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¡Atención, señoritas! La silueta de los nuevos tiempos está aquí

¿Quiénes éramos en 1920? ¿Cómo vivíamos, en qué fincábamos nuestras esperanzas? ¿Cuáles eran nuestras angustias? ¿De qué nos enfermábamos? ¿Cómo nos vestíamos? Hace un siglo, parecía que todo estaba por cambiar y muchas cosas por renacer. O, al menos, esa era la expectativa de los mexicanos que apenas se iban desprendiendo del miedo y la incertidumbre de los días revolucionarios.

¡Atención, señoritas! La silueta de los nuevos tiempos está aquí | La Crónica de Hoy

Se terminaron las cinturas diminutas y los vestidos con cola. El largo de las faldas, en 1920 ya estaban por arriba “del huesito” del tobillo. Se usaban trajes tipo túnica, con escotes amplios para descubrir espaldas y hombros, y los corsés se transforma

¿Sombreros? Sí, de terciopelo o de fieltro. Con listones y plumas de avestruz. Todavía no se desvanecía en el México de 1920 la moda porfiriana, que obligaba a los sombreros grandes, de alas llamativas, flores doradas y muchas plumas. No. Estos no son los pequeños y graciosos sombreros “de campana” que a la vuelta de unos pocos años se pondrán de moda. Todavía hay ecos de un pasado, si se quiere más plácido, menos acelerado. La revolución ha cambiado muchas cosas, pero la moda todavía viene de París, y las creaciones estadunidenses, novedosas, frescas, con un intenso aroma a juventud, empiezan a abrirse paso. Con la nueva década, la mujer experimenta una transformación radical en lo que se pone, y, por lo tanto, en la manera en que se mueve por la vida. Es apenas 1920; nadie se imagina hasta dónde llegarán las faldas, los escotes, los peinados.

Todavía los grandes almacenes ofrecen corsés importados —4 varillas, hechos en Francia, 6.50 pesos— son iguales en función, pero diferentes. Señoras, señoritas, esta es ¡La silueta 1920!

¿Cómo es eso? Verá usted, se lo voy a explicar: Escote amplio en la espalda; se acabaron las cinturitas de avispa, esas que le quitaban el aire a las damas, y las hacían propensas a soponcios y desmayos —por no respirar—: el romanticismo no sabe cuánto le debe al corsé decimonónico.

En cambio, ahora el talle es corto, la cintura es suave, natural, sin re-construcciones. No hay por qué preocuparse. Ya no hay faldas complicadas: para la noche, túnicas envolventes, sin colas estorbosas —total, por fin el vals ha pasado de moda, y vienen nuevos ritmos y melodías—. Para el día, igualmente son vestimentas rectas, pero sin énfasis en las curvas femeninas. Todo es mucho más sencillo, práctico. ¿el largo de la falda? como el año pasado: acortándose, acortándose. Vea: unos cuatro dedos arriba del tobillo. En concordancia con los vestidos, la lencería se modifica: vea el corsé.  “Bajo de busto, largo de abajo. Tirantes para, al menos, dos tipos de escotes”. Llega casi a la mitad del muslo. Justo para los nuevos vestidos.

Sí, lo sabemos. Hay quien ve con muuucha inquietud este acortamiento de las faldas, esta aparición de nuevos escotes. Las señoritas empiezan a mirar con emoción ese nuevo objeto de deseo que es el pelo corto. ¿Se atreverán?

Por lo pronto, eche una mirada al nuevo surtido de vestidos. Lo último de lo último son los trajes tipo túnica. El corsé no se nota para nada, ya verá ¿Las mangas? Mire nada más: trajes sin mangas, con mangas tres cuartos. Que la piel respire, que reciba el sol. Nunca más la clorosis y la palidez de las señoritas de la anterior generación. Para compensar, todavía hay sombreros grandes, de alas amplias. Menos estorbosos que los de su señora madre o su señora abuela. ¿Qué si esta es la moda de 1920? ¡lo último de lo último, señorita! Y apresúrese a comprársela, porque los estilos cambian con rapidez, y los rumores que viene de Estados Unidos aseguran que muy pronto, a la vuelta de un año o dos, ¡Imagínese! ¡Puede que las faldas se acorten a ¡¡¡las rodillas!!! No se pierda nada, esté muy pendiente, porque esta década que empieza, le promete a este país cosas que no ha visto jamás.

PÍLDORAS, COMPUESTOS, TÓNICOS Y POLVOS: LOS DÍAS DE LOS CURALOTODO. Si indagáramos en el origen de la mala costumbre de la automedicación, muy probablemente encontraríamos en los curalotodo de los años 20 un filón de sustancias extrañas, desconocidas y novedosas, o, ya viejas para ese entonces, en las que estaba, sin médico ni receta de por medio, la posibilidad de recobrar la salud. Los anuncios publicitarios de 1920 eran una mezcla extravagante de exhortos, sentencias y advertencias. Planteaban cuadros oscuros y trágicos que, no obstante su gravedad, podrían desvanecerse si el paciente o la paciente se aplicaban y eran constante en el consumo de la sustancia milagrosa, del preparado especial, de la píldora maravillosa.

Eran igualmente curiosos los males del siglo. Apenas habían transcurrido dos años de la epidemia de la influenza española, y poco a poco se iban superando los peores años de los movimientos revolucionarios. Todo esto había dejado una importante huella anímica en los mexicanos que se acostubraban al nuevo siglo, y que esperaban tiempos mejores.

Por eso, todo malestar tenía que ver —si se le hacía caso a los vendedores de remedios— con la falta de energías, con los nervios alterados, con el agotamiento y con los transtornos digestivos. Parecía que ese antiguo mal, la melancolía, regresaba en forma de mil achaques extraños. Pero aquí estaba la alacena de remedios, la mayor parte de ellos productos de importación, que lo mismo garantizaba un sueño reparador que prometía a algunas damas, afectadas de languidez, devolverles el ánimo y la alegría de otras épocas.

