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1967: año de esperanzas, año de expectativas, año a go-gó

Muchas cosas pasaron en aquel año: privaba la sensación de que los grandes acontecimientos del futuro inmediato llevaban al país a la plena modernidad. Éramos parte del mundo, con sus vértigos, con sus grandes sucesos: del inicio de las obras del Metro a la transmisión especial para el satélite Pájaro Madrugador; del homenaje a Juárez en el centenario del triunfo de la República a la sonoridad psicodélica del álbum Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band.

The Beatles en concierto
The Beatles en concierto The Beatles en concierto (La Crónica de Hoy)

El año comenzó con un crudo invierno y con una sorpresa que no se ha vuelto a repetir en el altiplano mexicano: nevó la noche del 10 de enero, y así se pintó una postal en la memoria profunda de chicos y grandes: la nieve cayó en las viejas piedras virreinales que aún no veían la hora de una buena limpieza que hiciera recordar, a propios y extraños, que habían tenido tiempos mejores.

La helada llegaba desde el norte: Chihuahua, Nuevo León, Durango, Zacatecas, San Luis Potosí. La prensa, mientras narraba la fuerte nevada que había caído sobre Monterrey, colaba la advertencia: “Hoy nevará en el DF si no hay cambio en la temperatura”.

Comenzó a nevar en la madrugada del día 11 de enero: los fotógrafos de los periódicos se salieron a la calle para alcanzar a meter la imagen en la edición, a pesar del frío que castigaba a la ciudad, usualmente arropada en un invierno más bien benigno: taxis, aquellos pintorescos “cocodrilos” negros y verdes, los de color coral, circulaban con sus copetes nevados. Las grandes avenidas como el Paseo de la Reforma y Avenida Chapultepec, eran el escenario de pequeñas batallas de bolas de nieve, “como en el cine”, y algún inspirado sacó cámaras de televisión para grabar a Lucha Villa cantando en plena calle. Mientras, los mexicanos del norte se morían de risa, quizá con un dejo de ternura, de la fiesta doméstica que los capitalinos habían armado con su nevada. Cómo no iban a emocionarse, si no caía nieve en la ciudad de México desde 1948, y si acaso, algunos muy ancianos, recordarían la nevada de 1920.

En la acera de enfrente, entre tiendas de regalos y la marquesina iluminada del cine Alameda, podía caber la emoción de una tarde entera en ese México que tenía ya, a unas pocas colonia de distancia, su barrio bohemio que presumía de cosmopolita y de centro intelectual: la Zona Rosa.

La muy in Galería Misrachi, que comercializaba la obra de algunos de los jóvenes artistas del momento, reinaba en la esquina de Avenida Juárez y San Juan de Letrán, y a unos pocos pasos, en la planta baja de la Torre Latinoamericana, el edificio más alto de la capital, brillaba el escaparate iluminado de la dulcería Larín, donde los golosos compraban los chocolates, o aquellos buenísimos caramelos sabor de frutas —naranja, tamarindo— envueltos en celofán blanco.

Los mexicanos se asomaban a la modernidad vertiginosa de la segunda mitad del siglo XX: se trabajaba ya en las obras que serían escenarios de los Juegos Olímpicos, y, además, aquel año empezaron las obras para construir el Metro de la ciudad de México, logro técnico franco-mexicano, demostrando así que el suelo lodoso del antiguo lago, en el que se asienta la capital, no era obstáculo para los ingenieros mexicanos, que se medían de tú a tú con sus colegas de otras latitudes.

El primer “zapapicazo” de las obras del Metro, dado por el jefe del Departamento del Distrito Federal, en junio de 1967, iba a cambiar la vida de los habitantes del Centro. Con mucho tino, el semanario Tiempo inauguró una sección: “El Metro, metro a metro”, que, cada ocho días, con una buena foto y un preciso pie de imagen, iba haciendo la crónica de la obra, que fue capaz de atravesar por debajo el corazón de la capital sin perturbar siquiera la apacible existencia de los edificios virreinales.

Y más aún: el Metro hizo hablar a los viejos dioses prehispánicos. Las obras permitieron rescatar miles de piezas arqueológicas que le hablaban a los mexicanos de su pasado antiguo.

Entre el metro y los preparativos para las Olimpiadas, el país y el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz se concentraban en una ruta renovada al progreso; hasta parecía, por momentos, que nadie se acordaba de las marchas del movimiento de médicos empleados en el sector público, que exigían mejoras a su situación laboral.

Era un mundo que sonaba a “música a go-gó”, donde las minifaldas empezaban a menudear, para escándalo de los padres de familia, y en el que muchos sucesos de índole internacional resonaban en escuelas y hogares; donde la gente se preocupaba por el estado de salud del popular expresidente López Mateos, y seguía con atención lo que se publicaba acerca de sus padecimientos.

