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Turbulencia en Venezuela, ¿es importante para México en el mapa económico?

La caída del régimen de Nicolás Maduro no debe leerse únicamente como un episodio de la política interna venezolana, sino como un punto de inflexión con implicaciones económicas regionales que México no puede permitirse ignorar.

Durante años, la crisis venezolana operó como una constante dentro del paisaje latinoamericano: una economía colapsada, producción petrolera marginal, migración sostenida y un aislamiento internacional que, paradójicamente, aportaba cierta previsibilidad. La ruptura de ese equilibrio precario inaugura ahora una etapa marcada por la incertidumbre, donde los riesgos y las oportunidades avanzan de manera simultánea.

El efecto económico más evidente es el energético. Venezuela concentra las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, aunque su capacidad productiva quedó devastada por sanciones, desinversión y deterioro institucional. Un proceso de transición política que derive en la normalización de relaciones internacionales y en la entrada de capital extranjero podría traducirse, en el mediano plazo, en un aumento relevante de la oferta global de crudo. Para México, esto implica una presión potencial a la baja sobre los precios internacionales, con efectos directos sobre los ingresos petroleros del sector público. Aunque el peso del petróleo en la economía mexicana ya no es el de décadas pasadas, sigue siendo un componente clave del presupuesto federal y de la balanza comercial, por lo que cualquier ajuste en el mercado energético exige atención fiscal y estratégica.

Otro frente relevante es el migratorio. Los cambios abruptos de régimen suelen generar, al menos en una fase inicial, mayores flujos de salida de población. México ha sido en los últimos años un destino importante para migrantes venezolanos, muchos de ellos con perfiles profesionales que se han incorporado a sectores productivos específicos. Un aumento en estos flujos puede tensionar servicios públicos y mercados laborales locales, pero también representa una oportunidad económica si se gestiona con inteligencia institucional. La diferencia entre un impacto positivo y uno negativo dependerá menos del número de migrantes y más de la capacidad del Estado para integrarlos productivamente.

En el plano regional, la reconfiguración venezolana puede alterar prioridades comerciales, rutas de inversión y equilibrios geopolíticos. Una Venezuela abierta al capital internacional podría atraer recursos que hoy observan a México como destino preferente, particularmente si Estados Unidos redefine su agenda económica en América Latina. El desafío para México no es competir con Venezuela, sino evitar quedar al margen de una redistribución de atención estratégica y financiera. Al mismo tiempo, este episodio vuelve a poner a prueba la política exterior mexicana, históricamente anclada en la no intervención, frente a un entorno donde economía y geopolítica se encuentran cada vez más entrelazadas.

En síntesis, la caída de Maduro no representa un choque económico inmediato para México, pero sí un cambio de escenario que exige anticipación y claridad estratégica. Efectos como el incremento de precios de los activos financieros venezolanos se verán ya, pero los demás efectos se manifestarán de manera gradual, a través del mercado energético, la migración, la competencia por inversiones y la redefinición del equilibrio regional. En este contexto, el mayor riesgo no es el cambio en sí mismo, sino la tentación de reaccionar tarde o sin una visión económica de largo plazo. En América Latina, la historia demuestra que las oportunidades rara vez esperan a quienes dudan en reconocerlas.

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