A veces, bastaba con un solo medicamento para devolver la paz al hogar. O, al menos, eso aseguraban los comercializadores de la Castoria del doctor Samuel Pitcher, producida en Nueva York: con la Castoria, aseguraban, los chamacos de la casa se convertirían en sanos angelitos. Porque la Castoria, oh, público conocedor, no contenía “ni opio, ni morfina ni ninguna sustancia narcótica” (??), pero era un “sustituto inofensivo” de los “jarabes calmantes” tan en boga para chiquillos inquietos.

Pero, ¿curaba algo la Castoria? ¡Oh, sí! Si los niños mexicanos tomaban la Castoria del doctor Pitcher, se verían libres de las espeluznantes lombrices intestinales. Si tenían fiebre, vómito, diarrea y flatulencias, la Castoria los curaría. Y si estaban estreñidos, la Castoria les regularizaría el intestino y si les duelen las encías por estar mudando de dientes, el famoso remedio neoyorquino también les disiparía el malestar. Y si después de todo esto, sufrida madre de familia, estuviera usted agotada, no tiene por qué preocuparse, porque la Castoria induciría en la chiquillería un “sueño natural y saludable”.

Claro que había otros remedios infantiles, de linaje y prosapia, como la famosa Emulsión de Scott, que, en ese 1920, le aseguraba a los mexicanos que nada había como su producto, para fortalecer a los pequeños, y su larga permanencia en el mercado de la salud era su garantía. Aseguraban los fabricantes de Scott que ya eran tres las generaciones que se habían fortalecido tomando la emulsión famosa.

ENERGÍA: EL GRAN REQUERIMIENTO DEL MUNDO ADULTO. Los anuncios de los medicamentos curalotodo de 1920 eran muy ambiguos. Los malestares “del hígado”, “del riñón”, o los “males y achaques femeninos” eran la materia prima de los productos que prometían dejar como nuevo a quienes los tomaran de manera constante. Ese era el discurso de la Píldoras de Vida del Dr. Ross, que aseguraba, “un hígado torpe” era propio de la gente biliosa y malhumorada, y esa gente era sumamente impopular. Pero si el gruñón se tomaba algunas de estas píldoras, su hígado y sus intestinos mejorarían y el organismo entero se sentiría fortalecido. Y entonces, el paciente recobraría la alegría de vivir, mejorarían sus maneras y se volvería popular. Sagaces, los fabricantes de las píldoras del Dr. Ross ofrecían una dulce postal para atraer al cliente: un sonriente caballero, vestido de etiqueta, rodeado de alegres muchachas, subyugadas por el encanto del personaje. Muchachas modernas, además; todas ellas con el nuevo corte de cabello que hacía furor: corto, cortito, como de muchacho. La felicidad, prometía el anuncio, venía en un puñado de píldoras.

Generalmente, estos medicamentos tenían más de una función. Sí, curaban la tos, pero también un montón de desarreglos de los pulmones. Veamos el caso de las Pastillas del Dr. Andreu, que quitaban la tos, generalmente, si el paciente se terminaba una caja del producto. Pero el Dr. Andreu era tan, tan sabio, que sus otros productos resultaban muy atractivos: Sus Cigarrillos Balsámicos aliviaban el asma, la opresión de pecho y la bronquitis seca, y el paciente dormiría en paz si se quemaba en la habitación uno de sus Papeles Azoados.

¿Por qué los reconstituyentes eran los grandes productos de la época? La mayor parte de estos extravagantes medicamentos venían de Estados Unidos o de Europa: el mundo se recuperaba del trauma de la Gran Guerra, fuente de sufrimientos y miserias sin fin, y la llegada de la nueva década tenía su buena carga de esperanza. Quienes se preparaban para la llegada de nuevos y mejores tiempos, deseaban recobrar las fuerzas, los ánimos, y en el México que aún no terminaba de estabilizarse, este sentimiento le garantizaría clientela a productos como el Vino de Hemoglobina del Dr. Fournier, que prometía curar a los inapetentes y quitarles el aspecto enfermizo; devolvía el buen color a los debiluchos y al cabo de unos días, le colorearía las mejillas con el rubor de la salud.

Pero si había un mercad… un conjunto de pacientes que recobrarían las fuerzas y los ánimos con este catálogo medicinal, eran las mujeres, porque los medicamentos destinados a solucionar los “males femeninos” era muy vasto, y prometía maravillas. Ahí estaba el Hormotone, anunciado por el dibujo de una moderna chica de pelo corto, y que era “para ellas, que continuamente sufren desarreglos”. ¿A qué se refería el anuncio? A la anemia, a la “debilidad general”, a la neurastenia, al desánimo. Hormotone era para aquellas mujeres que, con sus pobres nervios alterados, “vivían en el temor y el sobresalto continuos”.

Parientes del Hormotone había muchos. Unos más explícitos que otros, en cuanto a definir “los males de la mujer”. Uno que fue muy popular y que llegó al fin de la década con muy buen cartel era el Compuesto Vegetal de Lydia E. Pinkham, que curaba bochornos, “dolores de ovarios”, y hasta eliminaba quistes. O al menos eso decía. Lo que haya sido el famoso Compuesto Vegetal, aliviaba malestares en la medida en que se consumían botellas: un quiste podía ser expulsado a la tercer botella y una docena de botellas curaban el “mal de matriz”. ¿Era un narcótico brutal? ¿Mera herbolaria que actuaba como placebo?  En 1920 todos esperaban un mundo mejor. ¿Por qué no iba a contenerse en una o dos botellas?

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