El Heraldo solía otorgar premios, “Los Heraldos”, a lo más importante del mundo televisivo y artístico: aquel año, habían merecido premios, en la categoría de Noticieros, Jacobo Zabludovsky y Pedro Ferriz —a quien no había necesidad de agregarle el apellido materno—; Agustín Barrios Gómez se ganaba el reconocimiento por Programa Periodístico y Enrique Llanes, alma de las transmisiones semanales de lucha libre, lo obtenía por su desempeño como Cronista Deportivo. Las revelaciones en la industria del espectáculo eran el joven galán Enrique Lizalde y Carmen Salinas.

La producción Domingos Herdez, con todo y su superhéroe local, “Juan Derecho”, encarnado por Chucho Salinas, se ganaba el premio a mejor Programa Cómico. Un elegante joven, León Michel, era el mejor Locutor de 1966 y los actores Silvia Derbez y Eric del Castillo sobresalían por su actuación en telenovelas. Un género prácticamente desaparecido, pero muy popular en aquellos días, el Teleteatro, le había valido un galardón al actor Enrique Rambal.

Con una industria televisiva consolidada, la gente se levantaba y, a las 7 y media podía sintonizar el Noticiero Nescafé, y entre saludos y música, esperar a que dieran las 9 de la mañana para ver al profesor Vellanoweth y a sus modelos, para proceder a la gimnasia matutina. Los chicos podían entretenerse con las “caricaturas”, como Don Gato y su Pandilla, y después seguir atentos las series como Bat Masterson, Daniel Boone o El Agente de Cipol. Desde luego seguían siendo leales seguidores del Club Quintito, y los más chicos, como buena generación nacida con el “chip” televisivo integrado, se hacían, poco a poco, aficionados al Telekínder con la dulce Pepita Gomís. Para los jóvenes estaba “Orfeón a Go-gó”, con lo mejor de la música moderna del momento.

Como el progreso que se manifestaba en la televisión también tenía que tener un beneficio social, podía verse, muy temprano, un programa: Yo puedo hacerlo, versión electrónica de la campaña alfabetizadora del gobierno, a cargo de una profesora, María Elena King.

El Circo Atayde anunciaba a “Maritza, la reina del trapecio” y —tiempos que no volverán— a Henry Luyk y sus Tigres de Bengala. Eran muchos los que, día a día, seguían los preparativos para un encuentro boxístico de altura: por el campeonato mundial de peso pluma, pelearían a 15 rounds, el día 29, el mexicano Vicente Saldívar y el japonés Mitsunori Seki, y después se descubriría que las peleas de Saldívar, el ídolo boxístico del momento, también llegarían a las televisiones mexicanas por obra de la tecnología, a través del satélite Pájaro Madrugador.

Muchos reconocerían después que la gran expectativa era ver ¡en vivo! a los Beatles. Pero México hizo gala de audacia y creatividad: se quería mostrar lo entrañable, lo propio, pero, al mismo tiempo, mostrar que éste era un país listo para recibir unos Juegos Olímpicos.

¿Cómo fue? ¿Qué se hizo? Con dos locutores a cargo, Pedro ­Ferriz Santacruz y León Michel, se planeó mostrar una combinación entre tradición y mirada al futuro: el ballet de Amalia Hernández ejecutaría bailes regionales en el Zócalo y en la Plaza de las Tres Culturas; en el Centro Médico La Raza, las cámaras transmitirían el nacimiento de un niño. ¡Y así fue! Mientras Canadá y Dinamarca mostraron recién nacidos, muy cómodos en el regazo de sus madres, en blancas camas de hospital, Pedro Ferriz se apostaba en un pasillo del hospital de Ginecobstetricia de La Raza, en el momento justo en que el médico levantaba al bebé, aún unido a su madre por el cordón umbilical.

“Es usted un mago”, le dijo después el locutor al médico.

En aquel año, al ritmo de “Lucy en el cielo de Diamantes”, hasta parecía que se desvanecían los pequeños escándalos que provocaba en la prensa que John Lennon hubiera declarado meses antes, que los Beatles eran “más populares que Jesucristo”: las faldas se acortaban y los cabellos masculinos empezaban a crecer; a las glorias nacionales como Salvador Novo —que presumía haber dado una conferencia ¡modernísima! en Bellas Artes, con diapositivas y música—, Jaime Torres Bodet o Martín Luis Guzmán se les homenajeaba en el restaurante más elegante de Paseo de la Reforma, el Ambassadeur, y los oradores eran los jóvenes talentos como José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis.

Fue un año inolvidable. Y el que seguiría iba a serlo aún más.

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