Opinión


Ausencia ideológica y neoporfirismo

Ausencia ideológica y neoporfirismo | La Crónica de Hoy

Lo mas opuesto a un político de acción es un hombre de ideas. O al revés. O se cultiva el intelecto o se ponen barricadas. O se toman plazas o se toman clases de filosofía, pero ambas cosas no son posibles. Pueden ser compatibles,  pero el tiempo necesario para una, le roba tiempo a la otra.

Todo lo anterior se demuestra solo. Salvo en casos como Napoleón, quien fue un genio de la campaña y la guerra y al mismo tiempo un pensador capaz de crear el código cuya base aun rige en buena parte del mundo, los activistas, los ahora llamados con eufemismo para la agitación, “luchadores sociales”, sostienen sus ideas en dos o tres líneas sencillas y comprensibles para las masas. Mientras más elemental sea el pensamiento y más lineales los dogmas, mayor será el éxito. No es necesario probarlo más allá de la experiencia cotidiana.

Los reyes sabios, como Alfonso X o los ilustrados del despotismo, ya pasaron la historia. Por eso en la actualidad el conocimiento se mira con desdén. No es inmediatamente útil, ni aplicable; es prescindible, no acarrea masas ni logra votaciones abultadas.

Arrastran las locomotoras, los “verbomotores”, los oradores de dos horas diarias de discurso, machacón y reiterativo. No arrastra la biblioteca.

En este sentido mucho teóricos han  querido hallar el hilo de Ariadna en el laberinto donde todos estamos extraviados como Teseo. Pero los oscuros pasadizos no tiene hilo conductor. La confusión, la mentirijilla, la audacia de negar la realidad, las tesis y las antítesis en una sola frase, el paso adelante y el paso atrás, son recursos; no ideas.

Y ahora vivimos en un país sin ideas. Quizá por todas esas razones el discurso básico es incontrovertible.

Las ideas tiene un punto fijo. Las ocurrencias, no. Muy difícil pescar una trucha con el bastón de un ciego. Y en la confusión deliberada, todos estamos ciegos.

Sin embargo, en la movilidad política en sustitución de  la carencia de ideas, el gobierno promueve la ventilación de la cosa pública. “Hacer lo público cada vez más público”, se nos ha pedido. Decirlo todo, no esconder nada, abrir puertas y ventanas, colocar vidrios claros, hacer de la transparencia la arquitectura del Palacio.

Pero no siempre es así.

Hacer públicas las cosas, no es hacerla democráticas. Lo colectivo no es lo democrático. La democracia es –o debería ser--, una forma de gobierno. Lo demás, el montonerismo, el populismo, la colectivización, la muchedumbre, la dictadura del proletariado, la marabunta, son formas de hacerse del poder para después averiguar sus funciones.

Por tal circunstancia el populismo arrastra en su camino toda clase de fauna, especialmente la de los resentidos, los faltos de oportunidad, los excluidos. Y no me refiero al campo social sino a la actividad de gobierno. La calidad de los servidores públicos, cuya sabiduría, conocimiento o experiencia es sustituida por el compromiso de lealtad o por la suerte en una tómbola para repartir posiciones es una prueba de cada día. Los ineptos al poder.

Noventa por ciento honestidad, diez por ciento capacidad es la fórmula mágica para controlar a los devotos y subordinados, pero no para hacer bien las cosas. Es el verdadero camino del empobrecimiento. Muchos de ellos están incorruptos no por bondad sino falta de oportunidades para dejar de serlo. Ya desquitarán el tiempo perdido.

Pero esas son divagaciones. Mejor regresar al tema de las ideas y las acciones. La teoría y la praxis, como se decía antes.

El gobierno mexicano –para poner un ejemplo de lo de hoy--, delineó en sus inicios un programa de cooperación migratoria mediante el estímulo al crecimiento económico de los países expulsores de personas, básicamente El Salvador y Honduras. Guatemala en menor escala. La idea de ese “meso americanismo redentor” tiene un  sustento ideológico: poner tanto en las personas como en las naciones, primero a los pobres.

Buena o mala esa idea es una idea.

