Cultura


Apolo 11, de Eduardo García Llama

El ligero siseo del oxígeno que fluía en el interior de sus trajes presurizados era el único sonido que rompía su silencio mientras permanecían recostados en sendos sillones, que contrastaban con el ambiente aséptico de la sala.

Apolo 11, de Eduardo García Llama | La Crónica de Hoy

La partida

El rito de transfiguración

El ligero siseo del oxígeno que fluía en el interior de sus trajes presurizados era el único sonido que rompía su silencio mientras permanecían recostados en sendos sillones, que contrastaban con el ambiente aséptico de la sala. Se trataba de un ruido de fondo leve y constante que propiciaba serenidad, bienvenido ante la alternativa del silencio absoluto. Rodeados por los técnicos que los habían asistido en la puesta de los trajes espaciales y visitados con frecuencia por el cámara y el fotógrafo, encargados de captar aquellos momentos para la posteridad, los tres no tenían en aquel momento otro cometido más que el de dejar transcurrir el tiempo para que el nitrógeno acumulado en sus días terrestres abandonara sus tejidos antes de verse expuestos a una nave que se despresurizaba por debajo de la presión ambiental durante el ascenso del lanzamiento.

Las comunicaciones ocasionales con el equipo en la sala debían hacerse ahora a través de los micrófonos y auriculares incorporados en el ensamblaje que vestían ajustado a sus cabezas bajo el casco burbuja. A través de este observaban su alrededor de forma relajada, a la vez que prestaban atención a cualquier indicación de los técnicos que los asistían. A pesar de estar presentes, sus vidas ya no se beneficiaban del aire que los rodeaba ni su piel sentía la temperatura del ambiente. Tampoco podrían oler el mar ni sentirían la brisa ni el calor húmedo de ese 16 de julio de 1969 en el Cabo cuando salieran al exterior para ser transportados a la plataforma de lanzamiento 39A, donde los esperaba el imponente Saturno V que los impulsaría a la Luna. En esencia, a pesar de que el lanzamiento tendría lugar en tres horas y media, los tres ya habían roto su vínculo con la Tierra para comenzar a someterse al medio en el que estaban llamados a cumplir su gesta. Como en un rito de transfiguración en el que el héroe transita entre sus dos naturalezas y muere en su mundo de origen para renacer en otro en el que se pondrá a prueba.

El fin de semana del 4 de julio fue el último que pasaron en Houston con sus familias y el único que interrumpió los veinte días que residieron en el área de acceso restringido del edificio de Operaciones Espaciales Tripuladas del Centro Espacial Kennedy, en Florida. Allí, Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin disfrutaron del aislamiento necesario para preparar los últimos detalles de la misión y dedicar con exclusividad su precioso tiempo a las últimas sesiones en los simuladores del módulo lunar y del módulo de mando, en los que ya habían acumulado cientos de horas en interminables sesiones de entrenamiento a lo largo de los últimos meses.

A partir de aquel instante, ya nada sería simulado. La realidad los esperaba ahí afuera, en otro de esos días que marcan un punto de no retorno, uno de esos momentos en los que los hombres están aún a tiempo de decidir cambiar el rumbo de sus destinos ante la incertidumbre de un futuro inmediato repleto de riesgos. Pero estaban tranquilos. Ya habían vivido muchos momentos previos a jugarse la vida. La diferencia, esta vez, era que lo que hicieran esa semana pasaría a formar parte de la historia de su especie. Eran conscientes de ello, pero aquel pensamiento no podía ocupar ahora sus mentes, así como no podía hacerlo el hecho de dejar atrás mujer e hijos o que todo lo que hicieran esa semana tendría repercusión planetaria. Pensar en todo aquello era contraproducente. Sólo podría distraerlos, y la distracción es el peor enemigo para alguien cuya supervivencia depende en gran medida de no fallar en lo que hace. Sin embargo, no debían esforzarse demasiado para permanecer centrados, para aceptar la también necesaria transfiguración de espíritu que les permitiera trascender las ligaduras afectivas y los patrones emocionales del mundo que estaban a punto de abandonar, sentimientos siempre adversos para el héroe cuando está próximo el momento de la partida. Sus trayectorias profesionales como pilotos de pruebas o pilotos de combate, además de como astronautas con una misión espacial a sus espaldas en el programa Gemini, se habían beneficiado de esa virtud personal innata proclive al estoicismo y habían contribuido, en todo caso, a acentuarla.

No, no estaban nerviosos. A pesar de la trascendencia de lo que estaban llamados a hacer, sus ánimos no estaban dominados por la ansiedad, más allá de la que pudiera generar la responsabilidad de no fallar. Un deseo que, paradójicamente, tenía poco que ver con la posibilidad de perder la vida como consecuencia de cometer un error, sino más bien con demostrar que no estaban a la altura, con la mancha que supondría echar al traste por su causa todo aquel operativo gigante en el que el país había invertido tanto y en el que el mundo tenía puesto sus ojos. Difícil de concebir fuera de su universo, pero la posibilidad de hacer el ridículo ante la mirada atenta de la humanidad era lo único que acaso podía alimentar su temor, de tener alguno en ese momento, comparable al que todo marino siente ante la posibilidad de que la embarcación que navega toque fondo vergonzosamente por su causa. Demostrar ser merecedores de la confianza de quienes los habían seleccionado para llevar a cabo aquella misión era lo que más les importaba en aquel momento. ¿La muerte? Los tres la habían visto de cerca muchas veces, y posar su mano en los hombros de otros muchas más. Demasiadas. Ninguno de los tres era inmune al lema «Muerte antes que deshonor» que había llevado a otros tantos pilotos a perder la vida en su obcecación, finalmente estéril, por salvar su nave, por salvar su orgullo. Pero ninguno contaba con que Ella pudiera visitarlos en el ejercicio de su profesión. Y tampoco podría sucederles ahora, en la misión más arriesgada en la que jamás se hubieran embarcado, y una de las más arriesgadas a las que ningún ser humano se hubiera enfrentado nunca. Si hubieran pensado de otra forma, aquella, simplemente, no habría sido su profesión. Sabían que ésta era inmisericorde con los errores y que no tenían asegurado regresar. Ésa era una posibilidad que consideraron de manera racional como una muestra de la fragilidad de la vida humana, pero también a nivel emocional, en su intimidad inconfesable, en momentos de soledad en los que es inevitable conceder una reflexión a la implicación última de lo que estaban a punto de hacer. Pero no podían tener presente un pensamiento semejante más allá de un efímero instante, más de lo que se tarda en pensar fugazmente si volverás a ver aquellas estancias en las que transcurrieron los últimos días o a los que te habían acompañado todo este tiempo y que en aquel instante te veían preparado para partir.

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