la Pascua.
A pesar de sus múltiples orígenes, religiosos, históricos y culturales, la Pascua mantiene un mismo hilo conductor: la idea de renovación; ya sea con ceremonias litúrgicas, huevos decorados o búsquedas infantiles, la celebración conserva su fuerza como un momento para reunirse, recordar y comenzar un nuevo ciclo.