Pero el desarrollo es un proceso. La migración  es una urgencia. Quienes quieran esperar veinte o más años para cortar los árboles maderables del programa sembrador  de vida de nuestro gobierno, ya habrán visto pasar la vida y no quieren mirarla en sus actuales condiciones, prefieren jugársela en el camino a los Estados Unidos donde hay muchos retretes por lavar a cambio de ocho o 10 dólares la hora.

La ideología fraterna, humanista y redentora, ser ha estrellado con la dura realidad. La única contra la cual ni el líder ni sus empleados más ágiles de mente, como Marcelo Ebrard, tienen recursos: el poder de los Estados Unidos. Ahí se dan tres sentones en una biznaga.

Los americanos han dicho; si los pobres, tus semejantes, parduzcos, cafés, frijoleros, espaldas mojadas y demás, se me acercan a la frontera mientras tu te cruzas de brazos y les prometes un paraíso temporal y solidario, yo te reviento la economía con impuestos progresivos. Esa es otra ideología. La más yanqui de todas: la hegemonía actuante.

Y México, con un  doble discurso (congruente con su ideología de ocurrencias) agacha la cabeza y obedece. Coloca soldados en la frontera y por las buenas o las malas; a veces mediante ambos métodos, contiene a los migrantes. De paso viola Derechos Humanos (la migración  es uno de ellos) y disimula su conducta con un recurso práctico: negar la realidad.

El Señor Presidente ha felicitado a la Guardia por su capacidad de contener sin agredir. Otros han grabado imágenes con un  distinto matiz: se contiene por la fuerza porque sin la fuerza no se contiene. La fuerza de los escudos, las botas, los casos, los gases, las corretizas por el monte, por los playones del río.

No hay ideología frente a la obediencia imperial. Puede haber necesidad, conveniencia, resignación, falta de recursos, incapacidad para el enfrentamiento. Pero todo eso implica obediencia o cesión  ante el chantaje del poderoso.

Nadie ha escuchado jamás la encendida palabra presidencial con la cual se fustiga al director de un hospital por la falta de medicinas para niños con cáncer, para decirle a  Trump; “…ya nos chantajearon, no nos volverán a chantajear”. De eso, ni hablamos.

Frente a esa circunstancia nada más ha habido una voz digna en el aparato político dominante: la de Porfirio Muñoz Ledo.

Tan digna y nacionalista ha sido su actitud como para recibir a cambio de ella la “expulsión” de Morena. Lo silenciaron en bloque.

El espectáculo de una bancada ovina, sometida a una línea estalinista dictada desde donde se haya dictado, le permite a Muñoz Ledo terminar su carrera política con la frente alta.

A partir de esta grosera censura con la cual lo echaron de la Cámara, sin necesidad de una espada en llamas, pero sí con un  alejamiento del corazón (dice él), Porfirio se podrá deslindar de muchas otras cosas.

Le queda poco tiempo en la diputación y resultaría  difícil verlo –por edad y condiciones físicas--, en una nueva responsabilidad. Quizá marche al retiro y se convierta en una voz indispensable en los aciagos días del porvenir. Pero cuando se descarrille la máquina, con todo y los vagones, él ya no irá a bordo.

Nadie lo podrá  acusar de conservador, ni de neoliberal, ni de reaccionario o salinista.  Su labor política (y en este caso, ideológica y republicana), fue indispensable hasta para la formación del amorfo movimiento de masas convertido hoy en gobierno.

Tampoco le podrán decir “neo porfirista”.

Él ha sido porfirista de toda su vida, frente a su obra y frente al espejo.

SENCILLITO. Guillermo Arraiga escribió algunas de las películas del “Negro” González Iñárritu. Por razones poco importantes, excepto para ellos, se separaron y arrancó su carrera como director y productor. También siguió con su trabajo de escritor.

Hoy el han dado el premio “Alfaguara” por una novela llamada “Salvar el fuego”.

Un día me regaló un libro “El búfalo de la noche” y me dijo:

—Algunos creen que soy el Dostoyevski mexicano.

No lo contradije. Pero pensé: ¡Chale!

 

Twitter: @CardonaRafael
rafael.cardona.sandoval@gmail.com
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