Opinión


Apodos, mínima revancha social

Apodos, mínima revancha social | La Crónica de Hoy

Todavía retumban las carcajadas que desató el mote de Comandante Borolas adjudicado por el presidente López Obrador a Felipe Calderón Hinojosa. Estridencia que denota la intemperancia del mandatario; pero, sobre todo, el persistente resentimiento social con respecto al exgobernante.

El Jefe del Ejecutivo no reparó en que en política las burlas y los apodos, lo mismo que los juegos de palabras con los nombres y apellidos, son peligrosos, porque todo el mundo puede ser víctima de ellos, y él procedió como si estuviese a salvo de la maledicencia.

Mayor imprudencia se percibe en su proceder, si se repara en que —según sus biógrafos— él mismo ha sido conocido con epítetos elocuentes acerca de sus características personales, no todas encomiásticas.

¡Cómo que cuáles! Pues, El Molido, El Americano o La Piedra, este último, al parecer, alusivo no a la presumible densidad, sino a la dureza de su corteza cerebral.

No obstante, el remoquete con que el tabasqueño bautizó a Calderón no sólo fue malévolamente atinado, sino que cayó en el fértil terreno del creciente repudio popular al michoacano.

Para colmo, el apelativo fue abonado por el propio expanista al haber reaccionado con ofuscación, lo cual estimuló la propagación de la befa.

El Presidente recriminó con razón que hay quienes piensan que el problema de la delincuencia empezó con el presente gobierno, cuando en realidad inició al declararle Calderón, “a lo tonto”, la guerra al narco.

Y en un evento al cual —recordó con filo el Presidente— el michoacano acudió vestido con una camisola militar que le quedaba grande.

Tomado por sorpresa frente a su imborrable, desgarbada imagen, sin velocidad para reaccionar, Calderón reviró que el saco no le quedaba. Lo que resultó por demás patente, pues ¡ése era el meollo del asunto!, el atuendo en cuestión era varias tallas más grande del requerido.

Luego, seguro de haber atinado a golpear la parte más vulnerable del Peje(lagarto), agregó que “a otros les queda grande el cargo”. Con lo cual no sólo dejó escapar un hilillo de sangre por la comisura de sus labios, sino que hizo extensivo el insulto a la totalidad de nuestros gobernantes de por lo menos el último medio siglo.

O, ¿alguien cree que en este tiempo los mexicanos hemos tenido un mandamás con tamaños de estadista, a quien le haya calzado exacto el traje de Presidente?

Fue apenas natural, en semejante tesitura, que el émulo de Joaquín García Vargas, Borolas, se convirtiese en el hazmerreír de la temporada, y que las burlas y memes saturasen las redes. Mínima revancha popular con el principal responsable de la violencia que ahoga el país.

En un medio en que la ley se aplica a los de abajo, los apodos a los de arriba constituyen no un hábito penitenciario de poner alias, sino una forma de justa represalia y resarcimiento por la confianza traicionada de la sociedad.

Inofensivo desquite éste que, sin embargo, los medios de información —vehículos de popularización— soslayan cuando se trata de personajes poderosos.

Cuando de delincuentes de poca monta —o poderosos pero en desgracia— se trata, los medios suelen derrochar ingenio y celeridad para colgarles un rótulo que hasta entonces pocos—o nadie— conocía, pero que facilita su reconocimiento por la opinión pública.

Así, en el mundo de la delincuencia organizada los medios se han llenado de motes tales como el Señor de los Cielos, el Chapo, el Grande, el Jefe de Jefes, el Azul, la Barbie, el Mayo. O el Nalgón, como era conocido el capo Manuel Arturo Villarreal Heredia.

Cuando son delincuentes de cuello blanco o políticos poderosos los que están en entredicho, los periodistas suelen tratarlos más que con deferencia, con respeto, reconocimiento y distinción, cuando no con temor.

Así, las páginas de los diarios se llenan de reverenciales referencias al licenciado, el ingeniero, el doctor, la maestra, o el gobernador, o con favorecedores y hasta melodiosos acrónimos tales como Javidú o Jolopo.

Ningún titular menciona a Doña Macabra, el Orejas o el Peón; a lo más que se llega es a la vaga alusión del Hermano Incómodo.

Salva la dignidad del oficio el gremio de los caricaturistas, quienes suelen recoger en unos cuantos trazos el sentir popular que en voz baja circula en mentideros políticos con respecto a funcionarios, legisladores, empresarios o líderes sindicales señalados de corrupción.

Atrevimiento éste casi siempre ausente en el periodismo de información y más aún el de opinión.

O, ¿ha sabido alguien por estos días que a Emilio Lozoya, Juan Collado o Alonso Ancira algún reportero o columnista lo haya bautizado con un mote infamante, como probablemente haría con cualquier raterillo de camión?

¿Sabe si a Rosario Robles algún comunicador le ha dispensado un trato desconsiderado, motejándola como al capo Villarreal Heredia, sentenciado a 30 años de cárcel, en Estados Unidos, acusado de delitos que, todos juntos, importan mucho menos de los cinco mil millones de pesos esfumados en la Estafa Maestra?

¿Cuál apodo le han adjudicado a Enrique Peña Nieto, quien de no ser por los cartonistas que lo dibujan encopetado, sería el respetabilísimo “Señor expresidente”, a pesar de haber encabezado —a la luz de revelaciones de la 4T— un gobierno infestado de ladrones?

Y, ¿cuál a Vicente Fox, de quien desde sus años de Jefe del Estado los mexicanos pudimos percatarnos de que parecía vocho, porque lo manejaban las mujeres, empezando por su vocera?

Por todo ello no debería sulfurarse el Comandante Borolas. Debería más bien intentar sacarle jugo político al certero alias que le impuso el de Macuspana.

Debería ver la mofa por el lado positivo: De cara a la historia, como todo buen apodo, la referencia al cómico García Vargas parece destinada no sólo a sustituir el nombre de pila de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, sino también sobrenombres previos del mismo titular, tales como el Usurpador y el Ilegítimo.

 

 

aureramos@cronica.com.mx

 

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