Opinión


Aprender a estar solos

Aprender a estar solos | La Crónica de Hoy

Hay días en los que no quiero hablar con nadie. Hay días que me gusta sólo contemplar o pensarme. Hay días en que el silencio de otras voces es necesario para escuchar la voz interior. Cada determinado tiempo me tomó unos días para mí. Este fin de semana hice una cita conmigo: fui a andar en bicicleta por Reforma, a un par de museos, la librería y a comer.

En el restaurante me sucedieron situaciones curiosas, que me obligaron a repensar cómo todavía no está normalizado el comer solo. Llegué y el host inmediatamente me dijo, ¿dos personas? Aunque sólo estaba yo. Le rectifiqué que no. Una, por favor.

Al sentarme el mesero me preguntó si estaba esperando a alguien más y a pesar de que le dije que no, puso el servicio para otra persona. Terminé de comer y al levantarme llegó otro chico que quería ocupar mi mesa y me preguntó “¿Ya se van?”. Sólo estaba yo en la esquina de la terraza. Nadie más. No tenía ganas de explicarle que se usa el plural cuando son más de dos personas.

 Pensé que todo era una serie de casualidades no conectadas, pero al pagar la cuenta (era de esos lugares que pagas en la barra) la cajera me dijo, sólo te marcaron un servicio.  Tuve que confirmarle que efectivamente fue un servicio. Dudó. El mesero se acercó a confirmarlo.

Fue el colmo. La culminación de la experiencia. ¿En serio no están acostumbrados a que las personas vayan solas a lugares? ¿Les ha pasado? ¿Les pasa más a las mujeres? Sólo falta un letrero explícito: si viene solo vamos a incomodarlo. Las mesas son a partir de dos personas.

Me sentí como en Langosta, la fascinante película de Yorgos Lanthimos  donde los solteros son arrestados y llevados a un hotel donde tienen 45 días para conocer a alguien y enamorarse de por vida. Si no lo consiguen son transformados en un animal que ellos eligen.

No porque yo no tenga pareja o no esté enamorada, sino porque parecía que estar sola no tiene cabida. Es impensable o está tan normalizado salir con alguien más, que eres el bicho raro en los sitios que visitas si decides ir solo.

Tenemos una percepción negativa de la soledad, que se manifiesta en pequeños actos como los que anteriormente describí. Y llevamos esa percepción a todos los grados. Por ejemplo, que los solteros hayan sido vistos como seres incompletos y deprimentes. Necesitados. Que muchas veces las personas sean condescendientes con ellos.

Claro, siempre ha sido peor para las mujeres, “las solteronas” o “las quedadas” son estereotipos representados de la peor y más triste forma. 

Sin entender que a veces la soledad es buena. Podemos vernos de otras formas, que cuando estamos con otros ocultamos. La soledad permite sumergirnos y conocernos mejor. Pensé que ya estábamos a años luz. Un trancazo de realidad me advirtió que no. Que hace falta todavía trabajar más para normalizar que está bien estar solo.

 

Twitter: @wendygarridog
wengarrido@gmail.com

 

 

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