Cultura


Algún día, Hoy de Ángela Becerra

Un desconcierto de relámpagos desangraba la noche y caía sobre el poblado de Bello, astillándose con furia sobre los matorrales y los tejados de sus casas, como si fuera un juicio final destiempado.

Algún día, Hoy de Ángela Becerra | La Crónica de Hoy

Foto: Especial

(Fragmento)

 

El cielo había decidido vengarse del silencio.

Un desconcierto de relámpagos desangraba la noche y caía sobre el poblado de Bello, astillándose con furia sobre los matorrales y los tejados de sus casas, como si fuera un juicio final destiempado.

En medio de tantos bramidos celestes, el grito de Celsa Julia se diluía en aquel barrizal en el que había caído por culpa de la oscuridad. El parto adelantado de ese bebé, al que había escondido bajo una ruana durante meses, era inminente.

No pudo impedirlo, a pesar de cruzar las piernas con todas sus fuerzas. Cuanto más apretaba, buscando contener el viscoso líquido que se deslizaba por sus muslos, la pequeña cabeza más pujaba por salir. Se metió la mano por entre la falda y trató de introducirla de nuevo en su vientre, pero ya era tarde; sus dedos tropezaron con la cabellera enmarañada y pegachenta de aquel bulto de carne.

Era un accidente. El fruto de una tarde torcida. La vergüenza de su estúpida ingenuidad y de las patrañas de aquel hombre que, una vez había obtenido lo que buscaba, la había amenazado con echarla a la calle si contaba algo de lo ocurrido a su mujer.

No lo quería, no podía tenerlo. No deseaba por nada del mundo que el niño repitiera su misma suerte.

Nadie la auxiliaba. En aquel camino que jamás había tomado, y menos a esas horas de la noche, solo habitaban los fantasmas —aquellos seres de los que tanto había oído hablar a su loca abuela—, y un barranquero, pájaro cínico que la miraba burlón.

Estaba en medio de su muerte y de esa nueva vida. Perdida entre el deseo de abandonarlo y huir, o el de cogerlo y sumergirse en el río para ahogarse con él en una ceremonia íntima y fugaz que a nadie interesaba.

Sentía el desgarro de sus entrañas en la lluvia helada que lloraba con ella el nacimiento de ese pobre niño. Un niño que no debía venir al mundo. Un niño que, por más que luchó por impedir que naciera, de repente acababa de caer de bruces en el barro.

Lo recogió. Entre sus manos era solo un amasijo de huesos y piel embadurnado de sangre y lodo. Con sus dientes cortó el cordón que la ataba a aquella criatura, y mientras lo hacía un relámpago iluminó el sexo del pequeño:

—¡Niñaaaaaaaa! —vociferó—. ¡Maldita sea!

El llanto de Celsa Julia Espinal creció y se unió al primer grito de su hija. En ese instante un rayo partió en dos el algarrobo milenario que las resguardaba del diluvio, y un pedazo de tronco cayó sobre ellas sepultándolas.

A lo lejos, las campanas de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario marcaban con sus tañidos las tres de la madrugada. El padre Evangélico regresaba de dar la extremaunción a Pascasia Arboleda que agonizaba de un cólico miserere. En plena medianoche, el nieto de la anciana había aporreado la puerta de la sacristía y él se había visto obligado a salir en volandas hasta el rancho, que se encontraba perdido entre la marabunta de los árboles.

En medio de los yarumos, muy cerca de la quebrada de La Loca, le pareció oír unos débiles aullidos. Instintivamente, apretó entre sus dedos el crucifijo que colgaba de su cuello. A esa hora era habitual que las chuchas, aquellos marsupiales gigantescos que la gente confundía con ratas, se adueñaran del campo. Aunque era una tontería temerlas, desde pequeño les tenía pánico. Empezó a huir, pero a medida que se alejaba del lugar los gemidos crecían. De repente, sus zapatos se hundieron en la greda y un bulto se movió en la oscuridad.

Lo que parecía una enorme bestia era una mujer desesperada que se revolcaba entre el lodo, buscando el pequeño cuerpo de su hija.

—Mi hijita, mi hijita... —le gritaba enloquecida al cura agarrándole por la sotana—. Se me la tragó La Chupabrava.

Evangélico se deshizo como pudo de las manos de la desconocida, metió los brazos hasta el fondo del lodazal y tras removerlo palpó un piecito. El resto del cuerpo estaba atrapado en un enfurecido remolino que lo succionaba. Tiró de él con fuerza —temiendo que fuese demasiado tarde—, hasta arrancarlo de las fauces del barro.

El cuerpo inerte y anegado de lodo de la hija de Celsa era rescatado por el cura.

La mujer aullaba su dolor mientras el sacerdote apretaba la naricita de la niña y soplaba por su boca, tratando de devolverla a la vida.

—Mi hija, mi hijita... ¡Sálvela! —gritaba desconsolada—.

¡Es un castigo divino! Dios me está castigando por haber pecado de pensamiento. Pensé ahogarla en el río, ahogarme con ella, y Él lo vio, por eso me castiga. Santísima Virgen...

Tras varios intentos fallidos, Evangélico dejó de insuflarle aire, dibujó el signo de la cruz en su frente y la depositó en brazos de su madre.

—Lo siento, señora, ya no puedo hacer más —le dijo desconsolado, y levantando la mirada al cielo continuó—: Son los designios de Dios. Deberíamos bautizarla, para que su pobrecita alma no quede vagando por este mundo... o se vaya al limbo. Por los muslos de Celsa Julia Espinal aún corría la sangre.

No había expulsado la placenta y se sentía sin fuerzas, pero no dijo nada. Como en un trance empezó a arrullar el cuerpecito del bebé, al tiempo que le cantaba Duérmete, niña, duérmete ya...

—Hoy es sábado —continuó diciendo Evangélico sin darse cuenta del estado en que se hallaba la mujer—. La llamaremos Betsabé, que significa ‘Hija del Sábado’, ‘Protegida de Dios’. ¿Le parece bien?

La mujer no contestó. Seguía, como ida, meciendo a su pequeña.

El sacerdote extrajo del bolsillo de su sotana un pañuelo y una botellita de agua bendita. Limpió la cabeza de la pequeña y al hacerlo descubrió que su piel era blanca y sus facciones finas y aristocráticas. En su rostro no había signos de sufrimiento.  Parecía  un  ángel  dormido.

Tras la tormenta, una luna como rosa blanca iluminaba el pelo negro de la recién nacida mientras el sacerdote recitaba en latín:

Ego te baptizo, Betsabé, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti... Acoge, Señor, a este angelito que...

En ese instante, de la boca de la niña empezó a emanar un hilo de barro que se convirtió en un caudaloso buche del que saltaban diminutos renacuajos.

Y el llanto de un bebé inundó el bosque.

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