
Se cumplen cincuenta años del golpe de Estado en Argentina, y no es una fecha para la nostalgia ni para el recuento frío. Es un recordatorio incómodo de hasta dónde puede llegar un país cuando se rompen los límites y se normaliza lo inaceptable. No fue solo un cambio de gobierno: fue una fractura profunda que dejó daño en las instituciones, en las familias y en la forma misma de entender la convivencia. Y lo más inquietante es que muchas de las señales que precedieron aquel quiebre siguen apareciendo, con otros rostros, en distintos lugares.
Conviene decirlo sin rodeos: no hubo rescate ni corrección de rumbo. Hubo una toma del poder que convirtió al Estado en un instrumento de persecución. La dictadura no administró una crisis, la utilizó como pretexto para imponer un modelo basado en el control absoluto y el silenciamiento. Bajo el argumento del orden, lo que se instaló fue el miedo como forma de gobierno.
Quienes intentan suavizar ese periodo con explicaciones complacientes pasan por alto lo esencial. No se trató de excesos aislados ni de errores en medio de una situación compleja. Fue un sistema que operó con lógica propia, que hizo de la represión una política y de la desaparición una herramienta. Cuando el Estado decide que todo está permitido, la vida pierde valor y la ley deja de ser un límite.
El golpe no surgió de la nada. Argentina vivía una etapa de tensión, con violencia política, crisis económica y una polarización que parecía no tener salida. Ese contexto fue el terreno fértil para que prosperara la idea de que la democracia era un obstáculo. Y ahí radica una de las lecciones más duras: cuando se instala la percepción de que las reglas estorban, el autoritarismo encuentra su oportunidad.
También es cierto que no todos resistieron. Hubo sectores que apoyaron, que justificaron o que prefirieron no ver. Ese componente incómodo forma parte de la historia y no puede ignorarse. Porque las dictaduras no solo se imponen desde arriba; también avanzan cuando desde abajo se les tolera o se les concede legitimidad.
Lo que siguió fue una estrategia sistemática para eliminar al adversario. La categoría de enemigo se volvió amplia, difusa, peligrosa. Bastaba con ser sospechoso, incómodo o simplemente distinto. La arbitrariedad sustituyó a cualquier garantía. Y con ello, la sociedad entera quedó expuesta.
Las desapariciones no fueron un exceso, fueron una decisión. La clandestinidad no fue improvisación, fue método. Negar los hechos, borrar las huellas, impedir el reclamo: todo formó parte de una lógica que buscaba no solo eliminar personas, sino desarticular cualquier posibilidad de respuesta. El daño no terminó en las víctimas directas; se extendió a familias, comunidades y generaciones enteras.
Reducir ese periodo a cifras siempre será insuficiente. Detrás de cada número hay vidas interrumpidas y ausencias que no se resuelven. Pero también hay un deterioro colectivo: el miedo que se volvió cotidiano, la desconfianza instalada, la dificultad para reconstruir vínculos. Ese es el costo que rara vez se mide y que tarda décadas en sanar.
A cincuenta años, el riesgo no es solo olvidar, sino distorsionar. Aparecen versiones que relativizan lo ocurrido, que reparten responsabilidades de forma conveniente o que sugieren que “algo había que hacer”. Ese tipo de narrativas no solo son imprecisas, son peligrosas. Porque preparan el terreno para justificar nuevas formas de autoritarismo.
Y ese es el punto que no debería perderse de vista. Las condiciones que hicieron posible el golpe no son exclusivas de una época. La desconfianza en las instituciones, la frustración social, el hartazgo frente a la inseguridad o la crisis económica son factores que, si no se atienden, pueden alimentar la tentación de soluciones rápidas y sin contrapesos.
Hoy, en distintos contextos, resurgen discursos que exaltan la mano dura, que minimizan la importancia de las reglas o que presentan la democracia como un estorbo. No son señales menores. Son indicios de que ciertas ideas siguen latentes, esperando condiciones favorables para reaparecer.
El caso argentino debería bastar como advertencia. No hay orden que justifique la supresión de derechos. No hay estabilidad que compense la pérdida de libertades. Cada vez que se plantea esa disyuntiva, el resultado termina siendo el mismo: concentración de poder, abuso y, tarde o temprano, daño irreparable.
La memoria no es un ejercicio simbólico. Es una herramienta para identificar riesgos y para sostener límites. No se trata de quedarse atrapados en el pasado, sino de evitar que el presente repita sus errores con otros argumentos.
El golpe en Argentina no fue un episodio lejano ni ajeno. Es una referencia directa sobre lo que ocurre cuando se renuncia a las reglas en nombre de la urgencia. Y si algo debería quedar claro en este aniversario es que las señales previas nunca son inofensivas.
Porque los quiebres no llegan de un día para otro. Se anuncian, se justifican, se normalizan poco a poco. Y cuando finalmente se consuman, el margen de reacción ya es mínimo. Por eso, más que conmemoración, este medio siglo exige atención. Atención a lo que se dice, a lo que se tolera y a lo que se deja pasar. Ahí es donde empiezan, otra vez, los mismos caminos.