La visita a los Siete Templos es una de las tradiciones más arraigadas de la Semana Santa en Guadalajara. Cada Jueves Santo, familias, grupos de amigos y personas devotas recorren a pie distintas iglesias del Centro Histórico como parte de un ritual religioso que recuerda el recorrido de Jesús antes de su crucifixión. Más allá de lo espiritual, también se ha convertido en una experiencia muy tapatía: caminar entre templos, saludar conocidos y detenerse a comprar alguna “gusanería” en los puestos que aparecen por toda la zona.
Aunque cada quien arma su propio recorrido, hay templos que casi siempre forman parte de la ruta. Entre los más visitados están el Templo de San Francisco, en Avenida 16 de Septiembre; el Templo de Nuestra Señora de Aránzazu, a un costado del ex Convento de San Francisco; el Templo de Santa Mónica, en el corazón del Centro; el Templo de San Felipe Neri, sobre la calle San Felipe; el Templo de Jesús María, cerca del antiguo Hospital Civil; el Templo de San Agustín, frente al Teatro Degollado, y la Catedral de Guadalajara, que para muchos es parada obligada en el recorrido.

La tradición tiene siglos de historia. Surgió en la época virreinal, cuando las iglesias organizaban la llamada “visita de las siete casas”, una práctica católica que simboliza las siete etapas que, según la tradición, recorrió Jesús tras ser arrestado. Con el paso del tiempo, la costumbre se adaptó a la vida de la ciudad y hoy es también una oportunidad para redescubrir templos históricos, algunos con más de 300 años de antigüedad.
Y claro, no todo es caminar y rezar. Parte del encanto está en lo que ocurre afuera de los templos: puestos de empanadas dulces, garbanzos, nieve de garrafa, churros, papas fritas, aguas frescas y otras botanas que se vuelven casi obligatorias durante la ruta. Así, entre rezos, pasos y antojos, la visita a los Siete Templos sigue siendo una de esas tradiciones que mezclan fe, historia y vida cotidiana en el corazón de Guadalajara.